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“Lágrimas de cocodrilo. Noticias de una tragedia africana”,
Revista Tonos Digital
(Universidad de Murcia), núm. 3, marzo de 2002;
http://www.um.es/tonosdigital/znum3.
Xavier Laborda
Vi el rostro de una criatura -sucio de mocos y de
pena-
que me miraba
fijamente desde una fotografía.
(Josep Piera)
En el artículo “Lágrimas de cocodrilo: noticias de
una tragedia africana” nos ocupamos de las noticias de un drama de África
central que conmovió el mundo en 1996. Son noticias que relatan la crisis de
los Grandes Lagos africanos, en Ruanda y el antiguo Zaire, por el
desplazamiento de un millón de refugiados. De la campaña periodística sobre el
conflicto, nos interesa comentar el uso discursivo que se hace de las
fotografías, en especial las de niños. De las observaciones pragmáticas sobre
la iconografía extrapolamos algunos juicios sobre la campaña misma, en el
sentido de que es confusa y engañosa. Resulta así que la tragedia de los
refugiados incita a las lágrimas de cocodrilo y, a la vez, da una idea
simplista del problema e implícitamente reafirma un estereotipo eurocéntrico y
discriminador.[1]
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Un niño hutu que ha perdido a su madre llora tras cruzar la frontera
hacia Ruanda. (30/10/1996) |
Las noticias de
catástrofes y tragedias tienen un gran valor discursivo. Obtienen una gran
difusión y recogen múltiples recursos de expresión. El patetismo de sus
mensajes, los llamamientos a la solidaridad mundial y la zozobra que provoca en
los receptores son razones por las cuales suelen pasar desapercibidos los
mecanismos de significación y el guión narrativo. La intensidad de estos
mensajes nos hace creer que nunca olvidaremos esa catástrofe. Pero sucede que
eso no así pues, por un lado, la experiencia se desvanece porque era virtual,
era mediática. Y, por otro lado, la actualidad halla un substituto en nuevas
catástrofes. Que cada cual rememore y compruebe si esta apreciación es
razonable.
Examinamos aquí
el tratamiento que merecieron en la prensa los penosos acontecimientos de la
crisis política y el problema de los refugiados en la zona africana de los
Grandes Lagos, en el antiguo Zaire y Ruanda, en noviembre y diciembre de 1996.
Aplicamos la metodología del análisis crítico del discurso, bajo la
consideración fundamental de que la producción discursiva está articulada por
instancias de poder y de ideología. Del análisis de las noticias e
ilustraciones de la campaña de prensa surge el convencimiento de que se
propagan algunas argumentaciones implícitas que resultan recusables porque
reafirman estereotipos de discriminación. Como síntesis de la gran producción
informativa sobre los refugiados ruandeses, una fotografía de un niño anónimo y
desvalido ofrece la posibilidad de indagar sobre la quiebra de normas
pragmáticas, en lo que afecta a la formalidad discursiva, y, llevando la prueba
a la realidad social, plantea dudas sobre la eticidad del tratamiento
informativo de ciertas campañas.
El
desconocimiento que tenemos de los otros es un inconveniente considerable para
hacer algo en común o para compartir sentimientos positivos. El conocimiento
del otro, el plurilingüismo y el intercambio cultural son cosas de la
comunicación que construyen un mundo mejor. Los medios de información son
imprescindibles en esta empresa. Sin embargo, también sucede que su cooperación
en la ocultación de las causas y en la divulgación de hechos resonantes, pero
incomprensibles, son dos formas eficaces de ensordecer al público.[2]
Una muestra de
ello es la mencionada tragedia de los Grandes Lagos africanos. En ella se
vieron envueltos centenares de millares de refugiados ruandeses huidos a los
países vecinos, principalmente al antiguo Zaire, que se sentían amenazados por
la comunidad tutsi y que en su huida arrostraban graves peligros. Poco antes,
en 1994, Ruanda fue el escenario de un genocidio, con cerca de un millón de
muertos, por la cruel persecución de hutus contra tutsis, dos etnias
políticamente enfrentadas pero que habían convivido en paz hasta entonces.
Vamos a comentar el tono con que se trató esos acontecimientos en la prensa,
con el propósito de dilucidar si cumple con las máximas pragmáticas.
Adelantamos nuestra consideración de que la comunicación de determinados
sentidos implícitos y la sugestión de sentimientos muy intensos promovía un
efecto tal en el público que resultaba difícil saber cómo reaccionar. Una
reacción ante este fenómeno de noticias calamitosas y de fotografías
desgarradoras es la confidencia que el escritor Josep Piera hacía a sus
lectores.
Llovía. Paseaba yo bajo la lluvia, bajo un
paraguas, uno más (…). De repente, vi una enorme lazo negro que colgaba de la
fachada de un edificio. Escrito en letras verdes, el lazo portaba un nombre,
Zaire. (…) Vi el rostro de una criatura —sucio de mocos y de pena— que me
miraba fijamente desde una fotografía, en la primera página del diario. No era
yo quien lloraba mirándola. Era Barcelona, era la ciudad; era la noche. Ellos
sí. Y pensaba: ¿qué podemos hacer nosotros que no sea llorar este drama? (Avui, “Llantos por Zaire”, 16-11-1996)
Como describe
Piera, fue una penosa conmoción, compuesta de perplejidad e impotencia, y que
sin embargo movilizó a muchas personas en ayuda de los refugiados. Estos
indicios alertan sobre la dificultad de interpretar con lucidez la información
sobre el conflicto, por las dimensiones de la calamidad, por la profusión de
textos publicados y, en especial, por un tratamiento que desprende patetismo,
confusión y efectos discursivos muy espectaculares.
Bajo el título
de “Tragedia en los Grandes Lagos africanos” como subsección de internacional,
los medios de comunicación trataron en noviembre y diciembre de 1996 sobre un
conflicto que estalló en Zaire y otros países vecinos por la arribada de
refugiados ruandeses. Formaban un multitud cercada por el hambre y la guerra.
