Xavier Laborda Gil

 

Lingüística. Universidad de Barcelona

 

 

“Lewis Carroll en tres conceptos: fiesta, juego y símbolo”,

Primeras noticias: Literatura infantil y juvenil,

152 (I-1998) 23-27.

 

 

 

Lewis Carroll, en tres conceptos:

fiesta, juego y símbolo

 

Xavier Laborda

 

Nuestra fiesta

 

La fiesta, ese tiempo de conmemoración del que nos valemos los lectores para reencontrarnos como comunidad, nos reúne este año de 1998 en torno a las obras de Lewis Carroll. Recordamos el centenario de su desaparición y, con este motivo tan circunstancial y quizá fetichista, nos damos cita en la lectura de sus páginas. Con ello se procura homenaje no tanto  al autor como a los vivos, que somos todos aquellos que nos emplazamos a superar el gozo de la lectura individual para fundirnos en el grupo que festeja su afición.

Celebramos la memoria del diácono y profesor que murió en un 14 de enero de 1898, en la población inglesa de Guilford (Surrey). Iba a cumplir los 66 años y su auténtico nombre era el de Charles Lutwidge Dodgson. Fue el tercero de los once hijos del reverendo Charles Dodgson y de Frances Jane Lutwidge. Y su fama perdura como autor celebradísimo de las aventuras maravillosas de Alicia o de Silvia y Bruno.

El éxito de sus narraciones y adaptaciones teatrales le permitieron renunciar tempranamente, en 1881, a su plaza de profesor universitario de matemáticas en el Christ Church College de Oxford. Para entonces ya había publicado las dos Alicias, la del país de las maravillas (1865) y la del espejo (1872), y el hermético relato en verso La caza del Snark (1876). Después daría a la imprenta un ensayo técnico, El juego de la lógica (1886), así como dos Alicias más. Una fue la edición facsímil de la versión primera e inédita de Alicia, Aventuras subterráneas de Alicia (1886), que reproducía el manuscrito -ilustrado por el propio autor- con que obsequió a la niña Alicia Liddell. A la publicación de esta proto-Alicia le siguió una versión adaptada para lectores infantiles, Alicia para pequeños (1989). En dos entregas más, Carroll cerró su producción con una novela en que aparecen nuevos protagonistas, y cuyos nombres dan  título al texto, Silvia y Bruno (1889 y 1893). Se trata de una novela de difícil clasificación, en la que el autor quiso plasmar su aguda capacidad creativa y una sólida formación en filosofía del lenguaje. No logró despertar el entusiasmo con que se aclamó los textos precedentes, peró sí tuvo el mérito literario de dejar perplejos a los admiradores de su fantasía, presos quizá como estaban del fascinante mundo de la reina de corazones, Humpty Dumpty -Tente Tieso o Zanco Panco, en dos versiones en castellano- o el caballero blanco.

 

Símbolo pleno, símbolo esquivo

 

Solemos buscar en la vida del autor el sentido de su obra, las claves de su creación y el secreto que vincula al autor con sus criaturas. Pero en vano nos afanamos por ese camino interpretativo, pues sólo hallamos indicios prepararados. Reconocemos la figura del autor o, al menos, ciertos rasgos suyos en algunos de sus personajes, como la timidez profesoral del pájaro tartamudo o la nobleza y fragilidad del caballero blanco (de “suaves ojos azules y cara bondadosa”). Y, en efecto, es razonable creer que estos seres son trasuntos del autor, cuya ambición le llevaría a confundirse con  criaturas de ficción y a tener la fortuna de superar en y con narraciones la terrible mortalidad nuestra. En las narraciones es personaje. Con las narraciones es voz, perspectiva de autor.

Ahora bien, no sólo Carroll se introduce en la ficción sino que también la ficción se cuela en el mundo de las vivencias y realidades materiales. Veamos una muestra de esa manufactura del tiempo vivido por el sujeto -Dodgson- como artificio memorialista de una tarde tan original que en ella tuvo su primera existencia Alicia:

 

Largos años han transcurrido desde aquella ‘dorada tarde’ que te hizo nacer, pero puedo recordarla casi tan claramente como si hubiese sido ayer; encima, el claro cielo azul, debajo, el acuoso espejo; la barca, derivando perezosamente en su camino; (...) y las tres anhelantes caritas, ávidas de noticias del país de la fantasía y a las que no podría contestar con un ‘no’; ‘cuéntanos una historia, por favor’, salido de sus labios tenía toda la inflexible inmutabilidad del Destino.

