Xavier Laborda Gil

 

Lingüística. Universidad de Barcelona

 

 

La costumbre de vivir,

leer y escribir

 

 

Aquí se narra a vuelapluma algunos trazos biográficos sobre la costumbre de vivir, leer y escribir de quien mantiene esta página (elec)trónica. A cierta edad, estas actividades tan fascinantes corren el riesgo de convertirse en una costumbre, por lo que el sujeto ha de enfrentarse como buenamente puede a la conformidad para así hallar nuevas razones e ilusiones. La expresión “la costumbre de vivir” proviene de la admirable autobiografía de José Manuel Caballero Bonald, titulada de este modo.

 

El origen de la costumbre de vivir

Xavier Laborda nació en 1955, que era un tiempo en que agonizaba la cartilla de racionamiento, engordaba el franquismo de plomo cárcel, y apuntaba esa avanzadilla revolucionaria que fue el turismo de playa y el plato combinado. Nació en un 19 de mayo, pero no en cualquier 19 de mayo, sino en aquel que coincidió con la señalada fiesta de la Ascensión, azar al que se suele atribuir su afición al asueto y la vida contemplativa. Ocurrió en un antiguo cuartel de la guardia civil del pueblo de Tabuenca, partido judicial de Borja, encastillado en la sierra ibérica, junto al Moncayo, con buenas vistas al valle del Ebro. El cuartel fue clausurado por la escasa tarea de los guardias, en una zona rural, despoblada y, más que conservadora, atávica, y habilitado para viviendas y cuadras. Los paisanos se denominan tabuenquinos, pero también se les conoce en la comarca como los colorados, apelativo que les viene no por alguna inclinación comunista o libertaria sino por una veleidad antigua y báquica, esto es la gran afición al vino, generalmente tinto, pero también clarete; y por su nombradía en el aguante de duelos etílicos con los forasteros.

Asistió en el largo parto el propio esposo de la parturienta, que era la comadrona y el practicante. Fue el primogénito, al que le siguieron dos hermanas, Mercedes y Pilar. Al niño le pusieron por nombre Jesús Javier, y así ha quedado en los archivos administrativos, aunque se hace llamar por el de Xavier. Los padres habían nacido en el pueblo vecino de Trasobares, plantado en una solana del valle del Isuela y del Jalón. Así que la primera mudanza, de Trasobares a Tabuenca, fue ligera por la cercanía entre los pueblos y también por la escasez de enseres. Sin embargo, el peso no es una razón convincente a la hora de escoger los contrayentes que se llevan al hogar de casados. El padre prefirió dejar atrás la guitarra con que rondaba mozas en cuadrilla, pero la madre quiso acarrear el piano de pared con que amenizaba en los bailes locales. El empresario festero era su padre, es decir el abuelo materno del mismo Jesús Javier, a quien no le importó quedarse sin piano porque ya no disponía de pianista. El piano viajó de nuevo, como si fuera un trofeo del lejano oeste, a la civilización de Cadrete, en los alrededores de Zaragoza, y luego a la Catalunya profunda del Bages, en la tercera y definitiva mudanza.

Civilización rima con industrialización, y se asocia con más trabajo y posibilidades de prosperar. La prosperidad fue primero una motocicleta, en la que podían viajar los padres y dos niños de Cadrete a Zaragoza para ver Los diez mandamientos o alguna otra película tan edificante. A lo que se ve el progreso ha corrido paralelo a la imposición de normas de tránsito más estrictas. Y la prosperidad fue después, ¿cómo no?, un automóvil Seiscientos, concretamente, un B-326541 de color verde botella.