Se hablaba de seiscientos mil refugiados hutus y de la conveniencia de que
intervenieran los organismos internacionales y de carácter humanitario. A
finales de noviembre, se presentó el retorno masivo de los refugiados a Ruanda como
el mejor desenlace posible de la tragedia y la razón para desestimar el uso de
una fuerza militar internacional. Unas semanas después, la crisis perdió
preferencia e intensidad comunicativas. La alarma de una masacre se había
disuelto y, con ella, la súbita noticia de los Grandes Lagos, que irrumpió y
luego se eclipsó sin conocerse con claridad qué causas la habían producido.
Cuando describe
Piera en la columna de prensa la impresionante fotografía de un niño
desamparado que llora con desconsuelo, nos hallamos en el momento más alarmante
del conflicto, en el que aparecen publicadas muchas fotografías de niños para
ilustrar la situación. ¿A cuál se refiere? Quizá, una fotografía que presenta
un niño sentado entre los despojos de un campo de refugiados, junto a los
cadáveres de dos familiares. O bien otra de portada, con una niña ruandesa
perdida en otro campo que llora sin consuelo. Hay otras, como la de la niña que
transporta carretera adelante un colchón excesivamente voluminoso para su
frágil cuerpo; la del niño que contempla a su madre, quien yace en el suelo
exhausta después de días de marcha de regreso a Ruanda; el anuncio de dos
cadenas de televisión, que ofrece un primer plano de un niño negro que mira
fijamente, para agradecer la solidaridad de los espectadores por sus donativos
en unos programas especiales. Otra fotografía más reproduce la imagen de una
niña harapienta, apoyada en un bastón, que mira serenamente a la cámara, sobre
un fondo desenfocado que deja adivinar la presencia de soldados y refugiados
adultos. Del contenido de esta última imagen se ofrece algunos datos, cosa
inusual en el conjunto gráfico, que informan que la niña se llama Tuyizere
Matibere, tiene seis años y espera en Gisenyi, un punto fronterizo de ingreso
en Ruanda donde los soldados registran a los refugiados.[3]
Son fotografías
de criaturas, sucias de penas, que nos miran fijamente, pero ninguna de ellas
parece coincidir con la que alude el afligido escritor. Aparecen bastantes más en
estos días de crisis, y que ahora yacen en los fondos de las hemerotecas. Dos
niños se recuperan en un hospital de sus heridas en las refriegas. O varios más
que huyen de la ciudad ruandesa de Gisenyi sin detener su marcha miran un
cadáver en la cuneta. Pero he aquí que, entre tantas criaturas fotografiadas,
damos con un retrato en la portada de diferentes cabeceras —la del 30 de
octubre, en el inicio de la crisis— que coincide del todo con el comentario que
hemos leído. Es una imagen grande, pues ocupa un tercio de la primera plana,
con una escueta leyenda a su pie: “Un niño hutu que ha perdido a su madre llora
tras cruzar la frontera hacia Ruanda”. Como la foto brinda un primer plano del
anónimo niño, es posible observar todos los detalles de su rostro, la
profundidad de su mirada dirigida hacia nosotros o el rastro que las lágrimas y
los mocos dejan en sus mejillas y sus labios. La composición fotográfica tiene
una corrección de manual, pues capta el rostro mayormente desde un costado,
para destacar su volumen y su expresión. Además, el enfoque presenta con
nitidez la faz de la criatura, pero difumina todo lo demás, incluso los trazos
de la oreja visible y del irregular corte de cabello; aun se adivina la silueta
del cuello de una camisa clara, estampada con motivo geométricos de hexágonos y
estrellas. Y ya nada más se aprecia en la imagen, pues el enfoque y el encuadre
son tan selectivos que han eliminado el fondo. No hay fondo que observar ni situación que considerar, sino un rostro.
Podría ser, por
lo tanto, que Josep Piera se refiera a ese niño cuando dice: “La amarga luz de
los ojos de una criatura me llegaba al corazón. La noche lloraba.” Haremos,
pues, algunos comentarios orientados a su función comunicativa. Observamos en
la fotografía una sinécdoque gráfica, una figura retórica que consiste en
extender o proyectar su significado mediante el recurso de tomar la parte por
el todo. Esta imagen es una sinécdoque de múltiples objetos, del niño
retratado, de los víctimas infantiles, de la situación del conflicto y, si se
quiere, del drama universal de la guerra. La primera interpretación que se nos
ocurre es que la imagen presenta una víctima civil en representación de todas
ellas, que no pueden ser captadas por el fotógrafo, porque son muchas y se hallan
por doquier. Probablemente, la foto de muchas víctimas reunidas no alcanzaría
la expresividad que tiene la el niño desamparado, por la eficacia del principio
de economía, que proclama que poco es mucho y que aconseja utilizar parcos
recursos. Por ejemplo, el recurso de la sinécdoque, esto es, la parte en vez de
la totalidad. Si la fotografía es el parte, ¿qué o quien es el todo? El todo,
según informa el cuerpo de la noticia que ilustra esta foto, son seiscientos
mil refugiados hutus perdidos en Zaire y en peligro extremo, a los cuales hay
que añadir cuatrocientos mil más que, aun estando localizados, “viven
desesperados por la falta de alimentos” y la amenaza de epidemias.
