Xavier Laborda Gil

 

Lingüística. Universidad de Barcelona

 

 

 

en Oralia. Análisis del discurso oral,

vol. 1, 1998, pp. 199-211, Universidad de Almería

 

 

Notas sobre pragmatica

del discurso politico:

 

Aseveraciones, promesas y veracidad

 

Xavier Laborda

 

 

Garzón, diputado en el Parlamento (julio de 1993)

 

 

 

 

 

 

Objeto del analisis

 

            Este escrito es un comentario pragmático de las manifestaciones públicas de un político sobre el tòpico de la veracidad discursiva. Hemos entresacado tales manifestaciones —reproducidas más abajo— de dos entrevistas que mantuvo Baltasar Garzón, a la sazón diputado por el PSOE, con periodistas de El País en julio de 1993 y marzo de 1994, antes de volver a la función judicial en la Audiencia Nacional[1]. Son los enunciados de varios turnos de palabra que se refieren a la verdad, el engaño o la promesa, y que le llevan a concluir con esta proscripción de la mentira en política:

(R51)— Lo único que la gente no perdona [al político] es la mentira; perdona los errores si se le explican. (...) Nunca hay que mentir, aunque cueste; y si eso es ser un ingenuo en política, voy a seguir siéndolo.

           

            Nuestra intención es glosar estas manifestaciones metadiscursivas, asimilables a la máxima de veracidad discursiva y, a continuación, examinar las definiciones de rol público que se pronuncian y el cumplimiento que el propio emisor observa de su código en otros pasajes de las entrevistas. Transcribimos estos dos fragmentos. De la primera entrevista:

 

 (P36)— Se le veía cortado [en su primer mitin], como si pensara tanto las palabras que no le salían.

(R36)— Es la consecuencia de ser juez, estás acostumbrado a decir las palabras justas y exactas para no pillarte los dedos. Hacer afirmaciones políticas me daba un miedo terrible. Prometer es duro; si prometo algo, quiero cumplirlo; y desde luego voy a tratar que se cumpla. Cuando veo a tantas personas que cifran su ilusión en el cumplimiento de las propuestas electorales siento que hay que dar la piel, si hace falta, para cumplir lo que has prometido. Y siento la vergüenza que pasaría si me señalaran con el dedo diciendo: me has engañado.

(P37)— ¿Piensa que la gente se cree a pies juntillas todo lo que escucha en campaña electoral?

(R37)— Si no es así, habrá que cambiarlo. Yo he procurado decir aquello a lo que podía comprometerme, ni un àpice más. He intentado transmitir confianza; decir que la voluntad de cambio era cierta, que la regeneración de la vida pública es posible.

 

            Y de la segunda entrevista:

 

(P7b)— Se le ve ahora más suelto hablando en público.

(R7b)— Las circunstancias te obligan a ello. No es tanto que me vea más suelto sino que quizá tengo más confianza política en la expresión y antes me expresaba más con la racionalidad del juez.

(P8b)— ¿En la política se aprende a mentir con más facilidad?

(R8b)— No. Creo que no se debe mentir y menos aún en la política. Bajo ningún concepto. Todo lo más puedes no decir la verdad.

(P9b)— Que es una forma de mentir.

(R9b)— Sí, es una forma de mentir. Yo soy de la opinión de que si no quieres contestar a algo es mejor decir que no quieres contestar que dar la impresión de que no lo sabes o enganar al interlocutor.

 

            El motivo de nuestra elección es presentar las aseveraciones de una celebridad para considerar la complejidad que caracteriza la cuestión, aparentemente simple si nos atenenos a la prescrición de no mentir nunca. Sin embargo, como tendremos ocasión de señalar, Garzón incurre durante la entrevista en siete infracciones, lo cual no ha de interpretarse como indicio de hipocresía o mendacidad, sino como la quiebra de un pensamiento superficial. Precisamente, nos llamó la atención el presente material lingüístico por lo que de confuso y reductivo tiene, aunque tambièn puede ser un mérito de persuasión política. Según nuestra hipótesis, la paradójica reunión de desacierto conceptual y logro comunicativo surge de la evocación de clichés orales y privados, esto es, de tópicos acríticos e informales que resultan inconsistentes en un debate y descuidados para un contexto público.

