|
|
||
|
|
“Hermenéutica de
la ciudad. Espacios de la memoria”,
en Homenaje a Antonio Roldán,
Murcia,
Universidad de Murcia, vol2, pp. 753-765.
HERMENÉUTICA DE LOS LUGARES:
NUEVE PRINCIPIOS Y UN EPÍLOGO
HOMENAJE A D.
ANTONIO ROLDÁN
XAVIER LABORBA

Andaba despacio...
(Alfanhuí), pero no
encontraba salida en
aquellas calles, que
se ponían de través, sacando
todo el
estruendo de los carros que
las habían pisado
(Rafael Sánchez Ferlosio)
Uno. La
memoria demanda, la memoria tiene un lugar.
La
memoria sí ocupa lugar, puesto que la memoria pide y tiene un espacio y,
también, un tiempo. El refrán que vocea lo contrario expresa una falacia. No se
trata del lugar de almacenamiento, de las celdillas neuronales ni de la red de
sinapsis, sino del espacio exterior que da ocasión a la invención de todo
saber. Pues el saber no es una realidad objetiva que exista independientemente
del sujeto o, mejor dicho, independiente del paradigma social de realidad, sino
que radica en ese hacer social que transita entre la exterioridad y la
interioridad cognitiva.
No se
conoce, no se aprende en abstracto, es decir, en ausencia de un medio físico y
de un soporte extenso del vivir y experimentar, en la combinación de
sentimiento y pensamiento. Para mayor abundamiento, el conocer está ligado al
espacio vivido y a la tipología de territorio. Esto nos recuerda la distinción
básica entre el espacio que es soporte-extensión, el espacio percibido, el
espacio acondicionado por virtud de la intervención paisajística o urbanística,
el espacio concebido -como son los espacios virtuales de las mancias y los
juegos- y, finalmente, el espacio vivido, en tanto que síntesis activa de todos
los anteriores y realidad global. El espacio vivido no es un mero soporte, una
sustancia primaria, sino un canon de realidad, que otorga sentido a lo que se
percibe, pues integra la ideología, es decir, lo que sigue la lógica propia de
las ideas de la comunidad: su consciencia, sus creencias y mitos, sus valores y
objetivos. En definitiva, las leyes de la representación de esta comunidad son
las que levantan los principios de interpretación y de consistencia de lo
físico, de lo exterior.
Y,
pasando a un plano más concreto, el de las técnicas para recordar o
mnemotecnias -también, tópicos-, éstas se apoyan en esquemas locales. Un lugar
está dividido en sectores, y éstos en unidades menores, así hasta llegar al
receptáculo más simple, en el cual se deposita mentalmente un concepto o un
término. Para recuperarlo bastará con seguir el mismo trayecto recorrido al
confinarlo en esa celdilla ideal. Así, puede el practicante representarse una
ciudad conocida, dividida en barrios, y éstos en manzanas, casas, pisos,
habitaciones, muebles y cajones. En este proceder aplica el arte de la memoria
una red topológica. Y su localización se sustenta en el conocimiento de un
espacio no sólo extenso, no sólo percibido ni concebido, sino también vivido,
esto es, en territorio, en realidad socialmente significativa.
*
*
Dos. La
memoria social se atesora en los lugares.
Invirtiendo el orden, los lugares atesoran la
memoria social. Porque ésta no es sólo territorialidad. La memoria social se
compone de una dimensión más honda, que es su historicidad. El paso del tiempo
no es un dato más. Es la dimensión del lógos,
su condición activa y sucesiva, contradictoria y agonal. Así se comprende que
la lógica, la ideología, pertenezca a la realidad misma, es decir, al horizonte
histórico.
Los
lugares exponen los signos recogidos a lo largo del tiempo, a lo largo del
pensar. Y los signos constituyen lo comunitario, lo que es compartido por
todos. Son los signos de una razón histórica. Reiterando lo dicho, los lugares
son realidades intersubjetivas y
comunicativas, desplegadas sobre las cotas del horizonte histórico.
*
*
Tres.
La ciudad es un modelo local del espíritu del individuo.
