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VI Jornades Educatives de l’Observatori Europeu de Televisió
Infantil
Observatori Europeu de la Televisió Infantil — Novembre de
2002, Comissió Europea, Barcelona
Los trabajos del Naos nº 5 (2003) 73-96
Dr. Xavier
Laborda Gil
Departamento de
Lingüística. Facultad de Filología. Universidad de Barcelona
/ versió en català / English text
La aculturación
de los medios es una expresión admirablemente concisa y abstracta que remite a
un fenómeno vital. Pues habla de los cambios que producen los medios de
comunicación en los patrones de comportamiento que las personas han adquirido
socialmente. Esa realidad tiene muchas caras y sus efectos, tan poderosos,
pueden resultar contradictorios.
Una imagen del
escritor polaco Stanislaw Lem nos pone en situación de sentir en qué consiste
la aculturación de los medios. “El aluvión de imágenes —dice Lem— corre sin
cesar y el espectador se siente como si se hubiese metido en una bañera con el
chorro de la ducha a plena potencia y después arrancase el grifo”.[1]
Vivimos bajo un diluvio de imágenes, en una casa cuyas paredes son pantallas y
sus muebles más aparatos de comunicación.
La aculturación
de los medios es un fenómeno social que nos desafía con un dilema. ¿Qué se nos
arrebata y qué se nos brinda como renovada posibilidad? Antes de responder, nos
decimos que el planteamiento parece simplista, como si sólo hubiera cara y
reverso, como si comportaran pérdida o ofrecimiento. Sin embargo, el debate
suele aparecer polarizado en estos términos. Veamos si no cómo muestran esos
extremos la antropología y la lingüística mediante las ideas de asimilación,
préstamo y transculturación.
Asimilación.-
La aculturación es e1 proceso de pérdida de la cultura de un pueblo al entrar
en contacto con otro técnicamente más avanzado. Su sentido es el expolio
cultural.
.Préstamo.-
Aproximación cultural de una sociedad humana a otra, por contacto entre ellas.
El concepto de préstamos cultural no es valorativo, como el anterior, sino
descriptivo.
Transculturación.-.
Proceso de cambio cultural como resultado de los contactos intensos y directos
entre dos o más sociedades inicialmente diferentes y autónomas. Este concepto
considera la aculturación como un fenómeno multidireccional y horizontal, a
diferencia de los anteriores, unidireccionales y verticales.
Estos términos
trazan una línea, con la asimilación y la transculturación en sus extremos y el
préstamo cultural en el centro. Fuera queda, negada por la teoría y la
experiencia, la enculturación, un término que designa la transmisión de la
cultura de una generación a otra. El dinamismo social y el empuje de los medios
convierten en una quimera la idea de que un padre pueda transmitir a su prole
unas formas culturales que ha recibido del abuelo. La televisión, los
videojuegos, internet y los teléfonos móviles son medios nuevos o renovados. Y
abuelo, hijo y nieto se relacionan con ellos como si hubieran llegado juntos,
en condiciones diferentes pero juntos, a este tiempo.
Tabla: Significados del término aculturación.
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Aculturación |
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cultura dinámica |
cultura estática |
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concepto |
asimilación |
préstamo |
transculturación |
enculturación |
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comentario |
pérdida cultural |
asimetría |
intercambio |
identidad generacional |
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ejemplo |
absorción por colonización |
la imprenta en una cultural oral |
migraciones y mestizaje |
tradición de padres a hijos |
La sociedad postindustrial
es un hábitat cultural que se caracteriza por una dinámica intensa de cambios.
Según su condición y según la perspectiva del observador, estos cambios pueden
ser de substitución o, por el contrario, de agregación de medios y de
modificación de formas culturales. Los individuos de las sociedades modernas
experimentan procesos constantes de aculturación. Hay cambios económicos, que
afectan al trabajo, como la producción en cadena o la robotización. Otros son
adaptativos al proceso social, cuando irrumpen medios que imprimen un giro
inaudito a la sociedad, como sucede con la imprenta o la televisión. También se
producen cambios en las relaciones personales, como sucedió con el servicio
postal o la telefonía celular. Finalmente, hay cambios totales o de etnicidad,
por las migraciones de gentes que llegan y adoptan la nueva cultura del país de
acogida. Los factores de la aculturación son múltiples y relacionan cambios
tecnológicos y mediáticos, de ocupación y relación interpersonal, movilidad
ecológica y social, aceptación de nuevas ideas y hábitos.