 

Descripcion de las entrevistas

 

            Puestos a comparar los dos fragmentos, las coincidencias son notables. Éstos arrancan con (i) la referencia a la actuación en público del político, pasan por (ii) la definición de los roles discursivos de juez y político, y acaban con (iii) la cuestión de fondo sobre la verdad y la mentira. La curiosa identidad del esquema no sorprende cuando se coteja los dos discursos en su totalidad[2], actividad que arroja un saldo de similitudes. Anotamos los contenidos de las tres secciones indicadas.

            (i) Actuación en público del político. La calificación que merecen sus intervenciones mejora en la segunda ocasión: “se le ve más suelto” que antes, en que “se le veía cortado”. Los términos coloquiales “suelto” y “cortado” resultan chocantes en una entrevista con un cargo de la Administración, a no ser que se entienda que el marco conversacional acordado es revelatorio o franco, lo cual implica dos factores dialógicos: la ficción de la paridad entre los interlocutores y el trato familiar con la celebridad. A la vista está la incompatilibidad de los factores, puesto que la presencia de la celebridad determina una diferencia de roles y la disparidad o relación asimétrica entre los hablantes. No obstante ello, sucede que el político se aviene al mencionado fingimiento, pues es una convención que incrementa su capital persusivo ante el público[3].

            Importa también anotar que los adjetivos “suelto” y “cortado” están en relación con un patrón de elocuencia específico, el del discurso epidíctico o espectacular, como es el caso del mitin de campaña electoral o un acontecimiento político y partidista. Como describió la retórica clásica, el discurso epidíctico busca la adhesión del auditorio, para lo cual se vale de recursos verbales canónicos o de repertorio. Así, en un mitin se considera elocuente hablar con fluidez, vehemencia, claridad y progresión. Por todo ello se entiende que, según los entrevistadores, el ex juez no ha tenido unas actuaciones adecuadas a la situación, aunque este extremo personal sea banal para nuestro comentario.

            (ii) Roles de los agentes públicos. La explicación que ofrece Garzón de su laconismo involucra un segundo género discursivo —forense—, al tiempo que apela a una circunstancia personal. El género forense y, en concreto, el de la autoridad que da un veredicto, es secundario e impersonal, es decir, opuesto al anterior. Decimos que es secundario porque el magistrado dictamina después de que hablen las partes, de modo que durante la mayor parte del tiempo es oyente y durante la menor, representante. Y se predica la impersonalidad porque se juzga sobre cosa ajena, con la obligada exhibición de maneras ponderadas y circunspectas. Así, el patetismo del juez o su identificación y solidaridad con los presentes invalidaría un proceso, por la misma razón que la parsimonia y la fría argumentación puede arruinar un acto electoral por parecer inseguridad e indiferencia, de lo que se extrae que la elocuencia de un género se trueca en estolidez en el otro, si se aplica ciegamente.

            Por otra parte, la circunstancia de su actuación es un homenaje a dichos géneros, con la particularidad de que su torpeza podría ser una querencia, una preferencia. Como reconoce, “antes me expresaba más con la racionalidad del juez” (R7b), defecto que ha superado al conseguir “más confianza política en la expresión” (aunque debería decir “más confianza en la expresión política”). La justificación que ofrece Garzón no se ciñe a su caso sino que se vuelve sobre los mismos géneros, para enjuiciarlos severamente. Sin denostar abiertamente lo epidíctico, elogia las maneras judiciales. La racionalidad de éstas contrasta implícitamente con la emotividad de lo político, y la precisión del veredicto (“las palabras justas y exactas”, R36) con el capcioso instrumento epidíctico de la promesa (“prometer es duro; si prometo algo, quiero cumplirlo”, R36). O sea, el control de la razón frente al desorden del sentimiento, la fiabilidad de los enunciados constativos frente a la precariedad de los enuncidados compromisivos, todo lo cual reanima un esquema tópico que está reñido con la perspicacia.

            Releyendo las entrevistas se comprueba que Garzón hace extensivo su reparto de elogios y reproches a los respectivos agentes. Sin embargo, es evidente que los recursos del discurso judicial son inapropiados para lograr los fines de adhesión e identificación política, como el de “transmitir confianza e ilusión” por un movimiento de “regeneración de la vida política” (R37).

            (iii) Máxima de cualidad o veracidad en política. El primer elemento de la cuestión es la mención que Garzón hace del engaño (“me has engañado”, R36), como efecto o perlocución de una estrategia de la mentira, la promesa electoral incumplida. A continuación, la periodista ensancha el asunto con la referencia al escepticismo del público:

(P37)— ¿Piensa que la gente se cree a pies juntillas todo lo que escucha en campaña electoral?