Hay que
reconocer que la sinécdoque que aquí describimos es intensa, radical. Y lo es
porque no presenta un niño y su situación, sino un rostro arrasado por la pena,
sobre un fondo neutro. Si no fuera por el pie de foto, cabría pensar que se
trata de un niño cualquiera en llanto, quizá por una rabieta, fotografiado en
el parque un día de fiesta en el barrio alegre de una ciudad próspera de un
país en paz. Ninguna de estas suposiciones es válida, por supuesto, pero no por
la foto sino por el texto. Con el nos hacemos cuenta de que el niño simboliza
la noticia de una tragedia, bautizada por los medios de “bíblica” e “inaudita”,
tal es el sentido que en ellos se juzga pertinente divulgar. La figura del
niño, transformada en símbolo del flagelo que sufre un millón de refugiados, se
ha hecho abstracta. Y ésta es la dolorosa ironía: el triste huérfano es alguien abstracto. No es nadie,
salvo el símbolo del llanto y la impotencia. Pero, ¿de qué impotencia hablamos?
De la que acontece a la persona con la privación de todo lo que tiene y es. No
sabemos ni sabremos nada concreto de él —en la noticia del día ni en las
posteriores—, luego nada concreto es ni tiene. No tiene identidad: sin nombre,
sin edad ni filiación, solo podemos deducir alguna idea de la parcialísima
foto. No se halla en un lugar concreto, pues solo es un transeúnte en el foso
imaginario de una frontera, sin un entorno visualizable en la imagen ni
descrito en la noticia que sugiera si ese lugar está despoblado o si es hostil.
Tampoco se puede saber —en el caso de que uno tenga la absurda curiosidad— si
le acompaña algún familiar y si el niño puede tener esperanzas de encontrar a
su madre, porque ésta se haya extraviado y no haya muerto; la expresión del pie
de foto sobre la madre perdida es torpemente ambigua. Pero sigamos con la
relación de las privaciones que conducen a simbolizar con tanta eficacia la
impotencia. Desde el punto de vista físico, podemos preguntarnos si el niño
tiene un cuerpo y qué diría éste de su persona si lo pudiéramos contemplar. Y,
por señalar un elemento más, añadiríamos a las preguntas otra casi anodina
sobre un pañuelo. ¿No tiene un pañuelo para enjugarse las lágrimas y para
sonarse? ¿No tiene o es que no repara en él ni en la idea de usarlo? Si no
sabemos si está atendido, poco importará que insistamos en indagar si llora,
además de por la calamidad y el miedo, por otros motivos, sea hambre, sea
agotamiento… Podríamos dirigir estas preguntas al fotógrafo que tomó la
instantánea, pero la referencia del autor en el pie de foto es un genérico de
agencia (Apa/Efe). Podríamos escrutar alguna información en los diarios de esas
semanas para conocer qué ha sido de un-niño-hutu-que-ha-perdido-a-su-madre
pero, como hemos anticipado, absolutamente nada se dice de él. Apareció un día
llorando y moqueando, con la boca entreabierta y unos ojos anegados de miedo y
estupor, lo vieron muchos espectadores o leyeron algo sobre él en la glosa de
Josep Piera, y sin embargo desapareció por siempre más del mismo modo anónimo y
súbito.
La paradoja de
la sinécdoque es que todo un símbolo de la catástrofe, un afligido niño por la
desgracia personal y general, resulta también una víctima de un tratamiento
informativo superficial e irresponsable. No sólo padece la violencia de su
entorno sino también de los medios, que a un tiempo lo exponen mediáticamente y
lo ocultan como persona con su identidad, su memoria, su cuerpo, su
circunstancia, su incierto mañana. Lo escogen para proclamar su dolor, que es
común a muchos, pero lo excluyen de las noticias y lo devuelven a su abandono.
Es conveniente aclarar que las observaciones precedentes no pretenden anteponer
una vida o el cuidado por una sola persona (la parte que es el niño de la
imagen) a la suerte de un pueblo de refugiados (la totalidad), sino tan sólo
ser coherentes con los recursos expresivos utilizados. El fotógrafo de agencia
y el diario mismo abandonan a ese pequeño sin nombre, casi un niño irreal, a su
aciaga circunstancia y a los imprevisibles acontecimientos. Ese abandono no
tiene por qué equivaler a despreocupación, pues podría deberse a una imposible
localización o por la satisfactoria causa de que se sabe que hay quien se ocupa
de él. No obstante, sucede que el diario abandona a alguien más que al niño, y
se trata del lector, quien, una vez que se ha enfrentado a la fotografía, no
sabe cómo superar su desolación. Este lector es Josep Piera y muchos otros que
deploran una realidad más cruel que la soledad y el llanto del refugiado;
deploran la inapelable condición de una criatura olvidada y privada de tantas
cosas, como una identidad, el relato de su vida, una voz propia y una voluntad
que le doten de personalidad. En definitiva, deploran la ausencia en la noticia
de esos rasgos personales que presenten al niño como uno de nosotros. Un ser
singular, acongojado y desgraciado, pero similar a cualquier otro, y no sólo
hecho de sentimientos penosos o mutilaciones simbólicas.
Siguiendo esta
línea de análisis, es razonable opinar que el uso mediático de fotografías como
la que comentamos incitan a malentendidos. Muestran pero no argumentan ni
tampoco demuestran nada. Y como lleguen a afectar al lector, por el lacerante
dolor que captan, ese lector no podrá replicar ni buscar en el diálogo el
consuelo que da comprender la razón del mal. Enfrentado al muro mediático del
dolor, se le ofrecen dos opciones, la de la indiferencia y la de la confusión y
abatimiento. “Los ojos humanos acaban por aceptar como natural lo que es
patológico, ante la inundación de crueldad de nuestro tiempo”, afirma Emilio
Lledó (1994: 150-4) a propósito de los usos de la imagen en los medios de comunicación
social. Su juicio explica nuestro desconcierto ante una imagen cuyo mensaje,
más allá de la anécdota, nos resulta incomprensible. ¿Y ello por qué? Porque la
selección de su contenido es una mutilación informativa y porque esa noticia
truncada, sin continuidad en lo que toca a la persona del niño, supone una
brutalidad comunicativa. Continúa diciendo el filósofo que, “a pesar del falso
tópico de que una imagen dice más que mil palabras, las imágenes no dicen”. Y ¿qué es lo que hacen?, nos preguntaremos. A su parecer, las
imágenes “impresionan, desgarran, endulzan nuestra intimidad, pero no dicen”, sólo sirven o tributan en el
discurso con que se acompañan. No hay una imagen comprensible sin una educación
de la mirada, en lo cual se resume la historia de la estética y de nuestras
preferencias estéticas en pintura y otros medios iconográficos. Cuando ese
discurso que educa y orienta la mirada resulta insuficiente, porque no sea
coherente o no relaciona las imágenes con el texto —que es lo que sucede en
este caso del niño hutu—, entonces solamente nos alimentamos de explosiones
visuales, que animan a los lectores a ser espectadores banales, espectadores
sensibles a las descargas de patetismo, espectadores que derraman lágrimas,
pero lágrimas de cocodrilo. De un magma informativamente incoherente
principalmente puede esperarse una respuesta incoherente y estéril, como esas
lágrimas insubstanciales.