El
espacio de la ciudad es un modelo del espíritu, esto es, del yo. Mejor que modelo, diríamos que
macromodelo de nuestro ser. Al pasear por la ciudad nos involucramos en un
paisaje estallado, el que sufre un acondicionamiento más extremado. En sus
horizontes arquitectónicos podemos reconocer la representación de nuestro ser:
una representación política, normadora y moral.
La
edificación de la ciudad es un proyecto recurrente de materialización de un
orden social, de un orden justo. Tal proyecto es presentado de interés común,
como cosa pública, dimensión política o ciudadana. Y tal orden se cimenta en la
promulgación de las leyes políticas o nómos
que rigen la polis. En el crisol del
urbanismo griego refulge la matriz occidental que construye la naturaleza
cultural sobre la naturaleza física o fysis.
La fysis es lo que es: la realidad
extensa carente de sociedad, el soporte material del asentamiento y de la
transformación mediante la política y la téchne,
el arte en un sentido amplio.
Pero,
¿cuál es la actualidad de este modelo clásico? Para contestar a la pregunta,
anotemos antes dos referencias históricas. La primera es espacial: el urbanismo
de Hipodamo. Este arquitecto del siglo V a.C. proyecta una nueva ciudad en
Mileto, la cuna de los filósofos cosmológicos. La planta de la ciudad es
geométrica, con ínsulas o islas de casas rectangulares, esquinas simétricas y
áreas específicas para el culto, el comercio, en el entramado civil. La estructura
geométrica del plan de Hipodamo, con la simetría de objetos y funciones,
significa la regulación del espacio según un orden político, una
racionalización trasvasada a las piedras y al damero, pues la razón es razón
política, principio abstracto del que se deriva un tejido de decisiones y de
recursos participativos. Con el urbanismo se aúna la funcionalidad, el
higienismo y la belleza. Pero Hipodamo tiene una repercusión mayor: «la planta
de la ciudad ha logrado subsumir las casas y las gentes» (Arpal, 1983).
Esto
nos lleva a la segunda nota anunciada: la antropología de los sofistas. Si la
ciudad nace de la mano del arquitecto a un mismo tiempo como expresión y cauce
de un orden político, la acción filosófica de los sofistas griegos aporta la
misma fórmula desde otro ángulo. ¿Qué es la realidad?, se preguntan, para
responder a continuación: el hombre, el ciudadano. No sólo importa la materia
(cosmología) ni la esencia de lo material (ontología) sino la construcción
social de lo real (antropología). Y ese ser social de lo real no es algo dado
por fysis sino por nómos, por la convención política y por
la educación. De este último motor se ocupan los sofistas, del motor de la
educación, es decir, de la conducción de los hombres para facilitar su trasiego
en la concurrencia comercial, política y jurídica.
Las
intervenciones urbanística y sofística proponen unos recursos de modelación de
cosas o casas y gentes, en una configuración plástica y agonal. Y en ese marco se
recogen los macrorrasgos del modelo local que es la articulación social del
espíritu del yo. La ciudad es la
referencia de justicia, de razón, de medios y fines, de utopía.
La
ciudad se erige, así, en un paisaje primordial de cultura. ¿Y qué objeto tiene
todo paisaje? Pues tiene el objeto de proteger la conciencia individual del
medio hostil de lo no construido socialmente, de lo que está carente de
sentido. El paisaje le protege; también le domina. Concede al sujeto la visión
de la exterioridad física como una interioridad de significado: sistema de
referencias que orientan al sujeto de manera absoluta, dentro de una totalidad
ordenada. La lectura que, en el presente hace el paseante de su medio cumple el
papel de reasegurarle en la interpretación de unos signos, de los que participa
toda la comunidad. La ciudad es, por consiguiente, el macromodelo de un
paradigma de vivir y pensar. De casas y gentes. También, de sometimiento y
jerarquías. Tal es la actualidad del modelo troquelado cuando Hipodamo y los
sofistas. Casas y gentes, las unas reflejadas en el ser de las otras. He aquí
la vigencia del principio.
*
*
Cuatro.
La ciudad es el escenario tópico de la utopía y la alteridad.