(R37)— Si no es así, habrá que cambiarlo. Yo he procurado decir aquello a lo que podía comprometerme...

           

            La argumentación del diálogo presupone la creencia de que los políticos mienten a menudo, lo cual queda bien claro en la segunda entrevista (P8b). Sin embargo, el lector ha de objetar algo a la resolución de Garzón de acabar con la incredulidad del votante, y es que de la erradicación de la promesa mendaz —como parece que propone— no se sigue necesariamente que los políticos recuperen la credibilidad, por la simple razón de que una cosa es argumentar o prometer con honradez y otra es convencer o persuadir, puesto que  la intención no asegura el efecto.

            Y una objeción más. Es razonable que Garzón sugiera restringir las promesas a aquello que es factible y cuyo cumplimiento está en el ánimo del político. Pero esta noción de sentido común no sólo hace caso omiso de la naturaleza compromisiva de toda campaña electoral, sino también de la inseparable posibilidad de prevaricación, esto es, la capacidad de mentir o decir cosas sin sentido. Vayamos por partes. Nuestra crítica general consiste en señalar la superficialidad del razonamiento del entrevistado: asevera algo tan evidente como gratuito. Más concretamente, si la prevaricación es un rasgo del lenguaje, ¿acaso justifica ello que el hablante reitere sus recelos sobre la veracidad en todo acto comunicativo? Hemos de entender que la sospecha de Garzón recae en la promesa y en las afirmaciones políticas (“hacer afirmaciones políticas me daba un miedo terrible”, R36). Ahora bien, los lances de los comicios se valen fundamentalmente de esos recursos: proponen acciones de gobierno para más adelante —luego prometen—, según unas razones y unas identidades colectivas —afirmaciones políticas—.

            Pero dejemos estas acotaciones críticas y pasemos a enunciar los elementos de la máxima de verdad que extraemos de las respuestas del diputado Garzón arriba reproducidas:

            máxima: No mientas.

cláusula 1) Si no quieres decir toda la verdad, di que no quieres contestar.

cláusula 2) Si prometes o haces afirmaciones políticas, di aquello a lo que puedas comprometerte, ni un ápice más.

 

            El articulado de la máxima introduce una cláusula (1) contra la ambigüedad y una especificación profesional (2) relativa a los actos de habla más frecuentes. Esta última se corresponde con las submáximas de Grice que prescriben no decir lo que se crea falso ni aquello de lo que no se tenga certeza. También cabe destacar que Garzón adopta la enunciación negativa para la máxima (no mientas), a diferencia de la tradición pragmática sobre la cooperación y la cortesía, que presenta máximas positivas (sé veraz). La omisión de otras máximas sobre orden, cantidad y relación comporta dos consecuencias. Primera: la cualidad o verdad es el único contenido del principio de cooperación dialógica. Y segunda, que con un principio tan estrecho las contradicciones son flagrantes e inevitables, como pasamos a indicar en el siguiente epígrafe de infracciones.

 

Ambiguedad y reticencia

 

            La cláusula contra la ambigüedad (1) dispone que, si no quieres decir toda la verdad, di que no quieres contestar, porque incluso callar da pie a equívocos, pues “es una forma de mentir” (R9b). Así lo corrobora el entrevistado, con una severidad que se ha de tornar contra él, si confrontamos su código con estos cinco enunciados infractores.

 

1/ A la pregunta sobre su futuro destino en el Gobierno responde que carece de información. De ser cierto lo que dice, se habrá sentido incómodo cuando, cinco días después de publicarse la entrevista, es nombrado delegado del Gobierno del Plan Nacional sobre Drogas. La situación parece inverosímil si se tiene en cuenta que el organismo del Plan Nacional sobre Drogas se crea según el proyecto de Garzón:

 (P1)— ¿Se le destinará finalmente a ese organismo para la lucha contra la criminalidad organizada del que se ha hablado?

(R1)— No tengo más indicios de que se creará dicho organismo que el hecho de que aparezca en el programa del PSOE. Trabajo en la idea de lo que puede ser su plasmación legislativa. Pero no sé si pedirán mi colaboración.

 

2/ Interrogado sobre su posición respecto de la corrupción política, un asunto principal en su campaña de regeneración política, se muestra reacio a aclarar el sentido de sus palabrar y el rol desde el que habla:

(P54)— (...) Dígame, ¿qué se hace [con Filesa, un caso de financiación ilegal del PSOE]?