 

En este pasaje recoge el autor las sensaciones de una remota tarde del 4 de juliode 1862, durante un paseo en barca por el Támesis que baña Oxford. Que los recuerdos sean claros, como proclama Carroll, y que su bosquejo narrativo tenga intensidad, no ha de hacernos olvidar de qué están hechos los textos històricos, sean ensayos científicos o escritos autobiográficos. Unos y otros son escritura narrativa que pretende presentar y valorar ciertos acontencimientos. Son, pues, construcciones ideológicas que coinciden en todo con los cuentos o las novelas, salvo en que estos últimos tienen por meta la ficción.

Nuestra observación solo invoca el canon de la historiografia contemporánea, segun el cual la historia nunca dice la realidad del pasado sino que la hace y la brinda a lo demás. Es obvio que Carroll no inventa esa “dorada tarde”. Simplemente establece, en primer lugar, que aquella tarde fue y, depués, cómo fue. Su relato verídico comporta operaciones discursivas como la categorización -la dorada, la tarde primordial- y la selección y relación causal de hechos, con una libertad narrativa evidente. No se menciona en la explicación de Carroll, ni parece preciso, la presencia del reverendo Robinson Duckworth, como tampoco se menciona cómo surgió la idea de dar un paseo con las tres hermanas Liddell, las niñas Lorina, Alice y Edith, las hijas del decano de Christ Church.

Conocemos estos detalles por el propio Carroll, además de por otras fuentes.Si insistimos, sin embargo, en este pasaje es porque en él se resume un malentendido. El malentendido de la biografia como medio capaz de desentrañar una realidad que no aparece en la superficie del texto. El malentendido del relato autobiográfico como un compromiso con los hechos y el azar. El malentendido de Carrol como Dodgson y viceversa. ¿Por qué? Porque el solícito profesor de la dorada tarde, el amable acompañante de las niñas, el narrador que no tiene otro remedio que concebir un cuento para un público tan entusiasta, es un personaje más de su producción. Existió su referente, es cierto. Tenía rostro, como atestiguan las fotografias en que aparece; algunas de ellas han pasado a ser su retrato oficial por la expresión de ensoñación y romántico abandono que exhibe. Era profesor competente, como se desprende de sus académicas publicaciones en lógica y geometría (Compendio de geometría algebraica plana, 1860). Y tenía la afición de entretener a las niñas, además de fotografiarlas, a veces, según su propia expresión eufemística, “vestidas con nada” (dressed of nothing).

En suma, lo que cuenta es que las facetas de ese personaje combinan muy bien con la inventiva disparatada de las obras carrollianas y de su sugerente inversión de lo que significaba la sociedad victoriana. No obstante, un examen más crítico de la personalidad de Dodgson revela apectos que no cumplen con las expectativas que nos habíamos forjado.Así sucede con la lectura de su diario del viaje que realizó a Rusia[1] en el verano de 1867, en compañía del reverendo Henry Liddon. En esas páginas personales plasma las impresiones de dos meses de visita a Europa central y Rusia. Son comentarios de un viajero atento y culto, pero también de alguien perfectamente victoriano y predecible, todo lo cual nos lleva a un nuevo sujeto, el del inglés conforme con su cultura y su experiencia.

 

Un canon llamado Carroll

 

Cuando descubrimos que nos hemos salido del personaje, dejamos con aprensión unos papeles que han sido pergeñados por la misma mano pero con una función distinta, privada, y un valor muy inferior. Y nos sumergimos en algo propiamente literario, es decir, en el arrebato de una ficción tan oscura, incluso tenebrosa, como La caza del Snark[2] o tan elaborada como Silvia y Bruno[3]. Abrimos los volúmenos que tenemos sobre la mesa y copiamos algunos párrafos, sin tener que esforzarnos por hallar ejemplos de su genuino modelo, del canon carrolliano, en el que sobresalen dos factores afines, el humor incongruente y la lógica del sinsentido[4].

Veamos una de estas muestras. Con los siguientes versos arranca el relato de La caza del Snark. Describen el desembarco de unos temerarios marineros en tierra de snarks y, quizá también de letales buchams:

 

“¡Excelente lugar para el Snark!”, exclamó el capitán,

a la vez que desembarcaba con sumo cuidado a su tripulación:

ensortijando los cabellos de cada marinero en su dedo,

les ponía fuera del alcance de las olas”

 

“¡Excelente lugar para el Snark!”, repitió,

como si esta sola frase debiera estimular a la tripulación.