Decimos
que la ciudad es un escenario tópico de la utopía porque la utopía surge como
proyecto de ciudad donde tenga cabida
la diferencia radical. La utopía es un espacio, esencialmente el suyo
propio, el ideal. Mas no por ello resulta formalmente incompatible con un lugar
factual. Si bien el significado etimológico, además del escepticismo derivado
de la experiencia, atestigua que la utopía no se halla en ningún sitio, pues es
u-tópos o no lugar, ello se debe a
que efectivamente posee un lugar
privativo, que no está dispuesto en las tres dimensiones espaciales ni en un
lugar del paisaje, sino en la doble dimensión de las ideas y de su
historicidad.
Hay
lugares simbólicos, y de ellos nos alimentamos. Como se ha apuntado, la
catedral lo fue en la Edad Media, por ejemplo. Se trata de un recinto físico y
de una realidad simbólica. Con mayor motivo podemos extender tales rasgos a la ciudad. Históricamente es
el núcleo de la naturaleza social, tal como hoy se conoce, es decir, como
administración y promoción de recursos, como centro de los registros contables,
de difusión de modelos y como espacio de experimentación intensiva de lo
posible. Por supuesto, y para objetar algo a lo que parece un panegírico, que
no lo es, baste anotar el origen urbano de la depredación política organizada y
de los fenómenos extremos.
Más allá
de lo dado, de lo históricamente construido, está la dimensión simbólica de la
ciudad, en una doble condición: la de lo que se pide y la de lo que se ofrece.
Lo que se pide a la ciudad queda recogido en los escritos conocidos desde Tomás
Moro como utopía. Pero esta fórmula de la modernidad tiene su antecedente en la
Calípolis platónica, la ciudad de la justicia, regida por un principio-persona
del rey filósofo. Como en Hipodamo, se atribuye al régimen urbano un orden
moral aquilatado, un concierto ideal, que sólo se conseguirá con la acción de
abducir a la tierra, a la multiplicidad espacial, lo que por ahora sólo tiene
un único espacio, el utópico o de la razón simbólica.
Pero la
ciudad no es sólo proyección posible de la recreación de un nuevo orden. Como
nuestra naturaleza -por supuesto, convencional- nos compromete a afirmar la
realidad o a negarla, aquélla es el escenario tangible de la capacidad de
réplica, el paisaje edificado y significativo de nuestro deambular dialéctico.
Y, como lejano punto de fuga hacia el que trazar las líneas de nuestro rumbo,
la utopía, un aval teórico. Ninguna seguridad política, luego práctica, nos
protege. Sólo nos presta una asistencia insobornable la pulsión de vida, ese
impulso hacia el exterior, hacia la alteridad de los semejantes, desde nuestro
vacío y nuestra avidez de plenitud.
La
pulsión erótica halla en la ciudad un espacio abierto. Su saturación lúdica, de
encuentros, es un ofrecimiento de contacto con lo que no es la identidad del
sujeto, encerrada en el hogar o la burbuja del coche. La disparidad de los
demás es un puente tendido a un lugar propio de la comunidad emergente, tierra
franca, utopía en letra minúscula, que eclosiona en el tiempo ordinario del
vivir diario. Esto es justamente lo que se ofrece en la cuenca urbana.
*
*
Cinco.
Los lugares aportan escenarios para la definición ética y la figuración de la
verdad.
La
exploración de la verdad y de la justicia es tópica. Se halla vinculada a los
lugares, aunque no sometida de plano a ellos. Los lugares, en su multiplicidad
inagotable y en su simplicidad de breve racimo categorial, aportan una
condición básica a las dimensiones ética y cognoscitiva del sujeto. Porque en
el concreto soporte físico va incorporada una inteligibilidad que todo alumbra.
Dicho en otras palabras, el espacio del que surge la persona provee a ésta de
una red de significados y de valores, de mecanismos de decir verdad y de formas
electivas para conformar su identidad ética. Así, tanto el saber de veritación
como el saber de salvación se segregan socialmente. Son procesos comunitarios
de interpretación, que el sujeto adquiere y a los cuales se amolda, al andar un
itinerario que se le antoja único, creativo y plenamente libre.