La emigración a Sant Joan de Vilatorrada brindó pluriempleo y permitió a la familia Laborda ganarse mejor el pan. En la España de las regiones, un cambio de este tipo obsequiaba con la propina cultural de conocer otro folklor y... un dialecto. La primera palabra que aprendió Xavier del entonces “dialecto” catalán (era 1960) fue prou, “basta”, jugando a cocinas y comidas con unas vecinas hijas de emigrantes asturianos, al segundo día del traslado. “Prou, no pongas más tierra” o “prou, no eches más agua”. Luego, como los nuevos alimentos, vinieron otras palabras. La comprensión de algunas resultó un trabajo de enigmistas, incluso años después. Al igual que en el no-dialecto del castellano a Jesús Javier le costó entender que el “telón de acero” no era un telón como el del cine, pero hecho de acero en vez de ropa, sino otra cosa que ahora definiría como un conflicto político de bloques, también resultó que otros términos catalanes le desconcertaron bastante. El problema no estaba en los términos ni en la lengua sino en el registro culto. Cuando se empezó a hacer la prédica de misa en catalán, el oficiante se refería a l’anyell o l’ull d’una agulla, y todo ello se comprendía bien. Pero al mencionar en el evangelio que “Jesus aleshores digué”, el tabuenquino creía que Jesús de Nazaret se quedaba en silencio durante horas ante sus pacientes discípulos hasta que se decidía de nuevo a hablarles. Y más oscura era la expresión “Jesus parlà així als seus fidels”, en que fidels sólo le recordaba la palabra fideos. Pero, claro, no podía ser eso porque hablar a los fideos no es un comportamiento razonable, por muy hijo de dios que sea. Y, además, a lo mejor ni conocían los fideos aleshores.

 

El origen de la costumbre de leer y escribir

Un maestro sordo y mayor estaba a cargo de la escuela unitaria abarrotada de niños de Sant Joan de Vilatorrada. Nadie escogería ahora estas condiciones para escolarizar a su hijo. Sin embargo, entonces funcionó francamente bien. El maestro, don Pedro Rodríguez, era valenciano, de Sueca. Y había servido en la marina del bando de los sublevados, durante la guerra civil. La explosión de una bomba le dejó sordo pero con todos los sentidos bien despiertos, y éstos guiados por una inteligencia destacada. Entre cuentas, dictados y mapas mudos, hablaba a veces de su mocedad en Cullera, su afición a la natación o la inexpugnabilidad del puerto de Mahón. Algunas tardes mondaba en clase una olorosa naranja mientras dirigía desde su tarima las tareas de los cursos.

Don Pedro fue un maestro y una institución. El aprendizaje de la lectura y la escritura es inseparable de los cinco años de primaria, hasta conseguir la calificación de apto para cursar bachillerato. Era una escuela tradicional la de don Pedro, con los cantos fascistas a la bandera y los rezos en mayo al mes de María, la enciclopedia Álvarez y las ideas rancias, los ejercicios de caligrafía y los problemas de trenes que se encuentran en un punto equis. Pero también tenía ingredientes que ahora se conocen como talleres, como cuidar el jardín, preparar cada tarde la olla de leche enviada por los americanos, encender los cirios votivos a la virgen, dedicar la mañana del sábado a copiar el dibujo y el texto de un evangelio, cuidar un rato de los párvulos, tirar cohetes por San Pedro… La escuela fue una casa para Javier. Recuerda que don Pedro le regaló, sin motivo especial, un reloj de cadena suyo. Fue un regalo muy especial, el regalo de una máquina del tiempo, que se añadió al más perdurable de la práctica de la lectura y la escritura.

 

El costum de preguntar

Un pas no assegura l’altre. Aprendre a llegir i escriure hauria de conduir a fer-se més preguntes, a voler conèixer nous autors i disciplines, a fer-se una biblioteca mental. Però aquest camí s’ha de recórrer amb voluntat i curiositat pròpies. Hi ha un record de dificultat i neguit en l’obligació de llegir el primer llibre de certa extensió, per imposició paterna. Va ser una biografia de san Francisco Javier, que la família va adquirir en una visita al castell-museu del personatge a la província de Pamplona. Ni triar ni opinar van ser opcions de Xavier a l’hora de rebre l’empenta a la lectura seriosa. Més que seriosa, va resultar una lectura plúmbia, fatigosa i desesperant, de la que no es veia la fi, l’interès i, ni molt menys, l’emoció. Però el lector penitent va escalar aquell obstacle i, en coronar l’embafant volum, va sentir el desig de llegir al seu gust, triant el títols i, per descomptat, traint el gust paternal. Juli Verne, Stevenson, Defoe, Selma Lagerlöf, Lope de Vega, Salgari o Scott són alguns dels novel·listes i dramaturgs que més el van distreure. Són una segona natura de la seva infantesa.