“¡Exelente lugar para el Snark!, y lo digo por tercera vez,

Recordad, todo lo que os diga tres veces es siempre verdad.”

 

La temeridad de los marineros radica no sólo en su penosa misión, sino también en que se han confiado a un capitán inepto en su oficio y de discurso necio pero eficaz: la repetición de un concepto suele ser muy convincente, como muy bien demuestran las prácticas en propaganda y publicidad. La estulticia del capitán es lanzarse a una tarea seductora y esquiva con la yuda de una tripulación desmañada, formada por un limpiabotas, un empleado de billares, un castor humanizado, un carnicero y otro sujeto más que había olvidado su nombre y sus pertenencias y venía de repostero, si bien sólo sabía preparar tarta nupcial.

A la postre, el repostero es quien halla al búcham y fatídicamente se desintegra, se desvanece para siempre. Y así Carroll puede colocar el último verso del poema: “For the Sanrk was a Boojum, you see” (“pues el snark era un búcham, como bien suponéis”), que es el primero que se le ocurrió y, para darle algún provecho, tuvo que tomarse la molestia de componer ciento cuarenta estrofas más. Todo un capricho, si, como afirma el autor, tal verso no significa nada de lo que él sea consciente. Y he aquí otra ocasión -¿iba a desaprovecharla?- en que Carroll describe un brillante paisaje estival como escenario taumatúrgico de su intuición:

 

“Caminaba por una ladera, solo, un luminoso día de verano, cuando se me ocurrió un verso, un único verso: Pues el snark era un búcham, como bien suponéis. Entonces no sabía lo que significaba, ni sé ahora lo que significa; pero lo anoté. Y, algún tiempo después, se me ocurrió el resto de la estrofa, de la cual el verso mencionado resultó ser el último. Y así, paulatinamente, en momentos de ocio de los dos años siguientes, el resto del poema fue encajando hasta completarse, y la estrofa en cuestión fue la última.”

 

Con su relato del origen mundano de la obra -mundano, pero luminoso y evocador-, el autor acrecienta su aura y brinda un nuevo guión literario en que figura como protagonista. Se ofrece como un personaje ingenioso, ocioso, feliz... ¿Quién podría reprochar a este personaje adorable que se relacionara con otros del mismo mérito? Por ejemplo, la pareja de niños Silvia y Bruno, que aparecen en este diálogo de la novela homónima:

 

... ¡Y Silvia está... un tanto así de triste!

— ¿Cuánto de triste? -preguntó con malicia.

            — Tres cuartos de yarda -repuso Bruno con perfecta solemnidad...

 

Pertenecen estos niños a un mundo plenamente empirista en que importa mucho tomar las medidas de las cosas, aunque sus instrumentos nos parezcan inapropiados:

 

— ¿Para qué quieres ese ratón? -dije-. Deberías enterrarlo, o bien tirarlo al arroyo.

— ¡Pero si es para medir con él! -exclamó Bruno-. ¿Cómo mediría usted un jardín sin un ratón? Hacemos cada macizo de tres ratones y medio de largo por dos ratones de ancho.

 

Y podríamos seguir con muchos otros personajes. Forman una amplia galería. Así que, si hubiéramos de centrar nuestra atención en uno, en aquel que resumiera su mundo más risueño y solar, esa sería Alicia en una tarde de verano.Y esa podría ser la Alicia que describe Carroll en A través del espejo con trazos delicados y melancólicos:

 

“Alicia se olvidó de todo (...) mientras se inclinaba, apoyada sobre la borda de la barca, las puntas de su pelo revuelto rozando apenas la superficie del agua... y con los ojos brillantes del deseo iba recogiendo, manojo tras manojo, de aquellos deliciosos juncos”.

 