El
sentido de verdad y de justicia se labra en la escuela y la iglesia, el estadio
y el mercado, los panópticos carcelario y automovilístico, el ojo hertziano, el
minotauro subterráneo del metro, la cala festiva de la taberna, en suma el
escenario funcional de la urbe.
Ante la
multiplicidad de los lugares, de los códigos de interpretación y de valores con
los que orientar nuestros actos, el vivir impone la necesidad de escoger. Y es
el escoger, la puerta de la elección, lo que franquea el paso a la
responsabilidad de cada cual, lo que nos otorga la dimensión ética. Este
principio íntimo de regulación de conductas y convivencia, que se actualiza
como compromiso ante el conflicto de intereses, se manifiesta doblemente, como
razón práctica y como razón simbólica. La primera toma cuerpo en los resultados
del urbanismo convivial, como sucede en la ciudad jardín o, la ciudad lineal.
También da el zarpazo de la segregación diastrática, al discriminar y afrentar
clases y castas, como sucede en cualquier asentamiento urbano. Por otro lado,
lo ético es razón simbólica cuando atiende a la aspiración salvadora y postula
la ciudad ideal en la utopía. En ella aprecia el lector la reunión, por su
vertiente extensa, de la colección de casas y materiales y, por la vertiente
intensa de la moralidad, los códigos de valores, rituales y reglas.
Apuntábamos que tanto lo ético como lo que merece el juicio de verdad no
son independientes de los procesos sociales de interpretación. Si ello es
cierto, ocurre que la verdad no existe como objetividad sino como fenómeno. Se
materializa merced a la experiencia, sea especulativa o positiva. Y tal
experiencia no resulta de una manifestación transparente del objeto en la mente
del sujeto, sino como una articulación o interpretación de una tradición: la
tradición o paradigma que sea vigente. El objeto no transparenta de manera
espontánea su estructura al observador. Todo lo contrario. La apropiación de
esa esencia acaece como recubrimiento, como intermediación, entre objeto y
sujeto, del ojo y la mano cultural de la comunidad, en toda su tradición de
objetivación y de reglas de construcción de lo significado.
Resumidamente expresado, la experiencia de la verdad es pertenencia, no
reflejo absoluto. Luego es adscripción local, y no independencia ideal. Es
apropiación en un lugar, en un tiempo, en el seno de una tradición. Y por ese
anclaje a lo espacial y cronológico se explica que la invención o construcción
de la verdad sea un acontecimiento tentado siempre por un inclemente juego de
fuerzas.
La
ciencia y la utopía son géneros especializados en el perfilado metalingüístico
de verdad y eticidad espacial. La ciencia, las ciencias son principados
metalingüísticos en los que se conforma retóricamente la verdad. Al reiterar su
decir, al propagarse, validan su saber probable y el imperio de su
disciplinamiento. Son -así se presentan- disciplinas. Por su lado, la
aspiración proyectista de la utopía hace una doble aportación: un compromiso
ético y una instancia de verdad, de la que revela una nueva faceta. Como la
ciencia, el lance utópico ambiciona poder y se arriesga en el juego de fuerzas,
al proyectarse ideológicamente como evento de disciplinamiento.
Una
producción ética y de saber canónico, conjuntamente, es la educación. Y, al
mismo tiempo, catón de ciencia y laboratorio de utopías. Su lugar es la escuela
y el aula, territorio de la larga andadura de socialización infantil,
territorio sometido a las fuerzas sísmicas del troquelado doctrinal y de la
persuasión. Ahí, mientras dura el aprendizaje de los valores y horizontes de
realidad objetiva, se opera la construcción de ese orden moral y científico que
resulta de la articulación social de la tradición.