La aculturación
de los medios es un frente revelador de este proceso. Uno de sus efectos es esa
sensación que describía Lem de estar bajo una ducha torrencial. Esa inquietud
al verse abrumado, anegado por un flujo comunicativo tan impetuoso y constante.
Es el malestar de la cultura por la presión de los medios y de los mensajes. De
los medios ya hemos mencionado la televisión, la consola de videojuegos,
internet y los móviles. Sobre los mensajes, destacan los productos
informativos, la escalada de la publicidad —con una ubicuidad pasmosa—[2]
y los formatos de comunicación personal por internet —correo electrónico,
tertulias o chats, páginas
profesionales y personales.
Aceptemos considerar
la aculturación de los medios de un modo dualista, esto es, como pérdida y como
aportación. En tanto que pérdida o arrebatamiento podemos anotar la caducidad
de los contenidos, la banalización, la homogeneización y el sensacionalismo.
La rapidez con
que se producen y exhiben nuevos productos corre pareja a su caducidad. Un
editor decía, con tanto sentido del humor como acierto, que los libros aparecen
hoy con una fecha de caducidad similar a la de un yogur. En el campo de la
ciencia, esta afirmación, sin duda exagerada, puede orientar sobre la cada vez
menor vigencia de una obra de investigación. Los mensajes caen en barrena
pronto y desaparecen consumidos por su naturaleza de fulgor y fugacidad.
La banalidad,
la puerilización y el sensacionalismo son también los rasgos de un contingente
notable de la programación mediática. Una muestra de ello se halla en la saga
de criaturas pokemon, fenómeno paradójico donde los haya, ya que reúne la
pobreza creativa con un éxito mercadotécnico sólo comparable al de la factoría
Disney.[3]
O lo que es lo mismo, la miseria narrativa y la grandeza comercial son las dos
caras de esa banalidad.
El
sensacionalismo pulsa de modo grosero e irrelevante la atención del público. En
la campaña de otoño de 2001 un anuncio televisivo publicitó la capacidad de
adherencia del Volkswagen Golf, para lo cual presentaba a cuatro niños que
corrían alrededor de una piscina. Lo que para los niños era un juego entrañaba
riegos pues corrían por el borde mojado y estaban solos. Y el anunciante usaba
del suspense y la sospecha de que algo nefasto podía pasar, un accidente o un
ahogamiento, para captar la atención del espectador. Esa dramatización o
representación de una situación alegórica fue objeto de una sanción por el
Consejo del Audiovisual de Cataluña (CAC) porque presentaba a los niños en una
situación de riesgo sin un motivo justificado.[4]
Era un anuncio que presentaba una información de un modo irrelevante y
perjudicial para la audiencia infantil. Por las misma razones, el organismo del
CAC informó negativamente sobre el tratamiento informativo de las televisiones
del secuestro en una escuela de Hospitalet en 2002.[5]
Diez años antes, en noviembre de 1992, la presentación de la tragedia de las
tres niñas de Alcàsser (Valencia) raptadas y asesinadas colmó los límites hasta
entonces conocidos del sensacionalismo y de la manipulación mediática con fines
espurios. ¿Qué fines? Atenazar la audiencia, conseguir su atención y su tiempo,
para luego extraer un rendimiento económico de la masa de biotiempo acaparado.[6]
Sea una atención excepcional con el espectáculo de la tragedia o bien una
atención ordinaria y fija, lo que subyace es el riesgo para el público de
dependencia de la pantalla, como advierte el reciente libro Enganchados a las pantallas, de Paulino
Castells y Ignasi de Bofarull.