(R54)— Cada político sabe qué responsabilidad le corresponde en este tema; hay una investigación judicial, y cuando se establezcan las conclusiones, se podrá hacer valoraciones.

(P55)— ¿Está contestando sólo el juez?

(R55)— Estoy diciendo que cada político tendrá que asumir la parte de responsabilidades que le competa en una situación como ésta. Y de ahí saca las conclusiones que quieras.

 

3/ Los parlamentarios suelen votar lo que indica su partido, bajo una estricta disciplina de sanciones y expulsión en el caso de no plegarse a esta práctica. La periodista tantea con escasa fortuna el grado de independencia del diputado:

(P34)— En el grupo parlamentario pueden pedir su voto para cosas que no le gusten, ¿qué hará?

(R34)— Habrá que esperar que eso se produzca. He dicho que mantendré mi independencia; pero será la mía, no la que quieran indicarme desde fuera. Puede pasar que, siendo coherente conmigo mismo, algunos sectores digan que estoy quebrantando mi independencia.

 

4/ Corrupción política y coherencia ideológica, una combinación de los asuntos de los puntos 2 y 3 que merece por respuesta una adivinanza algo adusta:

(P34b)— ¿Qué opinión le merece el eventual indulto de los policías Amedo y Domínguez condenados por su pertenencia a los GAL?

(R34b)— Es un tema que aún no se ha planteado. (...) Pero, personalmente, creo que no se debe otorgar. En cualquier caso, si se produce esta circunstancia, tendré que ser coherente con mis principios y mis planteamientos.

(P35b)— ¿Quiere decir que dimitirá?

(R29b)— Que seré coherente.

 

5/ La entrega gratuita de droga o la forma de escamotear lo que momentos antes ofecía:

(P14b)— ¿En qué está pensando?

(R14b)— Me estoy refiriendo al debate (...) sobre la entrega controlada y gratuita de sustancias estupefacientes cuando fracasen los métodos de recuperación tradicionales, de los programas libres de drogas.

(P15b)— ¿Es partidario de ellos?

(R15b)— No, no estoy diciendo esto, sino que es necesario abordar ese problema para ver si es necesario adoptar medidas de este tipo.

 

            En estos cinco pasajes hallamos causa para dudar de la veracidad del entrevistado, a la luz de su código. No acepta los términos de las preguntas ni tampoco manifiesta su deseo de no contestar. Sea por azar o por arte de la periodista, los casos 1 y 2 corresponden a la primera y última priegunta de la entrevista de julio de 1993, por lo que el lector bien puede apercibirse de una simetría: la renuencia que muestra el político al inicio y al cierre de la conversación. La ambigüedad del ejemplo 2, que se vale de un juicio obvio y a la vez enigmático, nos brinda el dilema de si expresa la elocuencia de un orador incisivo o el marasmo del interlocutor desorientado.

            La tautología “mantendré mi independencia, pero será la mía” —ejemplo 3— oscurece el concepto de independencia y siembra la zozobra en el lector cuando advierte que, haga lo que haga, siempre habrá quien dude de su integridad. En los fragmentos 4 y 5, extraídos de la entrevista de marzo de 1994, los periodistas dejan rastros de su sensación de estar hablando con un político elusivo, esquivo; nos referimos a sus peticiones de aclaración: ¿Quiere decir que dimitirá? / ¿En qué está pensando? / ¿Es partidario de ellos? No obstante su insistencia, sería aventurado decir que le sonsacan alguna respuesta cierta.

 

Afirmaciones y promesas

 

            También suscita algunas observaciones la segunda cláusula de la máxima, que reza así: si prometes o haces afirmaciones políticas, di aquello a lo que puedas comprometerte, ni un ápice más. En realidad, las infracciones de los casos precedentes se desvanecen cuando suprimimos la exigencia de la primera cláusula y las recalificamos como negociaciones de asertos políticos. Serían, por lo tanto, manifestaciones de prudencia política que proponen respuestas abiertas —quizá titubeantes, si no timoratas— en asuntos de iniciativas legislativas, depuración política y asistencia a drogadictos. El riesgo de la precaución es que se la confunda con la astucia de politico artero. Pero cuesta comprender, por señalar un ejemplo, cómo se arriesga a mencionar los “programas libres de droga” si no puede precisar otra cosa que una tibia hipótesis. La reconvención es oportuna si consideramos que el Delegado gubernamental del Plan Nacional sobre Drogas bien podría tener un juicio formado sobre una opción que no es una novedad.

