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en Revista digital CLAC, Ciencias de la Información,
Universidad Complutense de Madrid, 2 (V-2000) www.ucm.es/info/circulo/no2 |
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La política como conversación
Análisis de un discurso de legitimación Xavier Laborda* |
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Diputado (25-03-93) |
Delegado del Plan sobre Drogas (12-03-94) |
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Hay declaraciones de políticos que, con independencia
del peso institucional o de la importancia ideológica que alcancen, algunos de
nosotros leemos o escuchamos con vivo interés. La razón es doble, por la forma
que tienen de expresarse y por las ideas que nos proponen. Sus palabras francas
y algo apasionadas despiertan nuestra atención. Y complacen un íntimo deseo
nuestro de comunicación con el proyecto público de aquellas celebridades. Esa
es la experiencia que tuve cuando leía una entrevista del entonces ex juez y
recién elegido diputado Baltasar Garzón (El
País Semanal, 25-07-1993) y que parcialmente hemos comentado en el capítulo
anterior. La entrevista, que lleva por título “Garzón: el último boy scout”, trata en un tono informal de
la doble faceta política y jurídica del entrevistado, quien aprovecha la
oportunidad para realizar una persuasiva justificación personal e ideológica.[1]
Los aspectos principales de este capítulo son el
material de análisis —la entrevista— y el punto de vista interpretativo que
guía nuestra exposición. En efecto, por una parte, tenemos la entrevista, en la
que los interlocutores hablan de actividades políticas y de las relaciones con
los medios de comunicación, de la ley y el orden democrático. De su provechoso
contenido llama en particular la atención las didácticas explicaciones del
diputado y jurista sobre la retórica del discurso público y las relaciones
dialógicas entre los agentes del poder y los ciudadanos. Por otra parte, y
considerando que un texto es un proceso inacabado porque necesita de la
participación del lector para alcanzar un sentido, aplicamos en este trabajo
las prácticas y principios del análisis crítico del discurso. Dicho análisis es
una rama interdisciplinar de la interpretación, mediante la cual los
investigadores clarifican el sentido de las prácticas discursivas de políticos
y otros agentes a través de los medios de comunicación con el fin de avivar la
conciencia de quienes soportan sus efectos de presión y dominio.
Tras una introducción, el estudio se refiere a cada
uno de los ocho principios que orientan las actividades del análisis crítico
del discurso, explicados en cada apartado junto con los comentarios sobre la
entrevista y sobre los procedimientos retóricos utilizados en ella. Estos ocho
principios son: el análisis crítico trata de problemas sociales, las relaciones
de poder son discursivas, el discurso constituye la sociedad, el discurso
realiza una tarea ideológica, el discurso es histórico, la relación entre texto
y sociedad es mediata, el análisis del discurso es interpretativo y explicativo,
y el discurso es una forma de acción social.
Por una larga tradición en la ciencia, que al menos
se remonta al dualismo cartesiano, se considera que hay elementos y propósitos
que caen fuera de la investigación y el conocimiento. Es decir, que son
incompatibles con el espíritu científico. Este es el caso del compromiso
político y de los análisis dirigidos a entender y superar luchas sociales, ya
que no sería ortodoxo reunir propósitos personales y valores sociales —que
forman una dimensión vivencial del sujeto— con la tarea cognoscitiva y neutra
del descubrimiento de realidades objetivas. Sin embargo, en la década de los
años noventa una comunidad creciente de investigadores, entre los cuales se
cuentan sociólogos, lingüistas, psicólogos y otros más, dedican sus capacidades
intelectuales a la consecución de objetivos como los que mencionábamos, y ello
a pesar de que pudieran parecer absurdos y ajenos al programa científico. Estos
investigadores se proponen estudiar enunciados y discursos, preferentemente
pronunciados por emisores públicos, para descubrir desigualdades o injusticias,
para desmitificar estructuras de poder y para desnaturalizar ideologías (Wodak
1995: 204). El estudio comporta interpretar y comprender los sentidos de
prácticas discursivas de políticos y otros agentes a través de los medios de
comunicación social, con el fin de avivar la consciencia de los que padecen sus
efectos de presión y dominio.
Como se podrá entender a continuación, la mención
que hacemos de la línea de investigación en análisis
crítico del discurso o ACD[2]
tiene aquí una función positiva y central, ya que permite delimitar el marco de
nuestro estudio, al tiempo que ejemplifica la naturaleza ideológica de la
ciencia. Comenzando por este último punto de la retoricidad de la ciencia —por
el que nos interesamos específicamente en el penúltimo capítulo—, comprobamos
que los conceptos de objetividad y de veritación, que hasta ahora exigían el
desconocimiento del contexto y de las convenciones que regulan la propia
investigación, son rebatibles o, como poco, revisables. En definitiva, lo que
argumentamos es la naturaleza retórica de toda disciplina científica, o sea, la
reducción del saber a un conjunto de instrumentos discursivos, los cuales
generan los objetos de las disciplinas y las reglas de verificación y
validación. El debate que evocan las líneas inmediatas quiebra la hegemonía
epistemológica y sitúa el problema del conocimiento en el campo de la construcción
social y de la antropología cultural.[3]
En segundo lugar, conviene delimitar las
características de nuestro estudio, encuadrado en el análisis crítico del
discurso y sus principios interpretativos. Según Fairclough y Wodak (1997:
271-280), los ocho principios que orientan las actividades del análisis crítico
del discurso presentan un programa de investigación interdisciplinar y que está
referido a problemas sociales. El objetivo último de tal programa es una teoría
crítica del lenguaje, que aspira formular a partir de los estudios
particulares. El enunciado de los principios es como sigue:
1. El análisis crítico del discurso trata de
problemas sociales.
2. Las relaciones de poder son discursivas.
3. El discurso constituye la sociedad y la
cultura.
4. El discurso realiza una tarea ideológica.
5. El discurso es histórico.
6. La relación entre texto y sociedad es
mediata.
7. El análisis crítico del discurso es
interpretativo y explicativo.
8. El discurso es una forma de acción social.
Vamos a explicar el contenido de estos principios en
este mismo orden de la lista y, lo que nos parece más interesante, de una
manera práctica, al hilo de la lectura de la entrevista de Baltasar Garzón. No
obstante ello, es oportuno en este punto dar cuenta de su sentido global.
Consideramos que tres rasgos ofrecen una semblanza útil del conjunto. Son los
rasgos de (i) la construcción, (ii) las mediaciones y (iii) el compromiso, que
definimos de manera sucinta.
(i)
Construcción discursiva de la realidad
La realidad, que es una construcción en continuo
proceso, se vale del instrumento complejo del discurso. En otras palabras, el
discurso es acción. Un aspecto principal de esta producción social es la lucha
política para abarcar y controlar las fuentes públicas de comunicación y de
creación ideológica.
(ii) Mediaciones
discursivas
La intervención del discurso sobre el mundo es
indirecta, ya que actúa en la historicidad de las épocas y de los instrumentos comunicativos. Para
entender el poso temporal de las épocas se precisa de una perspectiva
histórica. Y para hacer otro tanto con los instrumentos hay que examinar los
géneros discursivos y los mas media,
en los cuales se concentra la poderosa industria de la conciencia.