Los
extremos de lo macro y lo micro permanecen en contacto por mor de unas
simetrías vagas pero atrayentes. El aula es un micromundo que recrea, a la
escala filogenética del pupilo, la complejidad del universo. Y el universo
puede ser la metrópoli. Ella misma, en la desproporción de unir lo macro y lo
micro, también puede cumplir como un aula. Sin lenguaje figurado, la urbe es un
territorio de excrecencias y armonías imperfectas que resulta educador. Y lo
logra sin la necesidad de afirmar intencionalidad formativa alguna. «La ciudad
es, de esta manera, el escenario de ese encuentro fundacional entre el
individuo y su realidad aún indescifrada. De ese correcto acoplamiento depende
que el sujeto, con el decisivo concurso de la escuela como momento
consolidador, adquiera los instrumentos de la razón y la tolerancia que le
permitirán proyectarse universalmente
desde la comprensión de la realidad cultural.» (Caivano, 1990.)
*
*
Seis.
El individuo es un tópos, un lugar.
¿Qué
soy? Soy un tópos. Como una parte del
mundo, soy un lugar. Pero a diferencia de éste, soy un lugar de encuentro de
símbolos. En cuanto cuerpo ocupo un lugar y aun puedo ser un lugar para otro.
El cuerpo paternal del adulto es lugar para el infante y simetría desbordada
para el amante.
Pero,
además de ocupar lugar o dar lugar, yo mismo soy el espacio de una identidad
donde se entrecruzan los símbolos. Y mi yo no es algo propio, subjetivo, sino
la figura de la actividad subjetiva, que no es nadie en concreto, pero a todos
representa. Así, el sujeto se abre camino entre los objetos como factoría de
producción de sentido, como encrucijada abierta al intercambio con los otros.
La
exterioridad física de mi cuerpo es una construcción cultural. Mucho más allá
de las modas pasajeras que aderezan mi aspecto, el moldeado que una larga
tradición aplica sobre lo físico no conoce límites. Lo que experimento
físicamente no queda fijado sólo por los genes pues los patrones culturales
también están convocados inconscientemente. «El esfuerzo irrealizable, el placer inaudito están menos en función de particularidades
individuales que de criterios sancionados por un grupo», nos recuerda Lévy
Strauss a propósito de los umbrales físicos, según el medio cultural. Tras esto
aparece el principio del cuño antropológico, dador de sentido a las
sensaciones, ahormador de la materia física, regulador del comercio
comunicativo no verbal.
De ello
se concluye que la exterioridad que es mi cuerpo acaece como nudo o crucero en
el que se ligan diferentes factores. ¿Qué soy? Soy un lugar crucial, donde se
aúnan y aúno una amalgama de factores, desde los genéticos hasta los
lingüísticos. Y soy una criatura prefigurada por la tradición y, a la vez, la
irrepetible originalidad del acontecimiento de mi cruzamiento.
*
*
Siete.
El individuo es el garante de que las ideas sean tópicas.
¿Qué
soy yo? También soy, con respecto a las ideas, el garante de que éstas sean
tópicas. Soy el garante de que las ideas tengan un lugar, lo cual tiene dos
consecuencias. Se redime a las ideas de la condición utópica y sitúo mi
individualidad en un marco de contingencia.
Comenzando por lo último, puedo constatar que yo mismo no soy un
entramado original sino un lugar común, un tópico. Incluso como figura,
represento un sistema de identidad que han poseído otros y que otros poseerán. Interpreto unos
papeles, de hijo, pareja, padre, asalarido, colega, vecino, no tabaquista..., y
así hasta completar la cuerda con los papeles más divergentes que pueda
representar. Con todo, mi ser no resulta algo inaprensible, único, irrepetible,
sino una forma perfectamente comprensible -es de esperar- por los demás, por
algunos.
En
segundo lugar, y como continuación de lo anterior, consideramos que lo que hace
al sujeto comprensible por los demás es su participación de las ideas, su pura
territorialidad donde anida lo ideal. Si el saber es una realidad topológica,
las ideas son el espacio primordial, y no u-topía, el que se encarna en cada
sujeto y le da consistencia espacial, forma interpretable por los demás,
entidad reconocible, identidad tópica intercambiable.
*
*
Ocho.
No hay lugares sino interpretaciones de lugares.