De toda la
campaña de prensa hemos considerado propiamente unas fotografías de niños y, en
particular, aquella que causó tanta impresión a los espectadores, representados
aquí por el escritor Piera. Y nos hemos centrado en la información gráfica
porque ésta es la sección más llamativa del magma incoherente que pueden
producir los medios de comunicación social. El uso de los elementos gráficos
resulta sesgado, incoherente e informativamente irrelevante. Deseamos enumerar
las pautas que nos han guiado la interpretación hasta esa conclusión crítica.
1. El tópico social
La información
que se ha publicado en el prensa diaria —el tratamiento en algunas revistas es
caso aparte— sobre este asunto de portada es abundante y diversa. Ha sido
producida por un aparato de corresponsales y agencias, así como por
articulistas de renombre y por lectores que envían cartas al director. El
asunto del conflicto en los Grandes Lagos ha tenido una prioridad clara y una
persistencia notable en la agenda de esos medios, lo cual lo ha convertido en
un tópico social importante.
2. Discurso gráfico y niños
Cuando por
economía analítica nos fijamos en esa pequeña porción de las imágenes de niños,
reparamos en la gran influencia que ejerce su iconografía en el mensaje que
crea opinión pública. Como se observa, sucede que para reflejar una situación
de crisis como esa, el motivo preponderante es el de niños captados en
circunstancias muy penosas. Son circunstancias de un esfuerzo físico agotador,
en la huida a pie con un equipaje excesivo; la proximidad de la muerte,
presente en esos cadáveres que menudean a lo largo del camino; o la pérdida
sufrida en propia carne, por las heridas de guerra o la desaparición de algún
familiar. Y la reunión de estos elementos, a penas orientados por unos
escuálidos pies de foto, sirve de símbolo del conjunto.
3. La visibilidad de las víctimas
Lo que se
presenta en las imágenes es un mundo de víctimas, a cuya cabeza figuran los
niños más cruelmente tocados por la calamidad. Con ser éstos los más débiles,
posiblemente no han de estar solos y, sin embargo, los adultos raramente merecen
la atención de la cámara, como no se hallen en grandes grupos. El patetismo de
la representación infantil es obvio y queda vinculado a un concepto de
urgencia, de inmediatez, sin relación alguna con un pasado reciente.
Estas pautas
iconográficas —selección del motivo infantil, exclusión de los adultos y del
contexto, olvido de otros tiempos y sus causas— se siguen en otras imágenes de
la campaña de los Grandes Lagos que no hemos podido comentar aquí. Ofrecemos un
nuevo y canónico ejemplo. La imagen lleva una nota que dice que “un niño
ruandés intenta alimentarse del pecho de su madre”, mientras presenta una
criatura de unos dos años que succiona vanamente el pecho reseco de alguna
mujer que cae fuera del encuadre. Vemos nada más y nada menos que la lucha
entre un niño y un pecho vacío, quizá al final de una jornada de marcha, a
juzgar por la luz artificial del flash. Una connotación patética añade el hecho
de que la proximidad de la cámara y el fogonazo del foco no alteren la mirada
ausente del niño.
4. Inexistencia de todo aquello que no es
visible
La
representación gráfica de otros sujetos que no sean las víctimas es
insignificante. Esta concentración en un tipo de agentes, la de las víctimas,
excluye o ignora los victimarios, las tropas en combate, las autoridades
gubernamentales o el personal de las organizaciones internacionales de ayuda.
La ausencia de victimarios induce a creer que se trata de una catástrofe
natural e inevitable, ante la cual lo único razonable en lo que cabe pensar es
en moderar sus efectos, ya que las causas, tan violentas como súbitas, caen
fuera de la previsión humana y de la responsabilidad de las naciones poderosas.
5. Pulsiòn de patetismo y su mensaje implícito
La insistencia
en un tono patético, que se vale de muchos elementos enfáticos y extremos, como
la sinécdoque —la del niño que ha perdido a su madre o la del que mama de un
pecho sin cuerpo ni rostro— y los símbolos de males bíblicos —guerra, éxodo,
hambre, enfermedad y muerte— inducen a concebir ciertas implicaciones, sin
necesidad de argumentar sobre ellas. Entendemos que éstas son las principales
ideas del mensaje implícito:
a) la tragedia es injusta porque afecta
especialmente a los niños;
b) las causas de la tragedia son tan confusas
como las imágenes de masas convulsas en éxodo o de individuos fulminados por un
destino irreparable que se denomina África;
c) se infiere también que en los países
afectados no hay o no sirven sus funcionarios y sus recursos, en virtud de su
nula visibilidad en los media.
Y, sin embargo,
estas conclusiones son erróneas, si confrontamos la información de la campaña
con otras fuentes especializadas en política y ayuda internacional.