(iii) Compromiso
de la investigación
En tercer lugar, una vez configurado socialmente lo
que nos circunda y sus problemas —el objeto de estudio—, entra en escena la
investigación y su perspectiva científica, que definimos como comprometida,
aplicada, interdisciplinar y crítica. El compromiso comporta rechazar, per
falaz, el tópico de la neutralidad investigadora. Más aún, comporta la
constitución de un nuevo objeto científico: el estudio de relaciones de poder y
de desigualdades en los discursos. Por lo tanto, tiene una naturaleza aplicada,
porque se orienta hacia problemas sociales; y una naturaleza también
interdisciplinar, porque orquesta las aportaciones de gentes de diferentes
campos de estudio. Finalmente, quiere adquirir una función crítica puesto que,
en su búsqueda de una teoría holística del lenguaje,[4]
fusiona reflexivamente técnica y conciencia personal.
La periodista Soledad Alameda entrevista a Baltasar
Garzón cuando éste apenas se ha estrenado como diputado independiente, avalado
por el Partido Socialista Obrero Español (PSOE).[5]
Antes de las elecciones parlamentarias el señor Garzón ya era un personaje
público, per su tarea como juez de la Audiencia Nacional y la difusión en los
medios de comunicación de resonantes sumarios que él había incoado sobre
narcotráfico y terrorismo. Era un “juez estrella”, según había sido bautizado
por los media. Como el interés
informativo sobre su persona se mantiene en esta nueva etapa pública, ahora en
las funciones de político y legislador, la entrevistadora indaga sobre las
actitudes y los proyectos del ex juez Garzón, a la vez que le propone comparar
las dos vertientes que ha conocido en su persona, la judicial y la política,
para hacer con ello finalmente un balance profesional.
La entrevista consta de dos partes, la de la
presentación y la del interrogatorio. La presentación se vale de un
encabezamiento o lead, a modo de
resumen de la situación, y de una pieza introductoria que describe en un tono
elogioso la figura del diputado Baltasar Garzón. A continuación siguen
cincuenta y cinco preguntas o intervenciones de la periodista, con las
correspondientes respuestas, esta vez sin comentarios al margen o sobrepuestos
por Alameda. Desde el punto de vista textual es, por lo tanto, una entrevista
al uso, diríamos que canónica, lo cual significa que hay una elaboración
notable del discurso y que tal elaboración puede pasar desapercibida tras el
hábito inmemorial de la conversación y bajo el manto de la autenticidad que
teje dicho hábito.
Hallamos un indicio menor, pero no por ello menos
significativo, de esta elaboración en la presencia de tres tipos de material
complementario, ya que la entrevista se acompaña de dos fotografías de gran
formato en las que aparece Garzón posando en solitario en el hemiciclo de los
diputados, además de diversos recortes de prensa —extraídos de la hemeroteca
del diario— y de un inserto o texto independiente sobre la corrupción política.
Hay que desmentir, en consecuencia, con tal relación de elementos semióticos,
la impresión de aparente simplicidad del mensaje a la que nos inducen una
excelente redacción y una compendiosa maquetación. Tanteando la envergadura de
una lectura crítica del material, tan sólo el análisis de las imágenes podría
acaparar disponible. Pero es prioritario el examen del texto a partir de los
principios del ACD, y en ese cometido nos centramos. Los epígrafes que siguen
expresan el contenido de tales principios, comenzando por el primero, referido
a la relación entre análisis crítico y los problemas sociales.
Esta entrevista a una celebridad elogiada y también
vituperada por los media tiene una
intención reveladora, ya que nos presenta al político en clave personal. “El ex
superjuez descubre sus inquietudes políticas”, leemos en el esquemático resumen
que figura en el índice de la revista. Así, la periodista realiza una
indagación existencial, es decir, una aproximación al verdadero proyecto del
diputado Garzón, y éste responde en un registro de conversación y unos términos
casi informales, lo cual produce la sensación de una comunicación fluida y muy
franca. Hallamos el anuncio de este guión de confidencias en el encabezamiento
o entradilla del texto:
Garzón: el último ‘boy scout’. Ha sido el
‘superjuez’. Puso al Gobierno contra las cuerdas con el proceso contra los
GAL., encabezó la mayor operación contra el narcotráfico y despertó pasiones
contradictorias por formar parte de las listas electorales del PSOE. Ahora,
desde el Parlamento y con el Gobierno, le llega su otra hora de la verdad.
Las líneas precedentes, además de identificar el
tenor que rezuma la entrevista, son un meticuloso índice de los tres asuntos
que se tratan, a saber, la lucha contra la delincuencia organizada, los aspectos
políticos del paso de un juez al Parlamento y las críticas que ha recibido su
persona por alguna de estas actividades. Tales tópicos reciben un tratamiento
temporal propio de la demostración (el presente) y la deliberación (el futuro).
Importa lo inmediato, lo que sucede ahora o está a punto de suceder, y los
interlocutores se desinteresan del pasado y de lo que supera este contexto
histórico tan próximo. Y es comprensible que obren así, puesto que la acción
política en curso de la nueva legislatura resulta claramente noticiable. El
gran cambio de rol político del protagonista y su incorporación a las disputas
partidistas de los grupos parlamentarios son de por sí un asunto de actualidad.
La incógnita que probablemente quiere resolver la periodista es el futuro
inmediato de Garzón. Sin embargo, y a pesar de la concesión que hacen estas
breves reflexiones, la elección de ese presente inmediato no favorece una
conversación crítica sobre cosas mencionadas en la entradilla que acabamos de
leer, por ejemplo, respecto de los GAL y las acusaciones de corrupción y
terrorismo contra el Estado español.
Sabemos que una entrevista no es un debate, si bien
la voz de la entrevistadora puede hacer creer que adopta un punto de vista
contradictorio e inquisidor. Por una razón de género periodístico, entre
Alameda y Garzón hay un acuerdo dialógico previo, que consiste en delimitar un
marco de discusión, quizá también un tenor. En el caso que nos ocupa, el marco
temático es el futuro de un parlamentario destinado a asumir ciertas tareas en
el poder ejecutivo. Así pues, en el transcurso de la entrevista se combina
presente y futuro, es decir, que se habla sobre quién es Garzón y, también, qué
quiere hacer. Las manifestaciones que hablan de quién se vinculan al género discursivo epidíctico o demostrativo,
particularmente idóneo para el elogio o la denostación.[6]
Dicho de otro modo, hablar de su perfil psicológico y de su bagaje profesional
es un procedimiento de presentación de una figura ética, ya sea para
considerarla digna de credibilidad (elogio) o indigna (denostación). Las
convenciones periodísticas prescriben la inhibición del periodista, en favor
del juicio independiente del lector, si bien se otorga a la primera la función
de proveedora de los medios retóricos convenientes para juzgar. Por un lado,
pues, la entrevista retara o describe un estado de cosas, actual y dinámico,
que se denomina la personalidad del emisor, el diputado Garzón. Por otro lado,
y no separadamente, se plantean aspectos de futuro, proyectos y razonamientos
de la acción, cosas todas ellas ligadas a la deliberación. Son las dos
vertientes de una misma realidad, la vertiente personal y la pública. La
exposición de la primera orienta y confiere credibilidad a los proyectos
políticos de Baltasar Garzón.
La presencia en clave personal del político
personaliza la política, le atribuye sentimientos, virtudes, voluntad y valores
(Arfuch 1995: 117). Y la despoja de la nefasta idea de pugna sorda entre
facciones o de la opacidad que surge de la concurrencia de aparatos de partido
y de sistemas jurídicos. Es el simulacro de la política de la persona, mejor
dicho, de la personalidad, de esa celebridad que se expresa llanamente, con la
facilidad de los ejemplos cotidianos, las expresiones populares y las imágenes
familiares. Es la divulgación política, que simplifica los términos, adelgaza
las explicaciones y remite finalmente a la persona el sentido del mensaje. La
celebridad, además, se siente apeada de la obligación del rigor y la
coherencia, a cambio de la creación de efectos espectaculares, de la
complicidad en la fascinación mediática. Y ello, a pesar de que paradójicamente
se sienta utilizado por los medios de comunicación.