Para el
lingüista Raffaele Simone, sin embargo, la comunicación audiovisual supone un
riesgo mucho mayor que el de la banalización o la dependencia. Simone apunta a
una aculturación radical y socialmente depauperadora en su sobresaliente ensayo
La tercera fase: formas de saber que
estamos perdiendo. La tercera fase o de la cultura electrónica sigue a las
de la escritura y la imprenta. Al respecto declara que “la Red es el enemigo
del libro” y que constituye “la más formidable barrera que nunca se ha
presentado frente al contacto con la realidad”. Y augura un efecto devastador,
cual es “la disolución de un paradigma de cultura, de información y de
educación” conseguido con los instrumentos de la escritura y la imprenta. Razona
que los hábitos de una lectura crítica, basados en la concentración y la
memoria cultural, pueden desaparecer a causa de la supremacía de la visión
natural sobre la alfabética y la supremacía de la imagen sobre la experiencia
más estructurada de la escritura. Con un excelente conocimiento de la
comunicación, Simone indica que la información no proposicional o información
audiovisual no es analítica y no aparece estructurada ni contextualizada. Sin
un discurso verbal que la oriente y dote de sentido referencial, esa
información puede resultar inane y manipuladora.[7]
El debate sobre
la aculturación de los medios sucede en un tiempo especialmente atento a la
dimensión histórica de sus agentes y acciones. El tópico del político que
declara realizar algo histórico, algo que trasciende su presente, es la parodia
de una percepción cultural que nos acompaña desde el siglo XIX. Aparece con la
era contemporánea y con el pensamiento de Hegel sobre el progreso de la
cultura. Desde entonces somos criaturas vivientes —seres en el curso del
tiempo— pero también observadores de nuestras acciones y su tiempo. Esta
dualidad nuestra nos conduce en ocasiones a padecer una hipersensiblidad
histórica, esto es, una exagerada ubicación en el rol de observador.
Es conocido
aquel chiste en que un caballero dice a su dama: “Hasta luego, señora, me voy a
la guerra de los Treinta Años…” La gracia de la ocurrencia está en el
anacronismo en que incurre el caballero al conocer de antemano la duración de
la contienda y su nombre histórico. Su hipersensibilidad no es razonable en su
época, pero sí en la nuestra. He aquí una muestra publicitaria, puramente
anecdótica, que quizá sugiera tantos enunciados inspirados por la perspectiva
histórica: “Omega vuelve a hacer historia en la creación de relojes: tras 200
años sin cambios en el principio del reloj mecánico, Omega ha desarrollado el
escape coaxial, un mecanismo revolucionario que elimina casi todas las
fricciones y mantiene la precisión durante períodos mucho más largos”. Una
revelación tan sobresaliente como ésta es hija natural de nuestro tiempo. Se
diría que merece una portada de prensa y, sin embargo, casi pasa desapercibida.
El debate sobre
los medios es una consecuencia de esa historicidad, que no sólo acelera los
cambios tecnológicos sino que también incentiva la reflexión sobre las
tendencias y la prospectiva. Como en el ejemplo de Omega, es corriente que los
sujetos se proclamen hacedores de la historia porque creen que el paso que dan
es revolucionario y que, por lo tanto, tuerce el curso del tiempo. El libro de
R. Simone participa de esos rasgos y abraza la historia no por siglos sino por
épocas. En él se aprecia en parte el esquema de la construcción histórica.
El esquema
consta de cinco grandes fases del progreso de la conciencia: lenguaje,
escritura, Historia, Renacimiento, contemporaneidad. Hay historia porque hay a)
lenguaje desde hace unos 400.000 años, b) escritura con unos 5.500 años de
antigüedad, c) género científico de la Historia desde Herodoto, en el s. V aC.,
d) vuelta a los ideales de un tiempo remoto con el Renacimiento (y la imprenta)
y, finalmente, e) época Contemporánea desde el siglo XIX (García Calvo 1983).
La edad Contemporánea es, como indica su nombre, aquella que coincide con el
tiempo. En ella los hechos presentes se tratan como un pasado, en el sentido de
visibles para sus mismos actores. Así se ha construido nuestra conciencia
histórica. Y también la idea exagerada de su importancia y trascendencia:
hiperrealismo y exacerbada conciencia de la perspectiva histórica.
Pero como
proclama Emilio Lledó (1991), este colosal desarrollo cultural tiene unos pies
de barro pues su memoria cultural vive en precario. Y el diagnóstico de Lledó
tiene puntos en común con el de Simone. El uso acrítico de los medios —por
ejemplo mediante esos contenidos banales y sensacionalistas a los que hacíamos
mención— supone un grave peligro, el de un presente devorador de la conciencia
histórica. El desafío de un presente servido por los medios como una
hiperrealidad aporta un espacio en fuga constante, sin memoria, sin referencias
ni capacidad crítica, sin predilección por la educación y la formación en
silencio, sin recursos para desmitificar el mundo de apariencias creado al
servicio del mercado y de una política oligárquica y excluyente.