1. Sin recursos
Comenzando por
la última apreciación, sobre la nulidad de recursos propios para resolver el
conflicto, se ha destacado que la invisibilidad de funcionarios autóctonos y de
medios no se corresponde con la realidad, si bien estos recursos y agentes son
a todas luces insuficientes para resolver una problema tan grave. En estas
circunstancias, la ayuda internacional es necesaria. Pero, como recuerdan
algunos analistas, las aportaciones occidentales en socorro de las víctimas
pueden tener consecuencias negativas sobre esos mismos servicios gubernamentales,
que se ven ninguneados y disueltos por un tiempo indeterminado a causa de la
brusca suplantación por entidades humanitarias. Estos efectos ambivalentes, que
son a la vez de socorro efectivo a las víctimas y de derribo del edificio
asistencial propio, se corresponden con la particular concepción en Occidente
de que los países africanos carecen de todo y que todo necesitan. Parece que la
invisibilidad en los medios de un tejido social autóctono que reaccione mal que
bien a las crisis dista de la realidad. Los informadores y editores prefieren
hablar del problema y de los esfuerzos que nosotros, los occidentales,
realizamos en su ayuda. Los informadores y editores aplican, así, una
sinédocque similar a la de la foto del niño-hutu-que-ha-perdido-a-su-madre, con
unos efectos ideológicos idénticos: privación social de cuerpo, de identidad,
de personalidad y de voluntad como país. La idea que nos formamos de la
realidad comunicada es muy cercana a la de un objeto: el mundo exterior o
tercer mundo como objeto.
2. Sin causas conocidas
Si pasamos a la
segunda inferencia sobre ausencia de causas determinadas, reconocemos una
continuidad argumental con lo precedente. Según ello, para entender el
conflicto bastará con pensar en una región desmembrada y en una etnias con un
odio tribal. Quizá el asesinato de más de las tres cuartas partes de la minoría
tutsi varios años antes, entre abril y junio de 1994, satisfaga nuestra
exigencia de una explicación. No obstante, hay voces que discrepan de esta
apreciación simplista, en el sentido de que las causas no se resumen en los
problemas de las gentes de la región, sino que se deriva también de intereses
occidentales. O también, que el genocidio de tutsis de 1994 y el éxodo de hutus
de 1997 no se producen de repente y espontáneamente, pues se ha probado que
estos conflictos eran previsibles y evitables mediante la intervención de la
comunidad internacional.[4]
Un científico
ruandés, hijo de hutu y tutsi, invitado por un fundación pacifista española, ha
afirmado claramente que en las causas del genocidio y del éxodo hay una guerra
económica entre Europa, en especial Francia, y los EUA, para controlar el
comercio del continente africano. Sea como fuere, en los medios sí se aprecia
en estas dos períodos de conflicto una pugna diplomática y propagandísticas
entre esas potencias, uno de cuyos puntos de choque es la ONU y la designación
de su secretario general. Y lo que algunos periodistas han añadido sobre ello
es que los medios de comunicación dan la impresión de haberse puesto de acuerdo
para esconder o distraer la atención sobre las verdaderas causas de las
tragedias en África central (Jaumà 1996). Es más, como rezaba un editorial de The Washington Post (9-4-1999), en que
el diario norteamericano interpelaba a la Administración Clinton sobre Ruanda,
han transcurrido los años y no se sabe si ha habido una investigación al
respecto ni tampoco la opinión pública ha obtenido una explicación oficial
sobre las raíces del conflicto. Y, en efecto, es así pues no se conoce ninguna
explicación veraz de los Gobiernos sobre sus raíces y sus diversas
responsabilidades. Como ejemplificaba la sinécdoque de la comentada fotografía,
la simplificación de los motivos o elementos que se exhiben y la ocultación del
contexto histórico e internacional son un procedimiento común y desesperante de
la información. La información se ha convertido en propaganda.[5]
3. Sólo niños
La última
inferencia por comentar es la de que los niños son las principales víctimas del
conflicto. Esta idea es cierta, los niños padecen de modo implacable los
estragos de la guerra, la hambruna, la enfermedad y la orfandad. No obstante
ello, el interés por la suerte de los niños se consume en sentimentalismo y
banalidad si no se considera conjuntamente con la suerte de los adultos, con la
suerte de la población civil. En esta campaña informativa de los Grandes Lagos
y en tantas otras similares, llama la atención la especial delectación que
muestran los medios de comunicación al insistir en los infortunios de niños, no
se sabe bien si porque la penalidad de un niño les parece una doble penalidad o
porque apenas es destacable el dolor de sus mayores.[6]
Pero los niños
son, por estos usos periodísticos, la parte más visible de las víctimas de
guerra, que son toda la población civil. La población sufre en los conflictos
actuales mayor castigo y mortandad que los propios combatientes. A finales del
siglo XX, la gente que huye de las zonas de combate o de represión en el mundo
supera la cifra de setenta millones de refugiados. En guerra, ni los mismos
niños y adolescentes se libran de ser enrolados, y son especialmente útiles en
los frentes de mayor riesgo por su falta de miedo.[7]
Pero la explotación del niño no concluye con la guerra, sino que se extiende a
tiempos de paz, bajo condiciones de miseria y de abandono en la calle, lo cual
afecta a ciento veinte millones de niños en el mundo y es causa de la muerte de
trece millones cada año.[8]
Y si se cuenta la población que pasa hambre, sin distinción de edad, se supera
la cifra de ochocientos millones, según una estimación de la FAO. Como se sabe,
el hambre es una estrategia de guerra que se utiliza sobradamente en la paz, y
que suele ir acompañada de otra igualmente mortífera denominada “hambre
oculta”, que se manifiesta por las enfermedades que conlleva, así como por la
carencia de sistemas sanitarios y de medicinas, de higiene y de atención
medioambiental, de educación y aun de la técnica primaria para tener cura de
sí.[9]
Sirva este
apunte de datos y de conceptos no ya como una información suficiente sobre el
problema sino como una prueba del llamativo desajuste entre la información que
dan algunos medios y los hechos. Y hemos querido entresacar los contenidos del
apunte de los mismos medios, para matizar que mucha información circula por
ellos, pero no se difunde de igual manera ni con una intención similar. Para
recapitular, decíamos que el uso de las fotografías en la campaña de los
Grandes Lagos ilustra tales desproporciones y equívocos. La construcción del
acontecimiento a que sirven oculta unos agentes institucionales e
internacionales y destaca otros, que son los niños, especialmente huérfanos y
físicamente consumidos. El sufrimiento de éstos es palpable, pero su suerte no
debería desligarse de los adultos, ni de la región y su delicado orden político,
como tampoco de la causas de padecimiento en tiempos de paz. Son fotografías
que mueven a la compasión y a la lágrima fácil, pero que por lo general no
tienen una correspondencia con el contenido de las noticias que supuestamente
ilustran. En un corpus de noticias parcial y aleatorio que hemos recogido de
cinco diarios españoles en estos meses de noviembre y diciembre de 1996, tan
sólo aparecen dos noticias sobre los niños refugiados.[10]
La razón entre ese desfase entre las numerosas y especializadas fotografías que
se exhiben y el cuerpo de las noticias puede deberse a una razón de pedagogía
visual de la tragedia, para compensar el fárrago textual. Pedagogía o quizá
espectáculo de la distracción, puesto que los textos periodísticos pugnan, con
más voluntad que acierto, por poner al día al lector sobre los canviantes
acontecimientos y las confusas gestiones desde instancias internacionales.