            Escogemos una muestra de cada tipo de acto de habla, una aseveración y una promesa, para considerar si respetan la submáxima antedicha.

 

6/ Definición del concepto política:

(P38)— Usted ya sabe que la política es el arte de lo posible, que (sic) a veces es difícil cumplir todo lo que se dice.

(R38)— Debemos aspirar a lo imposible. No siempre se obtienen todos los objetivos, pero lo que no se puede es actuar dando por hecho desde el principio que no se va a conseguir, y que por tanto no vas a luchar. Hay que hacer lo contrario, y si no se llega a la meta, que no sea por falta de voluntad.

 

            En el primer epígrafe reproducimos las respuestas que preceden a ésta, de cuya consulta se puede extraer un curioso encadenamiento de intervenciones. El político acaba de exponer la submáxima 2 (R36) y de proclamar que él la respeta escrupulosamente (R37), en el sentido de que no afirma o promete en vano, como, por ejemplo, “que la regeneración de la vida política es posible”. A continuación (P38), la periodista aprovecha el término “posible” para hacer una réplica admirable, a pesar de la desmañada sintaxis de subordinación. El calado de dicha réplica varía según consideremos que incluye todas o alguna de los siguientes juicios:

(a) Usted no siempre podrá cumplir lo que promete.

(b) Que algo sea posible, como la regeneración política, no implica que sea factible; y, si es legítimo aseverar que algo es posible o conveniente, también es excusable no lograr todo lo propuesto.

(c) Por consiguiente, la submáxima segunda es inapropiada.

           

            Deducimos, pues, que la crítica puede referirse a (a) la acción personal del interlocutor , (b) las contingencias y límites de las acción colectiva o (c) el enunciado metalingüístico o submáxima. De todos los puntos, el último tiene un interés mayor, porque es resumen del conjunto y expresión de un grado superior de abstracción. En efecto, si pretende desestimar o al menos revisar la submáxima, la alusión contendrá una concesión y una  impugnación. Sea la concesión: es justo instar al cumplimiento de las obligaciones discursivas, para no incurrir en la prevaricación y el infortunio. Y sea la impugnación: si bien las afirmaciones y promesas pueden incurrir en tales infracciones, su discernimiento en el discurso político no es inmediato ni preciso.

            Es decir, que la crítica de la periodista podría rechazar la cláusula por su futilidad. Para decirlo de otra manera, nos permitimos apelar al conocido refrán “para este viaje no hace falta alforjas”, pues Garzón recuerda algo obvio —la reprensión de la promesa irrealizable o sin intención de cumplir—, equipara desacertadamente el discurso político al habla interpersonal y deja las cosas en la confusión. Como  menosprecia la complejidad de la producción del discurso político, plantea un principio inaceptable, cosa que demuestra él mismo con una reducción al absurdo de la que quizá no es consciente. Volvamos al ejemplo 6. La periodista define la política: “es el arte de lo posible” (P38); y a continuación el diputado Garzón afirma lo contrario: “debemos aspirar a lo imposible” (R38) o, lo que viene a ser lo mismo, “la política ha de ser el arte de lo imposible”. Cuando se asevera a y no a, sin que cunda la alarma, es que nos hallamos ante una realidad ideológica, que se construye discursivamente y que es una forma de acción social[4]. Sin embargo, si nos atenemos al rpincipio de Garzón, uno de los dos interlocutores está siendo irresponsable. ¿Qué hemos de inferir?, ¿que la política es el pragmatismo de lo posible o la utopía de lo imposible? ¿O bien se plantea elegir entre conformismo y ambición?, ¿entre prudencia y atrevimiento?

            Hay que notar una diferencia temporal entre ambas definiciones. La periodista se refiere al presente y describe una tradición, mientras que el diputado indica el deber de un futuro cambiante, todo lo cual, a la postre, no refleja sino la diversidad de la realidad. Y comporta una consecuencia: nos disuade de confiar en fórmulas simples pero ilusorias[5]. Algo de este razonamiento es aplicable al código que examinamos. Es más, si las afirmaciones políticas están ligadas a un sistema de valores y a una concepción de la acción, las promesas son su expresión canónica, es decir, de aplicación ordinaria, como podemos apreciar en el siguiente ejemplo de Baltasar Garzón.