Frente a la
idea de aculturación como arrebatamiento o pérdida, podemos oponer el
interesante trabajo Crecer en la era de
los medios electrónicos, de David Buckingham (2000). Trata con perspicacia
la cuestión de la cultura audiovisual y sus efectos en la infancia. En él
denuncia el falso dilema entre los temibles peligros de esta aculturación y las
desorbitadas promesas de una nueva alfabetización. Son dos posturas opuestas.
En la posición de crítica y rechazo están las ideas de Raffaele Simone o de
Neil Postman, afines en su advertencia sobre la erosión del modelo alfabético y
discursivo. Buckingham designa esta postura con el nombre de la muerte de la
infancia, pues refiere el analfabetismo infantil, su adicción electrónica y ,
en definitiva, la desaparición de la frontera que guarda de los adultos la
mentalidad infantil durante la maduración de la personalidad. Por su parte, la
propuesta de tecnólogos como Seymour Papert —en los años ochenta— da la
bienvenida al prodigioso aprendizaje que aportan las herramientas informáticas,
con un gran optimismo en las cualidades de la nueva generación de niños que
crecen con los medios electrónicos.
Sin embargo,
Buckingham considera que esta polémica no es razonable porque parte de
posiciones esencialistas y reducidas al todo o nada. A su parecer, carecen del
conocimiento empírico necesario y no aplican un análisis cultural riguroso. Al
revisar los conceptos de aculturación que hemos expuesto, observamos que encaja
con la idea de asimilación la postura de la pesadilla o de la muerte de la
infancia, y con la idea de la transculturación la postura de la utopía
tecnológica. El dilema entre tradición cultural y modernidad tecnológica es a
todas luces un falso dilema.
De su estudio
empírico, Buckingham deduce que los cambios que producen los medios
electrónicos en los niños son una realidad compleja, que resulta contradictoria
en sus manifestaciones. Señala que es contradictoria porque hay ofrecimientos
pero también pérdidas. Por un lado, considera este investigador que, con la
televisión y el fácil y discrecional acceso a los contenidos de la red, se
produce una difuminación de fronteras entre lo infantil y lo adulto. Pero, por
otra parte, las condiciones urbanas y la aplicación de los medios supone una
notable pérdida de autonomía de los niños en la gestión del tiempo, en la
formación y en su ocio; la institucionalización y comercialización erosiona
parcelas tradicionales de libertad infantil.
Dos son las
conclusiones que propone Buckingham sobre la cuestión de los medios en la
infancia. Desmiente que ello afecte de un modo singular o específico a los
niños, porque sostiene que hay una continuidad básica entre el mundo infantil y
el adulto. Esta continuidad cultural también se da entre el ayer, el de hace
unas décadas, y el ahora. No hay fracturas entre un ámbito de la población y
otro, porque en buena parte adultos y niños participan de unas prácticas
similares en la familia, la escuela y las relaciones sociales. Además, el
entorno cultural se moldea con cambios paulatinos.
Y la segunda
conclusión consiste en ser cautelosos frente a la idea optimista y redentora de
los medios —la de la utopía tecnológica— en la educación infantil. Buckingham
considera que no hay que ser complacientes ni hay que creer en el determinismo
de los medios, pues su simple concurso no promueve un mayor tono mental y
relacional de los niños.
Los medios
requieren proyectos y seguimiento. Si se aplican sin un proyecto educativo,
formativo y de entretenimiento, no ofrecen ninguna garantía cultural de su
interés. De ahí que sea tan necesario estudiar de un modo empírico sus usos y
efectos. Los datos y las observaciones tomados son las referencias apropiadas
para ejercer un análisis cultural riguroso. En esta tarea desempeña un papel
importante el Observatorio Europeo de la Televisión Infantil, esto es, el
observatorio de la aculturación infantil. Varios ejemplos pueden ilustrar esta
pretensión: las buenas maneras en internet, el trastorno infantil de las tres D
y la crítica deontológica de los medios.