Si bien es
cierto que las fotografías suelen presentar motivos que no coinciden con el
cuerpo de las noticias, el conjunto de unas y otras tiene un sentido común, que
es el de referir cuestiones de política internacional con un tono dramático y
acorde a la situación. Así, las noticias tratan de esas cuestiones tan
abstractas como las instancias de los organismos plurinacionales y de los
Estados, de sus instrumentos de negociación diplomática y de intervención
militar, a la vez que evocan los principios de la soberanía nacional y sus
límites por razones humanitarias. Por su parte, las fotografías son los
elementos discursivos más eficaces para pulsar ese tono dramático y para
referir todo a un presente acuciante.
Vistos de modo
global los discursos de la campaña informativa de la tragedia, el mensaje que
transmite más clara y fijamente es el del patetismo expresivo. Su efecto
palpable, y no es necesario remitirnos de nuevo a la confidencia de Josep
Piera, es la conmoción de un público inclinado a sentir una profunda compasión
por esos niños, por esas pobres gentes. La perspectiva que ofrecen las
fotografías presentan un elenco de prácticas impresivas o de impacto que
resultan provechosas para los medios de comunicación. Y ello porque operan como
refuerzo de su legitimidad, de su eticidad informativa; son vistos por la
audiencia como medios veraces y comprometidos en la solución del conflicto,
pues informan y además crean agenda política sobre la cual los ciudadanos
pueden debatir y los gobiernos intervenir de acuerdo con un cometido solidario.
Junto con esta mejora o sostenimiento de la buena imagen del medio, se ha de
contar con un aumento de la atención de los lectores, lo cual es fundamental si
se trata de crear opinión pública, algo que en nada estorba sino todo lo
contrario a la preferencia y rentabilidad del rotativo. El proceso que marcan
estas prácticas de la conmoción, después de favorecer la imagen y la atención,
concluye con una interpretación parcial, pues se nutre preferentemente de
apelaciones inmediatas y de breves narraciones, como la del
niño-hutu-que-ha-perdido-a-su-madre, en vez de barajar aspectos argumentativos
y relaciones, como las causas del conflicto y su posible prevención.
La inversión
mediática en emociones es muy golosa. Y quizá pocos lectores se sentirán
defraudados por un incumplimiento del “contrato” de edición de la información,
que de modo implícito rige las relaciones y la responsabilidad del medio ante
su público. Con todo, conviene anotar que la información sobre la tragedia se
resume en un mensaje engañoso: el conflicto de los Grandes Lagos es un problema
étnico cuya solución consiste en una ayuda humanitaria. El mensaje parece
aceptable, pero considerado con atención incurre en una simplificación grosera,
pues selecciona desordenadamente los términos —se infringe la máxima de
pertinencia— y burla la verdad de los hechos —conculca la máxima de veracidad—.
Según algunos expertos, ni la causa original del conflicto es étnica ni su
plena solución consiste en la ayuda humanitaria. Es una simplificación hablar
de esa tragedia como algo repentino y circunstancial. Y desde el punto de vista
comunicativo, añadiremos que es una simplificación rehuir la comprensión de los
hechos cuando se obvia el contexto y la historicidad de la situación. Ello
probablemente se deba a que la urgencia y el sentimentalismo son motivos más
fuertes de consumo mediático que el desarrollo de los asuntos y el compromiso
intelectual.