Hay también un punto que aglutina y trasciende estos
aspectos particulares de la personalidad y de los proyectos legislativos de un
diputado. En efecto, contra el trasfondo de la descripción psicológica y del
programa político, se perfila la representación de una ideología de Estado y,
concretamente, de unos poderes y de los agentes, de la jerarquía de problemas y
de cómo resolver los conflictos que amenazan dicho Estado. En consecuencia, el
asunto global de la entrevista no es tanto un perfil personal como la
explicación concisa y práctica que propone esta persona sobre qué significa impartir
justicia, emprender iniciativas legislaturas y ejecutar programas
gubernamentales.
Según esta concepción de la entrevista concedida por
el diputado Garzón, lo que se vierte son valoraciones sobre la ley, el orden y
un gobierno fuerte y atento a los peligros que asedian el sistema democrático,
de manera que se proporciona una definición ideológica muy interesante. El
interés de esta propuesta ideológica yace en el hecho de que sobrepasa el
ámbito personal de quien lo esboza y sintoniza o evoca una concepción tan
dilatada que resulta de difícil catalogación. Es asumida por su grupo
parlamentario, el socialista, pero también podría encajar en el ideario de
diferentes grupos políticos de centro y conservadores. El hecho de que las
afirmaciones de Garzón no parezcan distintivas de su grupo parlamentario puede
deberse a dos razones. La primera consiste en el carácter independiente del
diputado: no está afiliado al PSOE y, además, declara que ejercerá su libertad
de voto. La otra podría responder a las limitaciones de la entrevista, en
cuanto al espacio disponible y también al orden discursivo que marcan las
preguntas. Pero lo cierto es que el proyecto resulta impreciso, carente como
está de referencias y de un plan de desarrollo de sus objetivos. Más allá de las
proclama abstracta de una voluntad regeneracionista, los objetivos se reducen a
uno solo, el de la lucha contra el narcotráfico.
Sin embargo, no hemos de pensar que la ambigüedad y
la constricción del discurso de Garzón sean un defecto sino, bien al contrario,
su misma expresión de la fuerza de un proyecto cuyo alcance es
transparlamentario. Es decir, que el rasgo más destacado del proyecto radica en
su idoneidad para un gran arco parlamentario de partidos. He aquí, pues, el
sentido de una propuesta ideológica que puede suscitar un amplio consenso y que
se fundamenta en tres líneas de argumentación implícitas: la conservadora, la
romántica y la populista. Se apela a la tradición conservadora cuando se pone
el énfasis en la ley y el gobierno fuerte como solución de los problemas
sociales, sean los de la drogodependencia y las mafias del tráfico de
estupefacientes. Esta razonamiento reafirma la preeminencia del circuito que se
establece entre los poderes legislativo, ejecutivo y judicial, y descarta o
infravalora otras opciones, a pesar de las observaciones que denuncian la
ineficacia de la política represiva. En segundo lugar, la proclama de la
independencia del diputado Garzón invoca el principio romántico de la
independencia del individuo. Con este argumento seductor —y sin embargo
equívoco— basa el compromiso ético de la campaña contra la corrupción. Y es
equívoco porque fomenta un ideal del liberalismo que se contradice con el
modelo institucional del punto precedente y con la práctica grupal que lo caracteriza,
al votar los parlamentarios según el criterio de su grupo. Finalmente, se puede
observar en las manifestaciones del entrevistado elementos de estilo, como por
ejemplo coloquialismos y referencias a la vida cotidiana que facilitan la
identificación popular con el personaje. En conjunto, el proyecto ideológico
del diputado Garzón es una pieza de un ideario neoliberal, que predica un
reparto de instancias estatales y de libre iniciativa personal y empresarial,
según los asuntos en cuestión.
Las relaciones de poder no se dan en abstracto, sino
que son negociadas y ejercidas en el seno del discurso. Y, en la cultura de
masas, el formato discursivo más influyente es el mediático. Los políticos usan
los media y a su vez los media los usan a ellos, lo cual no
quiere decir que haya una relación transitiva sino que entre estos dos polos se
establecen luchas y acuerdos para fijar el poder de cada cual. No importa tanto
saber si los políticos explotan a los media
o si por el contrario los media
poseen el dominio efectivo; no importando tanto ello —los hechos pueden ser más
complejos y remitirnos a una invención conjunta— como dilucidar los procesos de
negociación entre las dos partes.
En una entrevista periodística destacan diversos
aspectos relacionados con el poder. En primer lugar, cuenta la accesibilidad al
medio de comunicación. No aparece en él quien quiere sino quien puede y esa
capacidad de hacerse presente, como cuerpo y diálogo, en unas páginas está
relacionada con la proyección pública del personaje político.[7]
En segundo lugar, “el poder sobre el discurso es también una cuestión de
capacidad para controlar y cambiar las normas básicas de las prácticas discursivas”
(Fairclough y Wodak 1997: 237), lo cual significa que el orden y los elementos
de la entrevista que mantienen la periodista y el diputado son el resultado de
la tradición periodística, pero también de las relaciones de poder entre ellos
dos, en el claustro específico del encuentro. A la periodista y a la empresa
editora les corresponde escoger la extensión de la comunicación (cuánto), los
asuntos (qué) y el tratamiento (cómo). De todos estos, el tratamiento acoge el
aspecto más hondo de la autonomía mediática, puesto que el tono con que se
presentan las manifestaciones del político y la estrategia o el hilo que sigue
la periodista en el interrogatorio determinan el sentido global. Una muestra de
los recursos de tratamiento de la información se halla en el exordio que
realiza Sol Alameda. Lo forman tres párrafos de presentación, el primero de los
cuales dice así:
Pasará tiempo antes de que la costumbre
convierta al juez Garzón en el diputado Garzón. Pero la osadía, la fortaleza y
la capacidad de trabajo que le hicieron más famoso que una estrella de rock,
según escribió un corresponsal extranjero, se pusieron en duda el mismo día
(sic.) que se anunció que quería ser diputado del PSOE. Él, que no cree que la
buena fe sea virtud de todo el mundo, a pesar de tener nombre de rey mago, se
sorprendió de la virulencia de la crítica. Tras ser estandarte de la honradez y
la independencia, la representación del cargo público decente se transformó de
la noche a la mañana en un Macbeth; el más ambicioso y más traidor de los
personajes literarios. (p. 13)
Es fácilmente interpretable el fragmento como una
síntesis de los hechos recientemente acaecidos, y que cumple con el requisito
de informar sobre el contexto, sin olvidar algo tan substancial como la
estimulación del interés en el lector, lo cual consigue al invocar dos cosas:
la celebridad del personaje y los conflictos en que se ve inmerso. El marco que
abraza toda la información se asemeja a una trama de suspense, que insufla el
conflicto entre la bonanza o plenitud del pasado y las dificultades del nuevo
destino. No es, sin embargo, una incertidumbre hiriente, ya que el personaje
queda definido según unos rasgos psicológicos fuertes y positivos.
Posiblemente, como se lee en el lector párrafo de la presentación —si
continuamos con el texto—, su probidad y determinación le conducirán con
acierto en la “regeneración de la vida política”, porque:
como creyente tibio piensa dejarse la piel en
ello. Eso le salva de cualquier tentación de vanidad, le redime de la ambición
que, seguramente, también anida en su corazón. Su cuerpo, sólido como una proa
de granito, anuncia lo intransigente que se puede poner el juez si lo que él
piensa que se prometió cumplir termina por no cumplirse.