A/ Netiqueta
Las páginas de
internet y el correo electrónico aportan unos canales de comunicación de gran
influencia. Pero con ello no basta, pues es recomendable que el usuario domine
la netetiqueta o buenas maneras de la
comunicación. Es frecuente observar dificultades e inseguridades de algunos
comunicantes para dar con el registro apropiado para la relación e-mail o epistolar. En las relaciones
consultivas, como por ejemplo entre estudiante y profesor, suele costar a los
corresponsales dar con el tenor interpersonal y tratamiento apropiados, a pesar
de su facilidad formal. ¿De tú o de usted? ¿La petición expresada de modo
directo y escueto o bien con delicadeza y gradualmente? ¿Se envía un mensaje o
se usa con discreción y selectivamente la dirección electrónica del
corresponsal? La formación de los estudiantes en las buenas maneras internáuticas
es un aspecto modesto pero muy provechoso para su comunicación.
B/ Trastorno
DDD
El trastorno
infantil de las tres D consiste en la concurrencia de tres disfunciones de
habla y alimentación: la disfonía, la dislalia y la deglución atípica. Este
trastorno ha quedado descrito desde hace tiempo por los especialistas en
foniatría y logopedia. El hecho preocupante es que desde hace unos meses está
aumentando mucho el número de consultas foniátricas y de reeducación de niños
con este trastorno. Una investigación habrá de indicar si ello se debe a un
aumento del trastorno o bien a una mayor atención de los padres ante el
problema. Y aún sería más interesante establecer cuáles son sus causas. Una
hipótesis razonable señala como causa el mal uso de medios audiovisuales y la
carencia de buenos hábitos en la relación de los niños con las pantallas.
Los síntomas
del trastorno de estos niños son los siguientes. En lo referente a la disfonía,
que es una deficiencia de la voz, se suele apreciar la respiración exclusivamente
bucal (la boca permanece siempre abierta) y una voz con resonancia nasal
inadecuada (como si llevara una pinza en la nariz). Como consecuencia, el aire
no se humedece, calienta ni filtra porque no se inhala por la nariz. Este aire
irrita las cuerdas vocales y las perjudica con las infecciones respiratorias.
La potencia y la calidad de la voz disminuyen mucho.
La dislalia
consiste en una producción incorrecta de ciertos fonemas. Por ejemplo, es
frecuente en estos casos la no pronunciación de la ese (fricativa alveolar
sorda) y substituirla por la zeta (fricativa interdental sorda); en vez de casa
y sopa dice caza y zopa, respectivamente. La dificultad
para producir fonemas nasales (m, n, ñ) puede obligar a pronunciar balo o bodte, en vez de malo o monte.
La deglución
atípica se distingue por presionar constantemente la lengua contra los dientes,
inclinar la cabeza hacia atrás para tragar alimentos, mascar poco y con la boca
abierta. Este comportamiento inmaduro en la deglución arrastra pautas de cuando
el niño era bebé. En esos casos, el niño debe aprender a cerrar la boca, dejar
la lengua en reposo en el paladar y triturar con los molares.
Estas tres
disfunciones causan un trastorno en el habla por una tonicidad insuficiente de
los órganos activos del habla (lengua, labios y mandíbula inferior) y por una
respiración incompleta y deficiente. El habla no articula bien los sonidos y la
voz es pobre para realizar esfuerzos de comunicación (hablar mucho rato,
gritar, superar un ambiente ruidoso o defenderse de un aire polvoriento, seco o
frío). Sobre las causas que conviene considerar, en primer lugar está el
visionado de televisión y de otro tipo de pantalla. Consumir mucho tiempo de
pantalla es perjudicial por la pasividad física que provoca en los niños y por
la pérdida de horas de descanso y de sueño. La pasividad favorece la dislalia y
la falta de descanso perjudica la calidad de la voz o disfonía. Consumir
productos audiovisuales sin la compañía de adultos puede dificultar el
aprendizaje de buenos hábitos físicos y verbales.
El trastorno
DDD puede deberse a esa razón del mal uso de los medios audiovisuales, pero
también a otras más que interactúan en la maduración del niño. El uso de las
cuerdas vocales, la boca y la nariz está relacionado con el dominio de los
esfínteres y de la socialización. De ahí que sea recomendable atender y
subsanar estas deficiencias verbales. Parece prudente aconsejar para estos
períodos de maduración del niño un uso moderado de pantallas, y con la compañía
e interacción de los adultos. Se podría añadir también el consejo de dormir las
horas necesarias (tantas veces en competencia con el ocio televisivo), beber
bastante agua, respirar nasalmente, comer con corrección, no cometer excesos
orales (como gritar o hablar en lugares ruidosos) o cantar, para ejercitar los
órganos del habla y el sentido del ritmo y de la melodía.