Un escritor ha
calificado de mentira mediática una estrategia muy común que consiste en
construir un muro de hechos verídicos (Sánchez Ferlosio 1993). En el caso que
nos ocupa, apreciamos que un muro de hechos verdaderos, como los que muestran
las fotografías que inventariadas, otorgan una fuerza y una credibilidad
difícilmente rebatibles a la falsedad pública con que se ha tratado la crisis
de los refugiados ruandeses. La tragedia de los Grandes Lagos es cierta,
declaraba el admirado periodista polaco Kapuscinski, pero no así la mayor parte
de las cosas que se han dicho al respecto. Y la campaña de caridad
desencadenada, aun teniendo una finalidad altruista, padecía del serio defecto
de ignorar su longeva raíz política, una raíz compuesta de la conculcación de
derechos civiles en la región y de la pugna de Estados Unidos y Francia por su
suculento control. Para Claude Wauthier, el problema que estalló en la crisis no
tiene una solución humanitaria sino política y que sobrepasa el ámbito de la
región. Y lo sobrepasa puesto que las democracias africanas tienen las manos
esposadas por una doble moral de los gobiernos occidentales, que hacen
declaraciones retóricas de democracia pero actúan en la práctica de un modo muy
diferente.[11]
Se olvida o se
desconoce estas razones del conflicto. Con el tiempo también se olvidan otras
cosas, como el rostro de aquella fotografía que reproducía un niño-hutu-que-perdió-a-su-madre-y-lloraba,
una fotografía cuya presencia fue inevitable durante unas semanas. Si el niño
ha sobrevivido, posiblemente sea un “hijo del abismo” por causa de las
atrocidades vistas. Parece ser que las reflejará en su mirada, en una mirada especial
que tienen los niños de la guerra, según el informe para la ONU de Graça
Machel. “La mirada de un niño después de la guerra es un abismo —declara
Machel—. Son como hijos del abismo. Sobreviven, pero por dentro están rotos, y
rotos todos sus vínculos familiares y sociales.”[12]
Esta dolorosa
observación también tiene cierta semejanza con el tratamiento informativo del
conflicto. Ofrece mensajes troceados, como si las páginas nos llegaran
deshechas, a jirones. En concreto, la perspectiva que se aplica es desproporcionada,
deformante. También, se promociona o se atienden las voces que proceden de
fuentes institucionales, pero se mitiga la difusión de voces críticas y
divergentes; se propalan presuposiciones simplistas y empobrecedoras. Y,
finalmente, se pone en juego estímulos tan fuertes de la sensibilidad como
inhibidores de la crítica y de una opinión consistente. En la enumeración de
las mediaciones discursivas, es decir, del tratamiento de los mensajes,
hallamos una perspectiva deformante, un uso parcial de las fuentes, la
comunicación de implicaciones sesgadas y la sacudida emocional. De estos
elementos está hecho el tópico mediático de la tragedia de los Grandes Lagos,
convertido en un magma doloroso, incoherente y desmemoriado. Es desmemoriado
porque está destinado al olvido, a ser desechado en cuanto ya ha sido usado, y
así difícilmente ejerce una influencia en la creación de una agenda de debate
popular sobre política internacional, aunque en ello consista una de las
funciones de la noticia. Es incoherente porque no relaciona el texto y la
imagen, no ahonda en las causas ni en las referencias mundiales e históricas, y
por tanto sólo puede prestar una ayuda my débil a otro cometido de la noticia,
que es crear opinión pública. Finalmente, es dolorosa porque, quizá sin
pretenderlo, se reafirman los estereotipos simplificadores y discriminatorios
del Gran Sur, de esa África que simplistamente aparece como lugar de pobreza,
conflicto e impotencia. A nadie se le oculta que estos rasgos definen el rol de
inferioridad de una comunidad culturalmente diferente. Y, lo que es más,
acercan la representación de esta gran comunidad a la cosificación y la
naturalización (Silva: 1996). Se trata de la cosificación psicológica, que
atribuye a sus miembros pasividad, servidumbre e incapacidad. También. la
naturalización política de la pobreza y del conflicto, es decir, la creencia en
la inevitabilidad de estos males.[13]
Es de sentido
común acabar diciendo que los estereotipos de esta índole, desgraciadamente
reproducidos en la información general sobre la tragedia de los Grandes Lagos,
son fuerzas destructoras de una sociedad multicultural, porque bajo el barniz
humanitario transmiten tres productos que merecen el calificativo de
recusables. Transmiten una ideología de la desigualdad, una subcultura de la
discriminación, y una legitimidad que
resulta eurocéntrica, patriarcal y dominadora. Son malas noticias para la
interculturalidad.
Y deseo añadir
una aclaración personal, aun sabiendo que quizá ésta sea ociosa o inoportuna. Mis
lágrimas de cocodrilo precedieron el trabajo sobre el conflicto de los Grandes
Lagos, que quiso ser una respuesta airada pero meditada al descontento con los
mensajeros y a la compunción por el mensaje.
Bañon, Antonio M. (1996): Racismo,
discurso periodístico y didàctica de la lengua, Universidad de Almería.
Dijk, Teun van (1980): La noticia como discurso,
Barcelona, Paidós, 1990.
Laborda, Xavier (2000): “Homenatges
institucionals i literatura de paperera”, Anuari
de Filologia, Universitat de Barcelona, vol XXI, años 1998-9, sección G,
número 9, p. 46-55.
——— (1999): “Magreb en la prensa:
fingimiento de unos hechos”, en Joaquín Garrido Medina, ed., La lengua y los medios de comunicación,
Madrid, Universidad Complutense de Madrid, 1999, p. 435-445.
——— (1996): Retórica interpersonal.
Discursos de presentación, dominio y afecto, Barcelona, Octaedro.
Lledo, Emilio (1992): “La educación de la
mirada”, en E. Lledó (1994), Días y
libros, Valladolid, Junta de Castilla y León, p. 150-4.
Mitten, Richard; Wodak, Ruth (1993): “On the discourse of racism and
prejudice”, Folia Linguistica,
XXVII/3-4.
Piera, Josep: “Plany pel Zaire”, Avui, 16-11-96, p. 20
Velázquez, Teresa (1992):Los políticos y la televisión. De la teoría
del discurso al diálogo televisivo, Barcelona, Ariel.
Wodak, Ruth (1995): “Critical Linguistics and Critical Discourse Analysis”, en
Verschueren & Blommaert, eds. (1995), Handbook
of pragmatics, Amsterdam, Benjamins, p. 204-210.
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[1] Publicamos un primer estudio sobre este asunto en Anuari de Filologia de la Universidad de Barcelona, “Fal·làcies discursives al conflicte dels Grans Llacs” (volumen XIX, G-7, del año 1996).