La destacable solemnidad con que se describe la
situación, en un tono épico, puede resultar desmesurada y sospechosa a los ojos
del lector. Para deshacer esta posible sensación de desapego, la periodista
inserta expresiones coloquiales, que presentan un brusco contraste de
registros. Es cuando escribe que “le hicieron más famoso que una estrella de
rock”, que era “el juez de moda” y “un tipo que necesita retos”, y por ello
Felipe González “le lanzó una idea que era como un caramelo de fresa”. El
cromatismo estilístico, por decirlo de un modo benigno, va acompañado de
discordancias semánticas, como sucede en la primera frase del fragmento
precedente: “como un creyente tibio piensa dejarse la piel”; o bien esta otra,
de una ingenuidad pragmática sorprendente: “no cree que la buena fe sea virtud
de todo el mundo, a pesar de tener nombre de rey mago”. Como todos saben, es
incoherente relacionar el nombre de la persona con las cualidades del referente
religioso, de la misma manera que resulta irrelevante demostrar el compromiso
de alguien (“dejarse la piel”) aduciendo su condición no ya de creyente sino de
creyente tibio. Sin embargo, haríamos
bien en descartar el examen aislado y meticuloso de los enunciados, ya que su
sentido se desprende del tono general o, como queríamos ejemplificar, del tratamiento
que se aplica a la información y al personaje.
Si el tratamiento —elogioso y enfático, aquí— es un
mecanismo de la autonomía de la periodista, al entrevistado, por su parte, le
corresponden otros procedimientos de poder. Uno, de carácter infractor, consiste
en la desestimación de las pautas que propone la periodista; por ejemplo, no
cediendo la palabra o bien transformando una conversación en un discurso
político. Otro procedimiento, positivo esta vez o manifiestamente cooperativo,
se basará en el uso de la capacidad persuasiva, verdadero capital cultural
amasado por el hablante. Fácil es imaginar la necesidad de estos procedimientos
cuando el entrevistado se halle ante una pregunta inconveniente —es decir, no
prevista o cuya respuesta no ha sido suficientemente preparada— o bien desee
explayarse sobre un asunto que no aparece en el cuestionario, dos situaciones
corrientes, por cierto. Curiosamente, la entrevista se abre y se cierra con una
colisión de intereses entre los interlocutores, a juzgar por las respuestas
elusivas que leemos, lo cual abunda en nuestra apreciación sobre la frecuencia
de dichas clase de situaciones. La primera se refiere a su futuro inmediato en
el ejecutivo.
(Pregunta 1: P1)— ¿Se le destinará finalmente
a ese organismo para la lucha contra la criminalidad organizada del que se ha
hablado?
(Respuesta 1: R1)— No tengo más indicios de
que se creará dicho organismo que el hecho de que aparezca en el programa del
PSOE. Trabajo en la idea de lo que puede ser su plasmación legislativa. Pero no
sé si pedirán mi colaboración.[8]
Y la última intervención, en la que se le pide que
especifique a partir de qué rol público habla, clausura un conjunto de
respuesta ambiguas sobre Filesa, un proceso penal entonces en curso que, como
se ha dicho, había sido incoado por financiamiento ilegal de su partido.
(P55)— ¿Está contestando sólo el juez?
(R55)— Estoy diciendo que cada político
tendrá que asumir la parte de responsabilidades que le competa en una situación
como ésta. Y de ahí saca las conclusiones que quieras.
Garzón no acepta los términos de la pregunta y opta
por proferir un anuncio en el que se escucha resonancias de oráculo. Para
conocer si este mensaje, al tiempo obvio y enigmático, es la expresión de la
elocuencia o el garabato de un orador atrapado, es preciso examinar la
totalidad del discurso.
Así como hemos comprobado que una entrevista es el
resultado de una negociación interpersonal de roles y de significados, una
negociación que reafirma o modifica en cada momento los aspectos discursivos y
las relaciones de poder, desde una perspectiva social también observamos un
proceso equiparable de interacciones culturales. Lo que podemos extraer de las
dos posiciones es que las relaciones discursivas y de poder son dinámicas;
utilizan convenciones que no son permanentes ni monolíticas. “Cualquier caso de
uso lingüístico realiza una pequeña contribución a la reproducción o
transformación de la sociedad y la cultura, incluyendo los mecanismos de
poder”, indican Fairclough y Wodak (1997: 273).
Si clasificamos los discurso según los dominios
sociales, diremos que intervenimos en la reproducción y transformación de la
realidad cuando a) presentamos
identidades de los individuos, b)
definimos o calificamos las relaciones de rol interpersonales y c) elaboramos representaciones del
mundo. En la entrevista entre Alameda y Garzón, hallamos enunciados que
corresponden a estos tres apartados, como apuntan los ejemplos siguientes:
a) Identidades
personales
(P35)— Dígame cómo se sentía cuando subió a
dar su primer mitin
(R35)— Estaba nervioso; no miento, no, lo
estaba. Me impresionó ver tanta gente allí, esperando, mientras yo, de pie,
casi paralizado por la responsabilidad, siempre necesitaba variar el discurso
que había preparado. Sobre todo sentía la responsabilidad, porque la gente
estaba convencida de que el cambio del cambio era posible y yo sabía que de
alguna manera encarnaba a esa persona que podía traer algo nuevo a la política.
b) Relaciones de
rol interpersonales
(P36)— Se le veía cortado, como si pensara
tanto las palabras que no le salían.
(R36)— Es la consecuencia de ser juez, estás
acostumbrado a decir las palabras justas y exactas para no pillarte los dedos.
Hacer afirmaciones políticas me daba un miedo terrible. Prometer es duro; si
prometo algo, quiero cumplirlo; y desde luego voy a tratar que (sic) se cumpla.
Cuando veo a tantas personas que cifran su ilusión en el cumplimiento de las
propuestas electorales siento que hay que dar la piel, si hace falta, para
cumplir lo que has prometido. Y siento la vergüenza que pasaría si me señalaran
con el dedo diciendo: me has engañado.
c) Representaciones
del mundo
(P38)— Usted ya sabe que la política es el
arte de lo posible, que a veces es difícil cumplir todo lo que se dice.
(R38)— Debemos aspirar a lo imposible. No
siempre se obtienen todos los objetivos, pero lo que no se puede es actuar
dando por hecho desde el principio que no se va a conseguir, y que por tanto no
vas a luchar. Hay que hacer lo contrario, y si no se llega a la meta, que no
sea por falta de voluntad.
En este pasaje, que abarca los turnos de palabra del
35 al 38 (exceptuando el 37, que hemos obviado por ser reiterativo), apreciamos
y desgajamos tres secuencias. La identidad del individuo se compone de
elementos personales (psicológicos y éticos) y sociales. En la primera de las
intervenciones (R35), se da la descripción de un estado de ánimo de
nerviosismo, que define explícitamente un rasgo ético del hablante, su
responsabilidad, y implícitamente la prudencia y sensatez con que concibe su
deber. La misma respuesta introduce también un elemento de identidad social del
hablante, ya que su sentimiento está en relación con un rol público.
Precisamente, la responsabilidad nace de una consciencia de conformidad. Garzón
declara que conocía lo que se esperaba de él y que aceptaba sus obligaciones.