C/ Crítica
deontológica de los medios
Mencionábamos
el expediente que en 2001 el CAC o Consell Audiovisual de Catalunya abrió a TV3
por emitir un anuncio con niños en peligro de modo gratuito. Aquel anuncio del
Volkswagen Golf no incitaba a reproducir la situación a los espectadores, pero
podía perjudicar físicamente a los niños si estos imitaban el comportamiento de
los niños actores. El CAC aplicó el principio escrito de no presentar a los
niños en situaciones de riesgo sin un motivo justificado. El mundo infantil no
está separado del mundo adulto. Participa o está en conexión con la globalidad
social. Está conectado y expuesto a sus modas publicitarias, tan agresivas y
codiciosas en ocasiones; a sus usos periodísticos, en ocasiones
sensacionalistas e irrespetuosos; y a unas tendencias en la producción de
programas, acuciados por la búsqueda del éxito inmediato.
Un ejemplo de
esa publicidad que busca la máxima atención, a costa del respecto al
espectador, es un anuncio de Caja Madrid del otoño de 2002. En él se compara
dos situaciones, la de un deportista imprudente y la de la seguridad de la
Caja. Concretamente, en una situación de deporte de riesgo, un sujeto se lanza
sin paracaidas desde helicóptero para intentar caer sobre un gran colchón de
aire. Pero el deportista yerra el salto y se estrella mortalmente contra el
suelo. El anuncio se burla de la impericia del saltador, que se ha arriesgado
faltamente, en vez de confiar —entiéndase como una analogía— en los productos
financieros de esa entidad, tan recomendables, tan seguros.
Niños y adultos
ven el anuncio de los niños de la piscina o la del desgraciado saltador, entre
otros del mismo calado. Como asegura Buckingham, la difuminación de las
fronteras entre lo infantil y lo adulto es innegable. Y lo que perjudica a unos
perjudica a los otros. Recoger, analizar y divulgar esos mensajes rechazables o
esas prácticas comunicativas irrespetuosas es una tarea digna del Observatorio
Europeo de la Televisión Infantil. Reseñamos, a modo de ejemplo, la noticia de
un estudio reciente que alerta sobre el deterioro de la salud mental infantil
en España. Según el estudio, las causas del deterioro son la competitividad
social, la sobrecarga de actividades extraescolarres, el abandono y los malos
tratos; y sus consecuencias son el fracaso escolar, los trastornos
alimentarios, con bulimia o anorexia, y finalmente la inestabilidad emocional y
mental.[8]
¿Tienen estos factores alguna relación con el consumo audiovisual? El
Observatorio podría recoger esa investigación tan alarmante, entre otras
investigaciones sobre la infancia, e interrogarse sobre las posibles relaciones
culturales y mediáticas.
La función del
Observatorio es más amplia. Puede registrar y difundir también experiencias
interesantes y esperanzadoras. Al este respecto, es muy atractiva la iniciativa
realizada en Buenos Aires para que los niños de más de cuatrocientas escuelas
de primaria escribieran guiones televisivos de ficción. La experiencia implicó
a especialistas en la redación de guiones para formar a maestros, a grupos de
alumnos con escritura colectiva, a realizadores televisivos y actores para
rodar las historias y a todos los canales de televisión para emitir los programas.
Lo llamativo de este proyecto ha sido que la escritura ha resultado creativa y
que ha permitido que los niños estén en el origen de una producción televisiva
de calidad.[9]
Escribe
Stanislaw Lem sobre el panorama comunicativo actual un pensamiento cargado de
razón: “La capacidad de absorción informativa del ser humano es exactamente la
misma hoy que hace cuarenta mil años, cuando nuestros antepasados pintaban osos
y bisontes en las paredes de sus cuevas. De manera que el acto de conectar
nuestros sentidos a las redes electrónicas encierra el peligro del diluvio
informativo.” Hay muchísima información. Es lógico pensar que con estos
contingentes informativos se introduzcan bastantes mensajes infractores o
contrarios a un código deontológico. Además, la confusión social que provoca la
aculturación y los cambios adaptativos impide en ocasiones discernir la
naturaleza de los mensajes.