 

7/ Sobre su iniciativa de lucha contra la droga ilegal:

(P4)— Ningún país acaba con las organizaciones [del narcotráfico]. Falcone decía que a lo sumo podemos aspirar a tener un cierto control.

(R4)— Pero hay que intentarlo, el único modo de lograrlo es con una coordinación firme y decidida. Y debemos saber que no vamos a acabar con el problema de la droga, ni con el narcotráfico; pero que al menos lo encauzaremos hacia unos límites que no nos desborden. Así tendremos controlado al monstruo dentro de una jaula más o menos amplia. Otra posibilidad, además de utópica, no se ajusta a la realidad.

 

            Para enjuiciar el compromiso o promesa que encierra este turno de palabra (R4), debemos recordar que Garzón propone durante la campaña electoral crear un organismo estatal contra las drogas, que se hace realidad en el ya mencionado Plan Nacional sobre Drogas, para atender a los drogodependientes y atacar las mafias del narcotráfico. En ello se cifra su principal interés político y su ofrecimiento como especialista en la persecución penal de los narcos[6]. Cerramos el comentario intertextual, afecto a la dimensión histórica del discurso, y volvemos al texto reproducido, en el que distinguimos dos tipos de actos, que son una afirmación política y una promesa.

 

1. Afirmación: “Lo que hay que hacer es desmantelar las organizaciones” del narcotráfico (R3).

1.2. Antítesis o réplica de la periodista: “Ningún país acaba con las organizaciones” (P4).

1.3. Síntesis: “Pero hay que intentarlo” (R4).

1.4. Y concesión: “No vamos a acabar con el problema de la droga, ni del narcotráfico” (R4).

 

2. Promesa: “Pero al menos lo encauzaremos [el problema] hacia unos límites que no nos desborden”.

2.1. Confirmación: “Así tendremos controlado el monstruo dentro de una jaula más o menos amplia”.

2.2. Desestimación: “Otra posibilidad, además de utópica, no se ajusta a la realidad”.

 

            Obsérvese en la desestimación (2.2) cómo, según el emisor, en la lucha contra la droga ilegal no es pertinente vindicar una política utópica o que ambicione conseguir lo que se cree imposible (R38). Esta flagrante contradicción deja al lector en la ignorancia sobre qué significa “aspirar a lo imposible”, ya que Garzón no da ninguna pista y, además, sólo trata a efectos prácticos del narcotráfico. Trancurridos los meses, tantea un cambio de tal desestimación con la idea del reparto de droga gratuita a sujetos con historial dedependencia crónica (R14b).

            Por su parte, la promesa expresa una voluntad y una capacidad.

            Primero—  Encauzaremos: voluntad de control del problema, lo cual implica que en la actualidad el problema nos desborda o está a punto de hacerlo.

            Segundo— Límites: la capacidad de control es originalmente relativa a unos límites, de cuya magnitud no tenemos más referencia que la ambigua metáfora de “una jaula más o menos amplia” (2.1).

            En definitiva, disponemos de dos metáforas como enunciados proposicionales de la promesa, lo cual lleva la cuestión a un ámbito figurado que resulta tan sugestivo como impreciso. Las imágenes de la riada que precisa ser encauzada o de la del monstruo que ha de ser enjaulado presenta dos fenómenos catastróficos, connotados de una naturalidad que incita a soslayar la revisión de sus causas. Sea como fuere, esa discutible noción de estragos por la furia del agua o de un ser anómalo no aclara qué podemos entender por cauce y jaula, es decir, por límites aceptables. Sin dudar de la buena intención del político, hemos de concluir que, si prometer significa “obligarse a hacer, decir o dar alguna cosa”, su ofrecimiento no le obliga a nada determinado. Al menos, a nada que tenga unas referencias precisas de comprobación.

            Garzón podría refutar esta censura con una premisa verosímil, que figura en sus declaraciones periodísticas: nuevas leyes y una mejor coordinación de jueces y gobierno pueden comportar que el narcotráfico esté más controlado. Pero la fuerza persuasora de esta nueva aseveración política dependerá de si aceptamos antes todos los extremos de la otra afirmación (1) y la promesa (2), lo cual podría ser mucho suponer. En todo caso, lo que importa es preguntarse si la promesa de Garzón es un acto responsables, tal como predica en su código, o bien se trata de un acto gratuito, en el que se confunden la imposibilidad de cumplimiento y la de comprobación.