La identifación del sujeto prepara las distinciones
de rol del intercambio siguiente (36). Por una parte está el político, que
aparece en la tribuna y hace un parlamento y, por la otra, está el público, que
se manifiesta como un solo sujeto, si bien un sujeto colectivo. El político y
el público son agentes diferentes, como diferentes son las normas de su acción
discursiva. Cuando el político habla a la audiencia, hace “declaraciones
políticas”, lo cual significa hacer promesas, aclara inmediatamente. Si las
promesas tienen por objeto “transmitir confianza e ilusión” (r37), como indica
con acierto desde un punto de vista pragmático, más tarde, cuando los votantes
le pidan cuentas de su cumplimiento, puede suceder que el político
irresponsable haya de sentirse profundamente avergonzado al ser objeto de la
sentencia popular: “me has engañado”.
Las relaciones sociales entre los individuos que
figuran en la secuencia central hacen una doble distinción. En un lado se
hallan los ciudadanos y, en el otro, que es el de las instancias públicas,
están los políticos y los jueces. La diferencia entre políticos y jueces
estriba en que los primeros formulan promesas y estos otros tienen por
costumbre “decir las palabras justas y exactas”. De la comparación se desprenden una ideas subyacentes
—implicaturas— muy ilustrativas, cuyo comentario reservamos para más abajo, en
el epígrafe sobre la historicidad del discurso. En definitiva, es obvio el
juicio que transmite Garzón del mundo político, marcado por un gran poder y
también un alto riesgo, en contraste con el juicio que le merece lo judicial,
moderado y ecuánime.
La muestra sobre representaciones del mundo, que
figura como el intercambio 38, expresa opciones ideológicas de los hablantes.
Cuando estos manifiestan un compromiso con la verdad de sus palabras, es decir,
que afirman saber o creer que la realidad es tal como dicen, hacen lo que la
pragmática denomina un acto representativo. El asunto del que hablan es la
política y, curiosamente, aunque los interlocutores la definen de manera
contradictoria, se sella un acuerdo entre ellos: “la política es el arte de lo
posible” (Alameda); “debemos aspirar a lo imposible” (Garzón). ¿Por qué? Porque
los enunciados representativos cubren una amplia gama conceptual que va desde
las descripciones de lo que es (la política como un arte pragmático) hasta las
proclamas de lo que podría ser (la política como un arte utópico), lo cual
plantea la siguiente tesis radical de la pragmática lingüística: la
representación de la realidad es axiológica. Dicho en otros términos, la
realidad es conformada no ya por su descripción sino por las representaciones
ideológicas que producimos discursivamente. La cúpula o parte más llamativa de
las producciones ideológicas es la de las representaciones sobre el mundo, de
las cuales nos ocupamos en el epígrafe que sigue a éste. No obstante, también
hablan del mundo y cumplen una idéntica tarea constructiva las manifestaciones
de los otros dominios sociales, los de las relaciones de rol y de las
identidades de los individuos.
Para entender el papel de las tres clases de
manifestación y de sus ligámenes persuasivos, conviene recordar el principio
argumentativo de la retórica. Aseveraba Aristóteles que la fuerza de las
palabras no radica tanto en las cosas que demuestran o parecen demostrar como
en el carácter o personalidad del hablante. Y añadía que la forma de hablar que
adopta el orador puede constituir la prueba principal de su alegato, cuando lo
expresa “de manera que lo hace digno de fe” (I, 1365a), es decir, fiable por la
autoridad moral que inspira, merced al pensamiento prudente, a la aseveración
veraz y la expresión de sentimientos bondadosos.[9]
Es la fórmula de la probidad del hablante, de composición ternaria, que tiene
el valor de orientarnos sobre los procedimientos de legitimación que utiliza el
sujeto para merecer el crédito de la audiencia.
En consecuencia, podemos considerar que la identidad
de los individuos es la fuente primaria de interacción entre el discurso, por
un costado, y la sociedad y la cultura, por el otro. ¿Quién es el que habla?
¿Qué piensa y qué quiere? ¿Como siente lo que dice? ¿Habla como juez o como
político? Nos hacemos estas preguntas para discernir si hay que escuchar y,
después, creer a la persona que responde las preguntas de la periodista, a
pesar de que Garzón ya sea un personaje. Es un procedimiento tan usual como lo
son las muestras o pistas “éticas” que se disponen en la entrevista, hasta el
punto de que un tercio de ésta se halla dedicada a la definición de la
personalidad del diputado. Digámoslo una vez más; es la visita al político en
clave personal, por supuesto. Y haríamos mal si creyéramos superfluo o
irrelevante el elenco de manifestaciones sobre las cualidades éticas del
entrevistado, que resumimos en los rasgos siguientes:
Valeroso
o corajudo:
(P28)— El miedo físico ¿ha sido uno de los
motivos para que dejara la judicatura?
(R28)— (...) Cuando trabajas en el centro del
huracán no te paras a pensar que esos asuntos pueden traer problemas graves
para ti o tu familia. Me dan miedo las actitudes sectarias, la traición de los
que dicen que te apoyan.
Tenaz
y fuerte:
(P39)— A los 31 años se encontró con los GAL.
Luego le han pasado muchas cosas, muchos sumarios. ¿Todavía conserva la
ilusión?
(R39)— La misma ilusión, la misma tenacidad.
Depende del carácter, y soy de esos que se rehacen con los reveses; no soy
depresivo. Ahora tengo más experiencia, pero siempre he sido intransigente
conmigo mismo. Soy mi mayor y mejor censor.[10]
Desconfiado
pero prudente:
(P41)— Esta dureza, ¿hasta qué punto se ha
convertido en una deformación profesional que se prolonga fuera del trabajo?
(R41)— Sí. Me he vuelto progresivamente más
retraído. Desconfío, me cuesta abrirme a los demás por miedo a ser traicionado.
En un test de esos que hacen en el colegio decían que soy emotivo, activo,
primario; colérico puro. Y sigo siendo así, con el mismo carácter abierto. Pero
temo que el acercamiento no sea sincero.[11]
Idealista
y prudente:
(R42)— (...) Mi mujer está ilusionada, como
yo; pero es más radical. Le preocupa que las cosas no sean como creemos que
son. Es más realista.
(P43)— Y le tacha a usted de idealista.
(R43)— Eso dice, pero tengo los pies en el
suelo.
Y
sincero:
(P51)— Desconfía, pero es muy transparente.
Justo lo contrario que un político profesional. Parece que necesita ser
sincero.
(R51)— Lo único que la gente no perdona es la
mentira; perdona los errores si se le explican. Lo he visto, por ejemplo, con
las imputaciones que se hacen a los políticos. Lo que no aguantan es que digas
que todas las imputaciones son falsas. Nunca hay que mentir, aunque cueste; y
si eso es ser un ingenuo en política, voy a seguir siéndolo.
Además de los rasgos que el entrevistado ha
predicado arriba de su persona, también invoca la coherencia (“debes trabajar
con respeto hacia la propia coherencia y la forma de pensar”, r33),
independencia (“he dicho que mantendré mi independencia”, r34) y la
responsabilidad (sobre todo sentía la responsabilidad”, r35), tres elementos
que perfilan la competencia con que puede ejercer eficientemente un rol
público.
Todas estas manifestaciones moldean la imagen del
político Garzón o, en palabras de la retórica, su carácter ético, que es lo que
le vuelve creíble y que constituye la cabeza de puente de la persuasión
ideológica. El procedimiento que siguen los interlocutores para producir el
efecto ético no es precisamente simple o directo, sino que se vale de a) confrontaciones, b) reiteraciones y c)
contrastes. No en vano la periodista evita hacer una petición tan superficial y
aburrida como la de “preséntese”, puesto que opta por proponer un juego de
confrontaciones. Alameda hace un reproche o un comentario desaprobatorio y,
como es previsible, Garzón convierte la invectiva en un elogio indirecto, fruto
de un obligado movimiento de defensa. Así, la afirmación de su coraje o
valentía aparta del camino la insinuación del miedo a sufrir un atentado; la
tenacidad desmiente la sospecha de deterioro o pérdida de la ilusión; la
prudencia del desconfiado responde al juicio negativo de la deformación
profesional, o el idealismo pragmático, al reproche de idealista soñador.