El objetivo del
Observatorio es claro y necesario. Se resume en mejorar el conocimiento de la
situación social de la infancia en su interacción con los medios. Y, a
continuación, en proponer medidas adecuadas para aumentar la calidad de los
contenidos y de las formas de acceso y uso de tales medios. El procedimiento
consiste en conseguir una perspectiva histórica y teorética. De este modo
responde a la creciente sensibilidad histórica y reacciona frente al peligro de
no conocer nada más que el fugaz presente. De este modo, en definitiva, el
Observatorio resulta un ámbito notable para alcanzar una perspectiva sagaz y
para intervenir socialmente con sus propuestas sobre los efectos de la
aculturación de los medios.
Boza,
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[1] Stanislaw Lem,
“Bajo la ducha”, Quimera, 221
(VIII-2002) 44.
[2] Una muestra de
la expansión publicitaria es su aparición desde 2002 en grandes paneles
luminosos (con proyección cambiante de mensajes) en vestíbulos y zonas de
acceso de la Universidad de Barcelona. Si la bien ciudad es un paisaje
colonizado de modo endémico por la publicidad, esta ocupación del espacio de
una universidad pública ha supuesto una campaña en contra de grupos que piden
la conservación de reservas cívicas libres de publicidad.
[3] D. Buckingham
se refiere en su Crecer en la era de los
medios (p. 10) a los pokemon como un ámbito que parece crear una lingua franca para niños de todo el
mundo. Quizá haya indulgencia en su consideración cultural de pokemon; el
tiempo dirá si estaba en lo cierto o bien disolverá en el olvido estos
personajes. Lo cierto es que, como Disney o Macdonald’s, son signos de la
globalización.
[4] “El CAC
expedienta a TV3 por emitir un anuncio con niños en peligro”, El Mundo, 22-09-01, Cataluña, p. 8.
[5] El secuestro
de una clase de quinto de primaria, que se produjo el 18 de noviembre de 2002,
se resolvió sin víctimas. Pero su tratamiento mediático no se ajustó a las Recomendaciones sobre el tratamiento
informativo de las tragedias personales del CAC, elaboradas tras el trágico
accidente de un autocar en Soria en 2000. (M. Ramos, “Las televisiones trataron
el secuestro de L’Hospitalet con sensacionalismo”, El País, 23-11-02, sociedad, p. 34.)
[6] La atención de
la audiencia “no es un tiempo gratuito”, afirma José Boza, presidente de la
Asociación de Telespectadores y Radioyentes de Aragón, “sino que constituye
nuestra contribución a esa ingente masa de materia prima que las cadenas venden
a los anunciantes transformándolo en dinero, en mucho dinero”. Y por
consiguiente concluye con la idea, en apariencia paradójica, de que “cuando
vemos tv estamos en realidad
trabajando para las cadenas.” (Libro del
Forum Mundial de la Televisión Infantil 2001, Barcelona, Comissionat de les
Arts Audiovisuals, 2002, p. 78.)
[7] Los hábitos
sociales de lectura son llamativamente pobres en España, donde “sólo el 18% de
la población adulta utiliza las bibliotecas públicas españolas”, que rondan el
número de cuatro mil. Se trata del estudio “Las bibliotecas públicas en
España”, realizado por la Fundación Germán Sánchez Ruipérez en 2001 (El País, 02-11-02). Como contraste, en
Inglaterra hay un 60% de usuarios, que disponen de más de cinco mil
bibliotecas. En todo caso, resultaría reduccionista considerar la biblioteca
sólo como centro de lectura y no también de consulta local o en red de
documentos audiovisuales.
[8] Estudio de la
Fundación Salud, Innovación y Sociedad,
la Asociación Española de Pediatría y el Ministerio de Sanidad. “Alerta por el
deterioro de la salud mental infantil. Aumentan los trastornos derivados del
fracaso escolar, el abandono y los malos tratos”, Metro directe, 04-11-02, portada.
[9] Roxana
Morduchowicz, “Cuando los niños escriben para la televisión”, Cuadernos de Pedagogía, octubre de 2002,
p. 30-33.
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