 

De las pericias discursiva y metadiscursiva

 

            Los siete ejemplos aducidos como infracciones del propio código discursivo nos sugieren una explicación, necesariamente breve por razón de espacio. En realidad, según criterios de la máxima de relevancia de cooperación dialógica, tales ejemplos no merecerían ser censurados si se demuestra la propiedad o relación de estas estrategias: ejemplo 1/ respeto de la confidencialidad; 2/ prudencia política ante un asunto judicial; 3 y 4/ suspensión del juicio ante un futurible; 5/ coherencia con el contendio del ejemplo siete; 6/ afirmación del regeneracionismo como recurso contra la corrupción política; 7/ prohibicionismo y penalidad, como compromiso de acción.

            Lo que se deduce es que Garzón no atenta contra las máximas usuales de comunicación en política, pero si manifiesta falta de perspicacia cuando prescribe normas dialógicas. Por la ingenuidad de la inexperiencia o por una arrogancia redentorista, hace caso omiso de las reglas de los géneros y se adentra en un campo inconsistente porque sus normas se reducen a la máxima de veracidad e, implícitamente, remiten a los confusos tópicos de la franqueza y la sinceridad, propios de una conversación desorientada. La paradoja está en que mientras desdeña metadiscursivamente la tradición, con su irregular actuación respeta los géneros epidíctico y deliberativo. En conclusión, tenemos aquí las palabras de un político que exhibe suficiencia discursiva junto a impericia metadiscursiva, fórmula sin duda descompensada que merma su capital retórico.

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                [1] La referencia de las publicaciones utilizadas es como sigue. Soledad Alameda: “Garzón, el último boy scout”, El País Semanal, 25 de julio de 1993, pp. 10-19. José Yoldi, Mariló R. de Elvira: “Baltasar Garzón, delegado del Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas: Sigo estando más a la izquierda que el PSOE”, El País, 12 de marzo de 1994, pp. 18-9.La notable extensión de la entrevistas —55 y 38 preguntas, respectivamente— obligan a reproducir tan sólo los fragmentos alusivos a la cuestión. Las preguntas (P) y respuestas (R) de la primera entrevista van acompañadas del número correlativo (la numeración es nuestra). Para distinguir las preguntas y respuestas de la segunda entrevista, hemos añadido la referencia b, para indicar que pertenecen al corpus b.

                [2] Hemos realizado una interpretación extensa de la entrevista de Soledad Alameda (25.07.93) en el artículo “Discurs polític d’una celebritat i anàlisi crítica del discurs”, Llengua i Dret, Barcelona, Generalitat de Catalunya (en prensa), bajo el punto de vista de la crítica de la representación ideológica y de sus mecanismos públicos de control.

                [3] La idea de fingimiento, aplicada a la construcción de los géneros discursivos y la prosa elaborada, procede de Roland Barthes (1970): “La retórica antigua” (A.1.3), en Barthes, La aventura semiológica, Barcelona, Paidós, 1990, p. 90. La expresión de “relación mediata entre texto y sociedad” aparece en Norman Fairclough y Ruth Wodak (1997): “Critical Discourse Analysis”, en T. V. Dijk, ed., Discourse studies. Discourse as a social interaction, Londres, Sage, Vol II, p. 258-284. Un ejemplo de relación mediata es el de la entrevista a la celebridad en clave confesional o existencial, como indican Fairclogh y Wodak (p. 278)

                [4] Apuntamos en este pasaje principios del análisis crítico del discurso. Véase la obra de Fairclough y Wodak (citada en la nota anterior) o la de R. Wodak (1995): “Critical lingüistics and critical discourse analysis”, en Verschuren y Blommaert, eds., Handbook of pragmatics, Amsterdam, Benjamins, pp. 204-210.

                [5] La definición de política es un ejercicio inagotable de propuestas y análisis, de ahí que no sea un disparate entenderla como arte “de lo posible” (Sol Alameda), “de lo imposible” (Baltasar Garzón), “de la representación” (Miquel Porta: La Vanguardia, 6 de junio de 1997,  p. 45) o “el arte de dictar la moral y no cumplirla” (Eduardo Haro Tecglen: El País, “Visto/oído”, junio de 1997).

                [6] Revalida su papel de experto en el ensayo Narco (Editorial Germanía, 1997), del que son autores Eusebio Megías y el propio Garzón.