No es
menos cierto que los lugares no son tales, pues no vienen dados, sino que lo
que les abre paso son las interpretaciones espaciales que alumbramos. Yo soy un
lugar común, una red de continuidades que amalgama una gavilla de factores,
pero soy trasvasable merced a la tradicionalidad de mi trabazón de ideas. Yo no
soy un cuerpo, sino un lugar de ideas comunes, un búcaro cuya alma es el lugar
palpable de la oquedad cilíndrica en que se contienen flores generacionales.
Y si
dirigimos la mirada a la ciudad, obtenemos lo mismo. Ésta no es un conglomerado
urbanístico, aunque también lo es, sino una trama continua de horizontes
históricos, constructivos y estéticos, en la que se labra la figura interurbana
de un orden objetivado, de una razón práctica y una razón simbólica. Como se ha
visto en otra página, el espacio que es soporte-extensión no es prácticamente
nada, si consideramos los términos de espacio concebido y de vida como llaves
de la atribución de sentido a la exterioridad.
Como se
quiera expresar al desnudo la posición hasta aquí roturada, hay que afirmar
varios principios. A saber: no hay lugares sino sólo interpretaciones; y las
ideas dan lugar al espacio y no al revés. Según sentencian Rius y Rubert de
Ventós (1992), las ideas «no colonizan al espacio, sino que lo abren».
Mirar
una ciudad no es observar sus calles y sus construcciones sino captar un orden
convivial, modelado por una matriz histórica, que no está esencialmente hecha
de tiempo sino de conciencia. Pensar una pirámide es atravesar la opacidad de
sus sillares y su función de fasto funerario, para formular un teorema. Pensar
el universo es ver su constitución tetradimensional, de espacio y tiempo, que
se ensambla como relativiadad de dimensiones, masa y energía.
Hemos
utilizado indistintamente mirar y pensar con un propósito, el de enunciar que
la exterioridad, sea ciudad, pirámide, universo entero, erige espacios de mayor
densidad cuanta mayor teoría los enmarca. Teoría significa etimológicamente
contemplación, meditación. ¿De qué? Teoría es especulación o contemplación de
la verdad. Sin remedio ello lleva a señalar la ciencia, afanosa productora de
urdimbre teórica. Pero no sólo ella. Hay otras fuentes de explicación que
exceden el campo científico. Se hallan en las formas simples de respuesta al
misterio. En suma, provenga de donde provenga, la teoría es una estructura
ideológica, dadora de realidad a ciudad, pirámide o universo.
*
*
Nueve.
El gozo del sujeto es tópico: hallarse, ubicarse, en la dimensión social de la
conciencia.
Si como
se objeta a los positivistas, no hay hechos sino sólo interpretaciones y, del
mismo modo, tampoco lugares sino su interpretación, nos preguntamos esto: ¿cuál
es la lógica de la interpretación?, ¿cuáles sus procedimientos?, ¿cómo accede
el sujeto al sosiego y al gozo de hallarse a sí mismo en el lugar que es común
a todos?
A
sabiendas de que una respuesta o una colección de ellas no hacen otro que
apuntar una vastedad, cabe decir que la interpretación es la articulación de la
comprensión en un todo. Ese todo es la conciencia humana.
Las
cosas y los lugares resultan, por sí mismos, demasiado inmediatos para poder
tener trato. Se imponen como apariencia. Pero nuestra dimensión efectiva es la
del ejercicio de la crítica de las apariencias. Nuestro mirar la pirámide,
ciudad y cuerpo. De este modo nos libramos dialécticamente, racionalmente de la
pura imagen para controlar el conflicto de fuerzas que son esas cosas.
Alfanhuí, el chico prodigioso creado por Rafael Sánchez Ferlosio, en un
paisaje de zozobra de su historia, mira a su alrededor pero nada ve, atenazado
como está por una melancolía oscura. «Alfanhuí
se sentaba en un puentecito que había sobre el cauce, con los pies
colgando hacia el agua y se miraba en la corriente y pasaba horas y horas...»