La confrontación como procedimiento retórico de
legitimación, ya que sitúa al interlocutor en un terreno de autodefensa contra
imputaciones injustas, aparece a lo largo de la entrevista. Una modalidad
irónica de la confrontación, por débil y inconsecuente porque puede permitir
cualquier respuesta, consiste en recordar opiniones adversas de otros. Como
ésta:
(P31)— Su primo dijo: “Baltasar es inmaduro”.
(R31)— Dice que soy inocente por creer que en
política puedo cambiar las cosas. El tiempo lo dirá. Mi primo habla con el
corazón; no le gustaría verme destrozado, tiene miedo de que, si me equivoco,
eso me haga sufrir.
La
periodista ha recordado aquí la descalificación que hizo el primo de Garzón,
que lleva el mismo apellido y era parlamentario de otro grupo, Izquierda Unida.[12].
E insiste en este punto negativo (“es un ingenuo, dice también su primo”, en la
introducción), pero, como no aporta más argumentos, el reproche psicológico
puede mudarse en un motivo de vindicación de una política ambiciosa y de un
proyecto personal.
(P32)— Mucha gente lo ha pensado [“es
inmaduro”].
(R32)— Sí, lo sé. Pero se puede reflexionar
de otro modo: que tal vez fuera bueno que la ingenuidad entrara de forma
generalizada en la vida pública.
La reiteración de la inmadurez propicia que el
interrogado alegue dos razones éticas en descargo de una acusación que
sorprende al lector per su inverosimilitud. En primer lugar (r31), justifica a
su primo con la disculpa de que a aquel le mueve una intención buena, pero
parcial; ¿se puede pensar solamente con el corazón?, parece preguntarse. A
continuación, después de mostrarse benevolente, apela a la prudencia para
proponer un modelo político inusual y de regeneración, en el cual cree
fervientemente.
Hay otras reiteraciones, como cuando la periodista
insiste en la capacidad creativa del personaje (“es un tipo que necesita retos
y que éstos varíen”), un luchador vehemente (“cree que puede luchar por un
cambio que le fascina, por una regeneración de la vida pública”), pero todas se
resumen en una sola reincidencia, la abundante presencia de enunciados sobre
las cualidades éticas de Garzón.
Un tercer procedimiento imprime impulso dialéctico a
la credibilidad del individuo: el de los contrastes. En efecto, la presentación
de contrastes otorga dinamismo a una figura que, en un proceso de crecimiento,
se debate entre múltiples oposiciones o juegos de contrastes: las temporales,
las personales y las políticas.
En lo que se refiere a la secuenciación temporal,
hay una tensión entre el pasado de juez y el presente de diputado (“pasará
tiempo antes de que la costumbre convierta al juez Garzón en el diputado
Garzón”), con la particularidad de que el primero ha merecido elogios (“la
osadía, la fortaleza y la capacidad de trabajo que le hicieron más famoso que...”)
y el segundo recibe vituperios (“se transformó de la noche a la mañana en un
Macbeth, el más ambicioso y más traidor de los personajes literarios”). Sin
embargo, el planteamiento es asimétrico porque la periodista inserta las
críticas en un plano figurado, gracias a un analogía literaria, mientras que
los elogios se depositan sobre un plano real e incuestionable.
También su persona sostiene una dicotomía, la del
carácter y la del cuerpo. El espíritu y la corporeidad entran aquí en
comparación y, a lo que se ve, en armoniosa reunión. Si en lo que se refiere al
carácter podemos imaginarlo falible y humano —atribulado por la “tentación de
vanidad” o la “ambición”, y sin embargo nunca vencido por éstas—, su cuerpo es
una cosa aparte, misteriosamente mineral, como un recinto fortificado, según se
lee en la introducción:
Su cuerpo, sólido como una proa de granito,
anuncia lo intransigente que se puede poner el juez si lo que él piensa que se
prometió cumplir termina por no cumplirse. Su cuerpo avisa, sigue siendo el
mismo, aunque se haya convertido en diputado.
El sentido del pasaje es claro, aunque considerando
una a una sus partes se revelen incoherentes, tal como sucede con la metáfora
de astillero, “proa de granito”, porque no hay nada memos marinero que un
piedra y tan poco resistente como el duro granito. Además, el afán justiciero o
el ardor guerrero implícitos, que podrían asociarse a la tarea de instructor
penal cuando estaba en al Audiencia Nacional, difícilmente pueden extrapolarse
fuera de la esfera judicial, cuando menos mientras el incumplimiento de las
promesas no sea tipificada como una figura delictiva.
El innegable empuje del discurso disuelve las
objeciones de esta clase puesto que supera las oposiciones precedentes para
proponer otras nuevas. Así, la dicotomía entre el carácter y el cuerpo aminora
la incertidumbre del presente político, porque proyecta una continuidad física
y moral, pero deja la incógnita de los instrumentos de los que se valdrá para
llevar a buen puerto su notable proyecto. Para resolver este punto se introduce
en el discurso otro contraste: frente al político profesional puede oponerse el
político moral e independiente, guiado por su conciencia y liberado de los
dictados del grupo parlamentaria:
(P34)— En el grupo parlamentario pueden pedir
su voto para cosas que no le gusten, ¿qué hará?
(R34)— Habrá que esperar que eso se produzca.
He dicho que mantendré mi independencia; pero será la mía, no la que quieran indicarme
desde fuera. Puede pasar que, siendo coherente conmigo mismo, algunos sectores
digan que estoy quebrantando mi independencia.
La
idea de superar individualmente las limitaciones del político usual, no tanto
partícipe de una tarea como instrumento cautivo de su grupo, nos conduce a una
cuestión mediática, que la que puede explicar el alcance de una alabanza
romántica de la política. A este respecto, nos podemos preguntar sobre qué
poder tienen los mass media para
fomentar el personalismo, para crear personalidades con carisma y para propalar
tópicos neoliberales. Precisamente, la definición de la figura del propio
Garzón tiene una vertiente mediática, además de la personal y la profesional, y
a la cual se hace referencia muchas veces a lo largo de la conversación. Son
prueba de ello los comentarios sobre su fama o el hecho de haberse convertido
en el estandarte de la honradez. Si públicamente es así y por esta razón Felipe
González le propuso ser diputado de su partido, tal como la periodista le sondea,
¿se siente Garzón un mito, un símbolo? Y responde de este modo:
(P9)—
Eso [entrar en política] es aceptar haberse convertido en un símbolo de
honradez.
(R9)— No soy partidario de los mitos. La
honradez se presume en todos.
(P11)— Ser un símbolo, aceptarse como tal,
¿es molesto?
(R11)— Siempre lo ha sido, he criticado esta
situación. Por otra parte, entiendo que se produzca porque a las noticias hay
que ponerlas un apellido y un rostro. Pero de ese modo la noticia está más en
la persona que en los hechos, y a eso soy contrario.
(P13)— Y usted, ¿piensa que ha sido
considerado un símbolo del cambio en la carrera judicial más que como una
excepción?