[2] A propósito de la guerra en Yugoslavia, el filósofo Emilio Lledó manifestaba la que es la gran falacia comunicativa de los Estados dominantes. Asimilaba a ciertas prácticas usuales el caso del ataque de la OTAN contra Serbia en abril de 1999 para detener un genocidio contra los kosobares de origen albanés. “En el caso de esta intervención militar descubrimos que se repite el mismo esquema de manipulación de otros centenares de casos que yacen en las hemerotecas, y que tienen que ver con cazas de brujas, con persecuciones políticas —nazismo, fascismo, nacionalismos, fanatismos religiosos—. El principio que rige en estos casos podría expresarse así: convierte usted en un ser perverso al enemigo y así podrá dormir tranquilo cuando lo mate. Se nos ocultan, pues, datos importantes; no se explican suficientemente los hechos, las razones o las sinrazones del conflicto”. (El País, 04-04-1999)
[3] Las fotografías mencionadas aparecen en El País, entre otros medios, en los días que van del 16 al 25 de noviembre. Es obvio que, por las fechas, tales instantáneas no pueden ser la que menciona Piera.
[4] Merece la pena dejar la referencia también de una de las fotografías del genocidio de 1994, que recoge la imagen de un grupo de huérfanos que hace cola para ser vacunados. Es conmovedora y, curiosamente, sigue las pautas iconográficas ya indicadas, por la presencia de niños, la ausencia de adultos y la anulación del contexto. La fotografía fue tomada en junio de 1994 por Jacqueline Arzt para la agencia Associated Press (AP). Y de su interés habla el hecho de que fuera seleccionada para una exposición que celebraba el siglo y medio de la agencia (1848-1998). La instantánea aparece reproducida en La Vanguardia magazine (20-09-1998, p. 57) y en el libro conmemorativo de editorial Polígrafa.
[5] Josep M. Jaumà, “Llàgrimes de cocodril”, Els 4 Cantons (semanario de Sant Cugat del Vallès, Barcelona), 29-11-1996; artículo reproducido también en una recopilación del mismo autor (Jaumà 1996-1998). Es preciso declarar que debemos el título del escrito a la agudeza de J. M. Jaumà.
Citamos otras fuentes consultadas. Colette Braeckman, “La difícil reconstrucción de Ruanda: bajo la amenaza de una guerra regional”, Le Monde Diplomatique, julio-agosto de 1996, p. 13, ed. española. Vicenç Fises, “La agenda del día después”, El País, 22-11-1996, p. 14. “Lecciones de Ruanda”, editorial de The Washington Post (09-04-1999), reproducido en “Revista de Prensa” de El País (10-04-1999). También, el monográfico “La última guerra del Zaire” de Apuntes Sur Norte, núm. 3, 01-12-1996 (revista editada por La punta del Iceberg, desde el colegio de periodistas de Catalunya).
[6] El sagaz periodista Gregorio Morán, de quien hemos parafraseado esta frase, habla de esta desproporcionada preferencia por lo infantil refiriéndose a las crónicas de sucesos por asesinato. (G. Morán, “Una cuestión de carácter”, La Vanguardia, 10-04-1999, p. 27.)
[7] Amnistía Internacional calcula que en 1999 había en el mundo unos trescientos mil niños combatiendo en guerras cuya causa no entienden. Su destino como infantería dócil y fácil es sucumbir o convertirse en poco tiempo en verdugos; en todo caso, el informe asevera que los niños soldados quedan física o psicológicamente destruidos.
[8] Negu Gorriak y Ume Hilak, “Nens morts”, Tot Sant Cugat, 14-12-1996, p. 62. Sólo en los países latinoamericanos, ochenta millones de pequeños sufren la miseria, muchos de ellos niños de la calle (Begoña Piña, “Sanchís Sinisterra prepara una obra colectiva sobre los niños de la calle”, La Vanguardia, 21-12-1998, p. 44). Según la Unicef, la explotación laboral de niños entre 5 y 14 años es de doscientos cincuenta millones (El País, 12-12-1996, p. 30).
[9] Eduardo Haro Tecglen, “Los señores del hambre”, El País, 14-11-1996, p. 61.
Sobre el uso devastador de la estrategia del hambre citamos un fragmento del editorial de The Washington Post (28-12-1995): “Un estudio de la ONU revela que medio millón de niños iraquíes han muerto a causa de las sanciones económicas internacionales desde la guerra del Golfo [marzo de 1991]. A este terrible dato hay que añadir la malnutrición y las enfermedades que afectan a muchos otros iraquíes aún vivos. Situación que podría ser considerada como una segunda guerra del Golfo.”
[10] Los diarios son La Vanguardia, Avui, El Mundo, El Periódico y El País en edición digital. Y éstos son los titulares de las dos noticias: “Cada día mueren 1.000 niños, denuncian Médicos sin Fronteras” (El País, 14-11-1996). “Pequeña carne de cañón. Miles de niños ‘no acompañados’ esperan en lugares de acogida a que el gobierno ruandés localice a sus familias” (La Vanguardia, 01-12-1996).
[11] Ryszard Kapuscinski (El País, 08-11-1996, p. 19; La Vanguardia, 15-11-1996, p. 43). Claude Wauthier, “Duras pruebas para las democracias africanas”, Le Monde Diplomatique, edición española, noviembre de 1996, p. 20. Alfons Quintà, “El Zaire, un paradigma”, Avui, 02-11-1996, p. 10. Alfonso Armada, “Los pecados de la Iglesia en Ruanda”, El País, 12-01-1997, p. 12-3.
[12] Entrevista a Graça Machel (El País, 23-11-1996, contraportada).
[13] Una brillante y escueta crítica de las políticas informativas de discriminación cultural figura en “África”, una carta al director de Juana-Mary Ribó y 29 firmas más (El País, 29-03-1999), que representa una muestra lúcida de las muchas que podrían citarse.