A la planta baixa de l’Institut de batxillerat de Manresa Lluís de Peguera hi havia la biblioteca de la diputació. Una magnífica biblioteca per a un escolar, en aquell temps. Tenia la sobrietat de l’estil neoclàssic i l’escalfor ambiental del barroc. I era un indret sempre acollidor on passar les hores sense connexió entre les classes de l’institut i de l’acadèmia d’idiomes. Unes bibliotecàries flemàtiques, inexpressives, silencioses, aparentment severes, portaven el servei amb una professionalitat excel·lent. Probablement per aquestes qualitats l’usuari juvenil se sentia transportat a un món estrany, monacal i exigent, que oferia, però, la possibilitat d’examinar el contingut de centenars de prestatges. Les obres més suggeridores i incomprensibles es trobaven a la secció de revistes. El Ciervo o Film Ideal, per esmentar dues capçaleres ben diferents en contingut i ideologia, obrien en les seves pàgines un món inaudit en una ciutat grisa i d’una oficialitat franquista ofegant. El Ciervo, dirigit per Llorenç Gomis, era la veu d’un cristianisme progressista i català. Film Ideal parlava de cinema, però les seves ressenyes presentaven el cinema que estava prohibit a Espanya i aportaven claus de crítica marxista. El món d’Amèrica del Sud o el cinema de Passolini que reflectien aquestes publicacions, per dir dos exemples, feia pensar el lector en una realitat estranya, quasi onírica, per la seva col·lisió amb la cultura oficial, tan avorrida i estèril com era.

 

El costum d’estimar la gran ciutat

L’emancipació i els estudis a la Universitat de Barcelona van suposar l’any 1973 iniciar una estada a Barcelona que s’ha perllongat fins 1995 i que ha donat un tomb a la vida del biografiat. La gran ciutat va oferir un entorn per a la llibertat i la descoberta que sempre més l’ha fascinat. A uns estudis de lletres en el batxillerat va correspondre l’elecció de cursar Filologia. Aquell curs de 1973 va ser singular i escandalós perquè a un ministre d’educació anomenat Suárez se li va ocórrer que a partir d’aleshores s’aplicaria a l’ensenyament universitari el mateix calendari dels pressuposts: cada curs aniria de gener a desembre. Aquell curs va començar el gener de 1974 i va acabar, no com preveia el ministre inepte, sinó com deia el sentit comú, el juliol.

 

 

 

 

Fotografia del curs 1973, feta i retocada amb acrílic per Síxto Pérez Sánchez

 

 


El pla Suárez no consistia només en el calendari sinó en el programa. I el programa sí que va durar el temps necessari, al menys, perquè aquest estudiant arribat de Manresa comencés i acabés els estudis de filologia romànica dins un mateix pla d’estudis. L’anterior pla va ser el famós pla Maluquer, en el qual es cursava amb una gran llibertat curricular matèries d’història, geografia i filosofia, a més de les de filologia. El pla Suárez implantava l’especialització i alhora creava facultats específiques. Alguns han volgut veure un intent de reparar els efectes dolents d’aquesta separació en la creació dels estudis d’humanitats.

 

Per ampliar la formació que anava rebent, el 1975 es va matricular a la facultat de Dret i va simultanejar ambdós estudis, la qual cosa li permeté assimilar una perspectiva complementària d’aspectes del llenguatge, sigui com a estructura, activitat o institució jurídica. La informació històrica, tan rellevant per copsar la seva realitat processal, va resultar un camp de recerca ben estimulant. I la tesi de llicenciatura de filologia, presentada el juny de 1978, s’entestava en aquest camí historiogràfic tot fent una memòria sobre la Gramàtica de Port-Royal de 1660. Tres anys més tard, el tòpic de la tesi doctoral va insistir i ampliar el camp d’estudi sobre el segle XVII amb la memòria de recerca sobre l’empirisme i el racionalisme de les gramàtiques de John Wilkins i de Port-Royal. I, pel que fa als estudis de dret, que va acabar en els preceptius cinc anys, no van tenir cap aplicació professional. Posat a escollir una sola dedicació i que resultés plaenta, va guanyar la tasca d’ensenyar de la qual precisament ja en tenia alguna experiència.