Aquél no es su sitio, que está no sabe dónde. Mira una hoja de eucaliptus sobre
el agua, doblada como una barca, libélulas de colores a flor de la corriente y,
en el fondo del cauce, guijarros blancos que ruedan de vez en cuando y algas
ondulando muy peinadas. Y concluye el autor (c.XVII): «Todas las cosas llamaban
a Alfanhuí y parecían venir a tentarle y a despertarle. Pero Alfanhuí seguía
pensativo y ausente, lejos de todo industrioso pensamiento...» Porque la imagen
de las cosas es un velo sobre la mirada que sólo se levanta al hallarse uno a
sí mismo, al sentirse a gusto en el sitio donde se encuentra en ese momento, al
reconocerse en una identidad que todo lo abarca: la dimensión humana de la
conciencia.
Quizá
pueda parecer que nos estamos refiriendo a una conciencia explícita y
reflexiva, como es la de la filosofía y la ciencia, autorreferencial y
metalingüística. Y no es así. La filosofía y la ciencia son modelos
formalizados de articulación de la interpretación. Pero no son los
primeros. Otros más hay y resultan
incomparables pues se desenvuelven en órbitas diferentes. ¿Qué otras formas hay
de aprehensión del mundo físico y de su continuo acontecer? La literatura, por
ejemplo. La voz que relata el embotamiento en la mirada de Alfanhuí y el
desarraigo de su estar ausente.
*
*
(Sigue
nueve.)
La
ciencia clasifica, denomina, aísla, exhibe gráficamente sus resultados. En una
palabra, categoriza. En cambio, la literatura capta momentáneamente, atrapa la
fluencia de lo real, no ya reteniendo su avance en un dique teórico sino
siguiéndolo, porque lo que pretende el afán literario es aprehender. La ciencia
opera sobre lo que es, para reconocer la actualidad de su estructura. Y da
nombres -grá-mática-, argumenta -lógica- y expone -retórica-. Sin embargo, la
literatura se interesa por la naturaleza oculta de las cosas, en tanto que
posibilidad, emergencia o proceso. Es voz que evoca imágenes de las andanzas de
Alfanhuí, no imagen que reproduce voces de un cuadro psicológico. Desde su
perspectiva creativa, las cosas, los lugares y las relaciones de los personajes
con unas y otros, no son sino que están sólo encaminadas, haciendo su
itinerario autónomo. A diferencia del lenguaje de la ciencia, hace pie en el
movimiento de los verbos y el color de la derivación léxica -gramática-, en la
persuasión narrativa -lógica- y en la función poética de las figuras -retórica.
Para
acabar, aún señalaremos otra diferencia. La ciencia es el ámbito de los
objetos, reducidos a su forma elemental o compuesta y concebida como icono o
como índice, respectivamente. A su vez, lo literario tiende a la complejidad
del símbolo, de la sugestión metafórica. Ahora bien, con todo y aunque una
categorice y aprehenda otra, aunque se atenga la primera a lo que es
-no-ficción- y la segunda a lo que pudo o podría ser -ficción-, ambas
modalidades participan de un mismo hacer: la invención de la realidad. La
invención significa no ya falsificar sino construir, puesto que son dos modos
de pensar con claridad la realidad, dos modos de interpretar la exterioridad y
de reflejarla en la interioridad compartida de la conciencia humana.
Como
Alfanhuí, somos seres que vivimos merced a nuestras industrias, las del pensar,
las que moran en la mente. De sus cogitaciones sale su trato mágico con los
animales, los colores y la trémula naturaleza de los objetos. Tal es su obrar,
el contemplar la verdad a través de sus ojos, grandes como los del ave
alcaraván. Algo así afirma Cassirer, en el lenguaje expositivo de la filosofía,
cuando refiere del sujeto su industrioso universo de «formas simbólicas», de
representación, totalidad que configura lo que es y que intermedia entre él y
lo físico.
El
conocimiento que Alfanhuí tiene de los secretos del color es su palanca de
incidencia en el mundo. Cultiva hojas de colores inusitados en el castaño del
patio de su maestro y de ellas retoñan pájaros exóticos, como hojas de papel
tornasolado. De la misma suerte, la nuestra es una incidencia sobre la realidad
objetual o exterior, sometida ya al arte o reglamentación del representar.