(R13)— Sí, lo creo. Pero no es verdad que yo
pudiera cambiar un sistema, aunque lo pareciera. (...) Lo que ocurre es que, en
la rama del crimen organizado, cualquier actuación se convierte en
espectacular. Y mientras que en cualquier juzgado sólo de vez en cuando hay
algún asunto que polariza la atención, en la Audiencia Nacional casi todos los
casos son importantes y atraen la atención social.
Realidad
y mediaciones de los medios industriales de comunicación. Didactismo,
espectáculos y efectos hiperbólicos sobre la imagen de personalidades. Después
de tratar sobre esto, el entrevistado no puede resistirse a aceptar las
consecuencias.
(P14)— ¿Es consciente de que le convirtieron en mito porque servía
para lanzarlo contra el Gobierno?
(R14)— Probablemente es verdad. Pero será
responsabilidad de quienes lo hicieron.
(P15)— Ahora, ¿lo tiene claro?
(R15)— No me he puesto a analizarlo. Encontré
unos asuntos en mi juzgado y realicé un trabajo, mejor o peor. (...) Entonces,
si, como consecuencia de un asunto determinado, se inicia la proyección de mi
persona, como una especie de mito o de símbolo de honradez e independencia, los
que crearon la plataforma son quienes tienen que responder. Luego, han tenido
que sufrir la decepción de que se les
haya derrumbado su gigante. Pero el gigante nunca creyó serlo.
Garzón
se ha convertido en un mito, un símbolo, un gigante, y estos atributos suyos, a
pesar de no ser existenciales o íntimos sino públicos, forman una identidad
edificada con rasgos personales y sociales. El conflicto se presenta cuando los
mismos mecanismos mediáticos, que han formado parte en la promoción de esta identidad,
la deshacen y zahieren la credibilidad adquirida, como leemos en el intercambio
siguiente:
(P16)—
El director de El Mundo le
escribió una carta para que no aceptara la oferta de González. Él dijo que era
la carta de un amigo a otro amigo.
(R16)—No quiero hablar de eso. Pero mis
amigos no me abandonan (...).
(P17)— Pero usted conocía cuál iba a ser la
reacción, ¿no?
(R17)— Sabía que sería un choque, socialmente
hablando. Pero pensé que, pasado el susto, se impondría el respeto a una
decisión personal. Cuando han tratado de destruir toda la obra de una persona,
desde lo más íntimo a lo profesional, y de destruir su credibilidad, algunos
han asumido una grave responsabilidad.
(P18)— ¿Ha sufrido por ello?
(R18)— No soy de piedra, me duelen las cosas,
pero unas más que otras. La crítica siempre me ha parecido positiva. Lo que me
saca de quicio es la intolerancia, que se niegue un derecho. Como dijo Bertolt
Brech: los intolerantes primero aniquilaron el pensamiento; después enlodaron
los adjetivos, secuestraron al verbo y, al fin, vinieron a por el sujeto. Creo
que refleja lo que se hizo conmigo.
La narración de la intensa actividad de los media alrededor de Garzón y, en ciertos
casos, contra su imagen aporta indicios sobre tres aspectos: a) la dificultad de separar el
componente social del propiamente personal en las identidades individuales y de
atribuir libremente a estos componentes las propias decisiones; b) la vastedad de las operaciones
discursivas que tienen por objeto la credibilidad, directamente ligada a la
identidad, hasta el punto de que el sujeto puede experimentar con ansiedad e,
inclusive, como una amenaza de muerte civil las manifestaciones oprobiosas y
alienantes; c) los recursos
discursivos de que dispone el individuo para definir prestigiosamente su
identidad e incrementar el crédito social, por ejemplo concediendo una
entrevista periodística centrada en los aspectos de autoridad moral. Eso es
precisamente lo que ha hecho Garzón.
Desde el análisis crítico del discurso se concibe
las ideologías como instrumentos dinámicos de representación que cohesionan
identidades sociales. “Las ideologías son instrumentos específicos de
representación y construcción sociales que reproducen relaciones desiguales de
poder, relaciones de dominio y explotación” (Fairclough y Wodak 1997: 275). La
naturaleza dinámica o de proceso es fundamental, puesto que permite amalgamar
representaciones e identidades particulares en torno a las representaciones del
mundo.
En la entrevista podemos destacar dos aspectos de la
producción ideológica, el temático y el formal. El temático reúne asuntos —la
persecución del narcotráfico y los poderes públicos— y el formal afecta a las
modalidades enunciativas de regulación, en particular las deónticas. Sobre este
último aspecto, conviene recordar que con la proferencia de enunciados los
hablantes realizan actos muy diversos y que ideológicamente resultan
trascendentes. Ello acontece, por ejemplo, cuando estos aseveran, suponen o
deniegan, porque realizan actos de representación de la realidad. Pero,
también, cuando solicitan, ordenan o preguntan, con lo que constituyen actos de
habla directivos o petitivos, destinados a la determinar la conducta de los
receptores.
Ahora bien, si tomamos la proposición: “debemos
aspirar a lo imposible”; no está fuera de lugar preguntarnos sobre qué tipo de
acto realiza. ¿Directivo, porque prescribe una conducta? ¿Representativo,
porque expresa el compromiso del emisor con una verdad? Probablemente, los dos
a la vez, ya que interpretamos que lo imposible es alcanzable y que es preciso
salir en su búsqueda. Según esta observación pragmática, los siguientes
enunciados de Baltasar Garzón —las cursivas son nuestras, para identificar el
núcleo deóntico— responden a una función combinada de representación y
petición:
(R23)— [...] Contra la corrupción tenemos que luchar todos.
(R25)— [...] Hay que dictar las normas que impiden (sic) comportamientos de corrupción. La política debe ser limpia.
(R30)— Hay
que ofrecer un frente común sin fisuras. El enemigo está frente a nosotros,
no entre nosotros. Y eso tiene que
saberse. [...]
(R38)— Debemos
aspirar a lo imposible. [...]
(R51)— [...] Nunca hay que mentir,
aunque cueste. Y si eso es ser un ingenuo en política, voy a seguir siéndolo.
Las perífrasis “tenemos que”, “hay que” o “debemos”
—más infinitivo— identifican enunciados deónticos o relativos a los deberes e
imperativos morales. Los deónticos, al tiempo que exhortan a observar ciertos
comportamientos o adoptar unas actitudes, invocan con convicción la validez de
las representaciones implicadas. Participan de la naturaleza axiomática, la que
arranca de una premisa indemostrada pero verosímil. Dicho de otro modo,
sostienen un razonamiento entimémico —o silogismo incompleto— que no tan solo
se resienten de la parcialidad proposicional sino que tienen una fuerza
primordial, como lo demuestra la determinante posición que ganan en el texto:
al principio (30, 38) o al final de la respuesta (23, 25, 51). En conclusión,
los enunciados deónticos asumen la función de obertura o cierre fuertes, de
modo que desarrollan un doble papel regulador sobre los contenidos y el
procedimiento de la discusión, sobre tema y forma.
En lo que se refiere a la parte temática de la
ideología, destaca el asunto de la lucha contra la “criminalidad organizada”,
en el cual el político concentra su programa como explica en el inicio de la
entrevista:
(R2)—
[...] Es verdad que la situación del país es difícil en otros ámbitos, la
crisis económica, el paro, pero el problema de la criminalidad organizada se va
extendiendo larvadamente. Es casi imperceptible hasta que lo tienes encima y ya
no hay solución. Geográficamente estamos en una situación inmejorable para que
se enraíce, para que se acomode. No voy
a decir que tengamos los problemas de otros países, pero desde luego, hay
signos de poder tenerlos. Insisto en plantear que, por una vez, nos adelantemos
a una situación que lamentaremos cuando tengamos que ir poniendo parches. Se
quiere ir por esta línea desde ámbitos judiciales y policiales; lo que hace falta es que la legislación
la apoye.