 

La tasca d’ensenyar

Un recurs corrent dels estudiants per pagar-se els estudis és o era donar classes. Les primeres pràctiques docents seves van ser amb alumnes particulars, per impartir, qui sap amb quina poca traça i ciència, classes sobre història, llatí, gramàtica i francès. La majoria dels alumnes es preparaven per a fer les proves d’accés a al universitat per a majors d’edat. I algun d’ells ho va aconseguir al primer intent. L’esforç per preparar les classes tenia la recompensa d’obrir les pàgines d’unes històries personals ben suggestives. El treball a una acadèmia del carrer Aragó va comportar el bateig en la docència a un grup, amb les angúnies que es poden suposar en aquest tràngol. A més, les assignatures eren més àmplies, amb la geografia i la religió com a novetat. En aquell grup hi havia una persona amb molta voluntat i resultats insuficients, i el docent nounat va detectar una possible dislèxia per la qual cosa li va suggerir un centre especialitzat perquè obtingués un reforç adient. Va ser un diagnòstic fet a les palpentes.

Un cop llicenciat, va començar la feina de mestre a plena dedicació. El primer any va ser a una escola angloespanyola, on va ensenyar llengua i literatura espanyoles a nens de primària que tenien entre onze i tretze anys. El següent any, el 1979, després de fer oposicions, va accedir a l’Institut Isaac Albéniz de Badalona, on va impartir durant tres anys, les assignatures de filosofia i llengua espanyola. Passar d’una escola a un institut, per les dimensions que tenien els centres de treball, era com deixar un poble i mudar-se a una ciutat. En un es troba la proximitat amb els companys i la cooperació diària. En l’altre es troba la diversitat dels seus membres, la llibertat d’acció i la maduresa dels alumnes. Per altra banda, sembla que l’ensenyament de secundària és el que millor accepta, ni que sigui amb molts canvis i torsions, la formació rebuda a la facultat.

El pas per un dos instituts més, a les poblacions de Mollet i Barberà del Vallès va confirmar aquesta estimació de les condicions de treball. I li va permetre assajar en equip i aplicar formes d’ensenyar la llengua més dinàmiques i més apropiades per a alumnes que tenien una formació allunyada de les previsions oficials, unes previsions irreals no ja a aquell institut sinó arreu. Els tallers de redacció van ser el format que van aplicar aquells docents a les seves classes i amb una raonable satisfacció. Val a dir que treballar d’aquesta manera suposa anar contra corrent de les directrius d’inspecció i del ministeri. Però poc després, el govern va començar a preparar la reforma de l’ensenyament, va donar la raó al diagnòstic que molts ensenyants es feien sobre els desfasats programes i va donar llum verda, per exemple, als tallers. Ja no caldria treballar més en la precarietat de la tolerància i arbitrarietat

 

Retorn a la universitat

Tornar a la universitat com a professor, quan era el curs de 1982, per a l’antic alumne va ser un motiu de satisfacció personal i també de revisió de continguts científics. També va viure com una prova de responsabilitat treballar amb antics i grans professors com Jesús Tuson i Sebastià Serrano.

 

Fotografia administrativa de X. Laborda (abril de 2002)

 

Per altra banda, les inquietuds dels alumnes van ser des de bon començament, i ho són ara, una font inesgotable de qüestions i de recerques, de refutacions i de troballes. Hi ha un principi que aquest professor voldria ser capaç d’aplicar: cal donar tant o més que es demana. I en ocasions es fa la següent consideració: és preferible estimular la capacitat d’exigència i superació del propi alumne que convertir-se en una exigència, en un examinador. Potser per això, sempre que les condicions del curs ho permeten, prescindeix del exàmens i supedita la qualificació als treballs i activitats que els alumnes han realitzat. Al capdavall, les carpetes d’escrits i projectes de recerca que elaboren els alumnes, sota el format docent de tallers, superen amb escreix els resultats mínims exigibles.

Per tot plegat, sembla raonable pensar que la universitat arribarà a recomanar i promoure amb entusiasme per als seus cursos un model de treball semblant a aquest, dinàmic en les activitats, cooperatiu en l’intercanvi de papers, i creador de molta i excel·lent escriptura. Una meta digna d’aquests ensenyaments podria ser ajudar els alumnes en la seva formació, per tal que la lectura i l’escriptura, com a facetes ben riques de la seva personalitat, no arribin a ser mai un costum, ans al contrari un esforç renovador i ple d’il·lusions.

a

 

Entrevistes i ressenyes de premsa

 

Docencia

 

Publicaciones

 

Índice

 

Mapa

 

 

 

 

 

 

 

 

Investigación

 

Actividades

 

Links

 

diccionarios

 

literatura

 

historiografía

 

reseñas

 

 

 

 

 

 

 

 

enseñanza

 

informática

 

discurso

 

Documentos

Página principal

Sant Cugat