Sucede
que nuestro vivir, producción de saber localmente, tiene siempre la singularidad
del acontecimiento. Y cada cual se halla solo frente a esa responsabilidad de
aprenderse y de reconocerse en el lugar apropiado. Todos los siglos de progreso
y racionalidad, tantas instituciones de ordenación de la vida, tantos lazos de
relación en virtud de las facetas de su figura, tanto de tanto no impide que el
sujeto experimente su vivir como el destino inagotable que es la necesidad de
buscar su sitio, el de cada momento, el de cada acontecimiento. Como el pájaro
alcaraván, el sujeto es marchador y no puede anidar. La cama de ayer no sirve
para hoy. Y al igual que el zagal Alfanhuí, extraño en su lar y entre los
semejantes, el individuo consigue experimentar el gozo como verificación -o
hacer verdadero- de quien se sabe, se representa, donde se halla.
Se dirá
que Alfanhuí tiene una irrealidad ideal, y que nunca podría darse tal.
Incierto. ¿Quién no se ve recogido a retazos en esa personalidad del niño
enigmático y maravillado por el alma polícroma de las cosas y el hondo vértigo
de los cuentos? Somos seres simbólicos y vivimos de ideales.
*
*
Epílogo
hermenéutico.
Nos
vemos elevados hasta ese horizonte humano desde el cual toda relación es
diferida, pues la tamiza el velo de la cultura. Desde ahí, contemplamos y
reconocemos nuestro paso por los lugares acondicionados. Dichos lugares son el
fruto de una tradición constructiva y, sobre todo, interpretativa del espacio.
Como el narrador, que da relieve a las páginas con su verbo, así el sujeto
-Alfanhuí o ese que soy tú- marca su trazo sobre el cañamazo de lo dado. Sobre
la dimensión social de la conciencia. Y su hacer, por paradójico que parezca,
es original pero accidental, puro suceso y azar.
Mas lo
que importa es que se es trazo, trazar que deja signos por doquier. Y se es trazar
merced a representación y desplazamiento, merced a industrias y andanzas. La
busca de tales signos, intermitente y caprichosa a ratos, nos ha llevado a las
clasificaciones de territorio y horizonte, a los conceptos de laberinto y
frontera, al sumidero voraz de los fenómenos extremos, a la leyenda de la
ciudad como inventario de lo posible y abanico de lugares eróticos, a la
creación de espacios virtuales o al modelo del cuerpo, encrucijada tópica e
ideal que se ofrece al otro.
Ahora
bien, por amplia que fuera la relación de aspectos, no podría ocultar una
carencia esencial: la captación de la experiencia. Si amaestramos conceptos,
somos taxidermistas que vaciamos de vida esos trazos; así están quedos, sin
traicionar nuestro artificio. Pero lo que es la experiencia, ese trazar que es
puro suceso y azar, tránsito al entusiasmo o la inquietud, ese andar por el
espacio percibido y representado, todo ello, en definitiva, queda fuera. Cae
del lado de los cuentos.
FUENTES BIBLIOGRÁFICAS
J. Arpal (1983): Las ciudades,
Barcelona, Montesinos.
A. Bailly y otros (1989): Représenter l'espace. L'imaginaire spatial á l'école, Paris, Anthropos.
R. Barthes (1985): "Semiología y urbanismo", en La aventura semiológica, Barcelona,
Paidós, 1990.
J.
Baudrillard, (1993): Les phénomènes
extrémes, Barcelona, Institut Français, Cercle de philosophie, 1993.
F. Fabbri y otros (1984): Espace:
construction et signification, Paris, Éditions de la Villete.
C. Gurméndez (1992): "El espacio abierto", El País, 24.06.1992.
M. Rius y X. Rubert de Ventós (1992): De filosofía, Barcelona, Barcanova.
R. Sánchez Ferlosio (1952): Industrias y andanzas de Alfanhuí, Barcelona, Salvat-Alianza, 1970.
|
|
|
|
|||||||||||
|
|
|
|
|
|
|
|
|||||||
|
|
|
|
|
||||||||||
|
|
|
|
|||||||||||
|
|
|
|
|
|
|
|
|||||||
|
|
|
|
|
||||||||||
|
|
|||||||||||||