Si bien el político aprecia problemas económicos y
laborales, escoge la esfera penal para su acción desde el poder legislativo. El
hecho de que su campo sea tan específico como la represión del narcotráfico no
restringe la importancia política por una razón compartida por una mayoría
social y que evoca elípticamente: las redes del narcotráfico no solamente
corrompen a los servidores públicos sino que también ponen en peligro el Estado
de derecho. Si miramos hacia aquellos “otros países” con problemas, podemos
entrever las convulsiones que provocan las mafias en Italia (y el mortal
episodio del atentado contra el juez Falcone, perseguidor y víctima) o los
cárteles en América Central y del Norte.
La periodista aduce una objeción a los instrumentos
de dicha política cuando recuerda los pobres resultados del tratamiento
policial del problema, que Garzón acepta para argumentar así la necesidad de
una escalada penal. Los enunciados deónticos —nuestras son las cursivas— salvan
los puntos delicados del razonamiento.
(P3)— Se calcula que sólo se captura el 10%
de la droga que entra en este país; si es verdad, tenemos droga hasta en los
ojos.
(R3)— Es verdad. La proporción es un 10% o un
15%. Hay que abandonar la cultura del
alijo que tiene la sociedad. Es muy bonito decir que se ha cogido el mayor
alijo de cocaína de Europa, es una noticia que genera confianza; pero lo que hay que hacer es desmantelar las
organizaciones.
(P4)— Ningún país acaba con las
organizaciones. Falcone decía que a lo sumo podemos aspirar a tener un cierto
control.
(R4)— Pero hay que intentarlo, y el único modo de lograrlo es con una
coordinación firme y decidida. Y debemos
saber que no vamos a acabar con el problema de la droga, ni con el
narcotráfico; pero que al menos lo encauzaremos hacia unos límites que no nos
desborden. Así tendremos controlado el monstruo dentro de una jaula más o menos
amplia. Otra posibilidad, además de utópica, no se ajusta a la realidad.
Se produce una confrontación entre la ya comentada
apología de un apolítica que aspire a lo imposible y el presente llamamiento al
principio de realidad en la lucha
contra la droga, con una frase redundante: “Otra posibilidad, además de
utópica, no se ajusta a la realidad”. La paradoja es que el diputado, si bien
en otro momento reivindica un ambiguo idealismo y voluntarismo, cuando trata de
un problema concreto desestima de plano lo que ha afirmado y, lo cual es aún
más llamativo, se desentiende así de la propuesta central de su programa
político. Al obviar toda aclaración sobre la otra posibilidad, que consiste en
la legalización de la venta de estupefacientes, está orillando un debate
ideológico sobre la indeterminación del concepto de droga y de los criterios
prohibicionistas, al mismo tiempo que se concede un beneficioso y sesgado
mandato en el que los objetivos específicos y los plazos para realizarlos no
están trazados. “Hay que intentarlo y el único medio es con una coordinación
firme y decidida”, declara como si tratase de una opción nueva, exceptuando
quizá el organismo ejecutivo de coordinación, para cuya dirección
implícitamente se postula.
Sin embargo, la objeción principal a la
argumentación no recae en estos u otros términos —por ejemplo, sobre cuáles son
los límites tolerables, que significa un buen control y qué se ha de entender
por jaula— que depositan inadvertidamente contenidos ideológicos. Ni tampoco
importa tanto descubrir que los augurios de un tiempo en que “tendremos el
monstruo controlado”, tienen la naturaleza expresiva de una promesa política,
cuyo cumplimiento es de difícil o imposible verificación. Porque lo que se
escamotea en la conversación es un debate que señale las opciones en su raíz,
en vez de dejar en la penumbra la tesis oponente, aquella que está de acuerdo
con las consecuencias (la democracia, en peligro), pero interpreta de modo
diferente las causas del mal político (el prohibicionismo) y el historial de
los métodos (el fracaso de la vía policial).
Los comentarios críticos sugiere el análisis del
discurso, como los precedentes sobre argumentaciones implícitas, pretenden no
ya abarcar el debate social sino desvelar procesos e instrumentos de
legitimación ideológica. De continuar en esta indagación, podríamos examinar
por qué un programa de regeneración política como el de Garzón justifica
ignorar los asuntos de corrupción política[13]
o también, preguntarnos sobre cómo incide el organismo de coordinación penal
que propone en las funciones de los poderes públicos y la naturaleza del
Estado.
Una razón más del dinamismo ideológico del discurso
es su dimensión histórica, que puede entenderse en los términos específicos del
contexto o los más amplios de la tradición o la intertextualidad. Todo ello nos
remite a la mediación histórica como fuente de influencia o de rupturas. Las
referencias y citas indican claramente esta vertiente relativizadora de todo
discurso respecto de muchos otros discursos, pero también términos y locuciones
que piden refrescar la memoria para captar su sentido. Así, el eslogan de
campaña “el cambio del cambio” remite a un antigua lema propagandístico ahora
revisado,[14] los nombres
de sumarios de la Audiencia (Nécora, Gal, Filesa) evidencian rasgos de la
organización judicial o, por su parte, la comparación entre el juez y el
parlamentario divulga fragmentos de teoría política.
La periodista presenta la dualidad profesional del
personaje como un detalle enriquecedor, por la excepcional experiencia de éste
en el seno de la estructura del Estado. Y le interroga para que Garzón refleje
su pericia.
(P5)— Ha cambiado de profesión: de juez a
político. ¿Debe cambiar su mentalidad?
(R5)— Sí, pero me cuesta trabajo. Un juez
está acostumbrado a lo concreto, su campo de visión es más particular que el de
un político. El juez se mueve dentro de los límites estrictos de la legalidad,
mientras que el político se mueve en el ámbito de la opinión, actúa de cara al
ciudadano. El juez se debe al cumplimiento de la norma, de los casos concretos
que le llegan; un político se debe a sus votantes. Luego hay aspectos comunes,
como que se trabaja dentro del respeto a la democracia.
(P6)— Unos aplican la ley, otros la crean.
¿Qué le resulta más complicado?
(R6)— Legislar; una norma se aplica a una
generalidad de personas, a todo un país, y tu parte de responsabilidad no puede
diluirse por el hecho de que sea el Parlamento quien la apruebe. Eres
corresponsable, puesto que has votado. En cambio, el juez analiza el caso
concreto y, aunque tiene que hacerlo de acuerdo con la situación social, se
encuentra inmerso dentro de los límites de la legalidad. La responsabilidad del
político es mayor, mucho más amplia.
Las respuestas recorren al constitucionalismo y al esquema de Montesquieu sobre la tripartición de los poderes públicos. Aquí se contrapone al poder jurisdiccional con el tándem político de parlamentario y miembro del gobierno: el campo del primero es concreto y determinado, mientras que el otro comporta una tarea abierta; el juez está limitado por la obligación de aplicar la legalidad a los casos que se le presentan, a diferencia del parlamentario, que no tiene límites definidos, y sus iniciativas han de responder al espíritu y aspiraciones de los representados. En la conclusión, la naturaleza primaria y original del legislador decanta su comparación hacia éste. Sin embargo, más adelante habla admirativamente de la independencia personal y la prudencia discursiva del juez, que contrastan con la sumisión grupal o la mendacidad a que equivalen las promesas gratuitas de algunos políticos.[15] “Ser juez te hace enmudecer” (r41), asevera hiperbólicamente por m