La sensualidad de esta escena, que nos devuelve a aquella “dorada tarde” del paseo en barca con las hermanas Liddell, expresa los valores de símbolo, juego y fiesta que establece el canon carrolliano. Es juego por el exceso de lo arbitrario y el placer de lo que no tiene otro objeto que su propio y gratificante movimiento. Es símbolo por la posibilidad que concede al lector de reconocerse en lo ajeno de esos mundos del otro lado de la madriguera o del cristal, y de reconstruirse como identidad nueva, más flexible y mejor humorada. Y es fiesta porque, como sucede ahora, en esta efeméride de 1989, la obra de Carroll nos une y nos separa. La separación opera con respecto del tiempo normal y del mundo ordinario, es decir, del trabajo y el penoso orden de las necesidades. La unión afecta a la comunidad de lectores, convocados en esta fecha como gozosos participantes en una celebración simbólica y lúdica que proclama una presencia, la de las criaturas de Carroll, con sus hazañas y sus.impecables juegos lógicos[5] O bien, la dificil y equívoca etiqueta de literatura infantil, en el sentido de que en España, en las ediciones en castellano, catalán, vasco, gallego o asturiano que se han hecho, se aprecia la opacidad de las bromas y sátiras de Carroll, en muchos casos apegadas a una cultura anglosajona y a sus prácticas educativas y literarias. No son, pues, unas obras para un público infantil. Un tercer aspecto, ligado al precedente, es la gran dificultad de su traducción, lo cual reafirma la distancia cultural e idiomática que hay que solventar y, a la vez, el mérito prodigiosa de algunas de ellas, a lo cual convendría dedicar también nuestra atención.

Por último, deseamos manifestar que los conceptos hermenéuticos de fiesta, juego y símbolo, tan superficialmente expuestos aquí, están magnífica i didácticamente desarrollados por el filósofo alemán Hans-Georg Gadamer (1977): La actualidad de lo bello, Barcelona, Paidós / ICE-UAB, 1991.

Como exclamaría el capitán que va en pos de la quimera del snark, saludemos nuestra suerte con un brindis formalmente verdadero, es decir, repetido tres veces: ¡Excelente motivo para una fiesta! ¡Excelente motivo! ¡Excelente! (Algo se está desvaneciendo, como bien suponéis.)

 

 

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[1] Diario de un viaje a Rusia es un texto de publicación relativamente reciente y que incluso entre los lectores en lengua inglesa resulta poco conocido. La primera edición inglesa data de 1935, y corrió a cargo de John Francis McDermott. Anteriormente, el biógrafo Collingwood había reproducido algunos párrafos del diario. Según sabemos, la primera edición castellana de Diario de un viaje a Rusia apareció en la editorial Mascarón (Barcelona, 1983, con traducción y notas de M. E. Frutos y X. Laborda).

[2] La caza del Snark ha tenido diversas ediciones en castellano. Éstas son las de la editorial mexicana Era (1978, a cargo de Ulalume González), Kairós (Barcelona, 1970), Mascarón (Barcelona, 1982, a cargo de M. E. Frutos y X. Laborda) y ediciones Libertarias (Madrid, 1982, realizada por Leopoldo M. Panero).

[3] Se dispone de la excelente edición crítica de Silvia y Bruno de Santiago Santerbás (Madrid, Anaya, 1989, 496 páginas). En ella advierte el traductor sobre ciertas asperezas tipográficas del original: “He conservado, aun pareciéndome en muchos casos innecesarias, ciertas peculiaridades caligráficas: palabras y frases en letra cursiva, mayúsculas iniciales absolutamente gratuitas, excesivos entrecomillados y signos de admiración”. Y añade Santerbás que “ese énfasis, que hoy se nos antoja desmesurado, era moneda corriente en un gran sector de la literatura de su tiempo”, una moda desgarbada que al parecer vuelve a ser común ahora, así que aumentan los medios informáticos de edición y menguan los conocimientos de tipografía y composición.

[4] Sobre estos rasgos del estilo de Carroll podemos leer unas conclusiones muy claras en los siguientes artículos: Javier M. Lalanda, “A ambos lados del espejo: ciencia y disparate en la obra de ficción de Carroll”, en C.L.I.J., 22 (noviembre de 1990) 54-62. Lucía-Pilar Cancelas,  “Carroll versus Dahl: dos concepciones del humor”, en C.L.I.J., 97 (septiembre de 1997) 19-26.

[5] Nuestra salutación de fiesta es tan esquemática que ni siquiera menciona cosas tan principales como la fuerza de las ilustraciones y la impronta de los dibujantes en la obra carrolliana, como es el caso de John Tenniel -en las dos Alicias-, Henry Holiday -La caza del Snark- y Harry Furniss -Silvia y Bruno-. Llevando este cabo gráfico hasta nuestro días, podríamos incluir trabajos que recrean el mundo de Carroll, como la exposición fotográfica de Carmela Llobet sobre Alicia en el país de las maravillas (Can Basté, passeo Fabra i Puig, 274, Barcelona, noviembre 1997-enero de 1998), que exhibía un montaje de imágenes que recreaban alegóricamente ciertos personajes.