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1984, con
Orwell y sin Koestler |
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Cuando se
recala en el año de la obra homónima de George Orwell, queda atrás, en el recodo
inmediato del cabotaje histórico, el último acto de proyección de Arthur
Koestler como "flecha en el azul".
Koestler escogió una amable muerte en su hogar. En realidad, agotado, dejó tierra firme,
se acercó a una ola que se alzaba lentamente y se dejó arrebatar por ella; su tránsito era una recurrencia de
lo que sintiera Nicolás S. Rubachof, su personaje de Darkness at Noon (El cero y
el infinito), en el momento de recibir el tiro de gracia: morir y volver
al mar, y la conciencia de uno
disolviéndose en el "leve fruncimiento de la eternidad" de una ola. La cercanía
de estos dos acontecimientos no significa recuerdo forzado ni fugaz de los
autores y las obras. La impresión de sus textos en el ánimo del
lector no depende del flujo de efemérides ni otras casualidades. Los escritos de Orwell y Koestler son una
prospección alucinatoria, por clarividente, del magma político de los años
treinta y cuarenta, tarea difícil no sólo por la exigencia de profundizar
sino especialmente por la de hacerlo en una realidad convulsa. Prospección y proyección, o como se diría
en lingüística, explicación -de los hechos analizados- y predicción -de los
venideros-. Naturalmente, el carácter
visionario de sus escritos, en especial 1984, radica en la posibilidad de su
materialización metafórico, no en su necesidad, y menos en su literal
concreción. Algunas de
las novelas más representativas de Koestler, Scum of the Earth (La
espuma de la tierra) y El cero y el
infinito, anteceden con pocos años de diferencia a Animal Farm (Rebelión en la
granja) y 1984. La contigüidad de las obras de Koestler y
Orwell sería una nota superflua si no fuera compañera de afinidades más
profundas: la lucha con la palabra y la
acción por la democracia progresista y
contra el totalitarismo; también, la amistad personal. Con sus diferencias, un paralelismo
posterior se les puede aplicar, el que se observa entre El Gatopardo de Tomasi de Lampedusa y El día del juicio de
Salvatore Satta. La analogía vivencial
y literaria es en Koestler y Orwell, como en el caso de los
italianos, sumamente rica. Otro escritor
italiano, Ignacio Silone, contemporáneo de Orwell y Koestler, ofrece al lector y
al biógrafo abundantes pautas de concordancia, hasta establecer una
triple equivalencia de conjunto. Lo
que se afirme de la trayectoria del autor de Fontamara podría
aplicarse fácilmente a los escritores inglés y magiar, como es la denuncia de
las humillaciones y explotación de
ciertos sectores sociales, la defensa general de las libertades y la libertad humanas. Socialismo democrático, antifascismo y
anticomunismo -tras cesar Silone y Koestler en su militancia dentro del
Partido Comunista. |
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ELVIEJO MUNDO Con su militancia
literaria aportan una perspectiva histórica, entreverado de personajes y argumentos, con la superioridad
evidente de la ficción de unos maestros del estilo. La tragedia
circular de los habitantes de Fontamara pertenece a la del viejo mundo. El nombre de la ínfima aldea y los
acontecimientos que se desarrollan en un verano de los años treinta, a pesar
de ser una invención del autor, han tenido su correlato real, según comprobó
el propio Silone. Los fontamareses,
en su mayoría cafoni -braceros, jornaleros
y artesanos pobres-, arrastran una penosa supervivencia con la resignación
del que siempre ha pasado agotadoras fatigas para matar el hambre y prolongar
un tramo más la cadena del endeudamiento y ve el mundo como lo ha visto y
verá, un proyecto perfeccionado y cerrado.
Los viejos guardaban memoria de otro orden, si no más justo, sí más
sencillo. El señorío de la propiedad
-nobleza e iglesia- establecía directamente la relación entre superiores e
inferiores mediante un par de leyes clarísimas y bien conocidas. La potestad de dictar la ley y
administrarla residía en los propietarios, y todos sabían a qué atenerse.
Ello cambió cuando la ley se hizo igual para todos. Con la llegada de los Piamonteses al
mediodía italiano, el poder legal se separó de los viejos amos y se abrió la
esclusa de las complicaciones y los engaños, la proliferación de normas y de
oficinas e instancias judiciales, y la plétora de intermediarios o abogados,
figura reverenciada por el cafone por
su mágica capacidad profesional y su melifluo trato, que esconde la
vampirización a que somete a los de esta clase. Todo se sufre
con la indiferencia del que sólo conoce el devenir desde el mezquino punto de
vista del individuo, siempre a merced del medio político. Todo, hasta que se experimenta un
sentimiento indefinido, de zozobra y vértigo ante la aparición de
incomprensibles señales que disuelven el "viejo mundo formal y solemne". Con sobriedad Silone marca el curso de la
expresión de su personaje, elemental y meridiana, en su narración de estas
señales de un cambio cruel: Los de la milicia hablan venido a Fontamara y habían ultrajado a varías
mujeres. Había sido un abuso abominable, aunque, en si mismo, sumamente
comprensible. Pero lo habían llevado a cabo en presencia de un comisario
de policía y en nombre de la ley, y esto
no era comprensible. En Fucino, los alquileres de los pequeños colonos
habían sufrido aumentos, y los de los grandes arrendatarios habían bajado:
esto era, por así decirlo,
natural pero la propuesta había partido del representante de los pequeños colonos, y esto no era natural en
ningún sentido. Son los
acontecimientos dementes perpetrados por camisas negras apelando a una
violenta ideología. Su enumeración
sigue así: Los llamados fascistas, tal como se oía comentar, en varias ocasiones habían apaleado, herido e incluso matado a
personas que no tenían cuenta pendiente.
alguna con la justicia, tan sólo
porque eran un estorbo para el Empresario:
y esto podía hasta parecer natural.
Pero los agresores y los asesinos hablan sido premiados por las autoridades, y ese hecho era inexplicable. Podía decirse, en fin, que todas las
calamidades que nos ocurrían desde
hacía algún tiempo no eran ninguna
novedad.. Pero la forma que tenían de producirse era nueva y absurda,
y no lográbamos explícárnosla en
modo alguno. |
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NUEVOS ORDENES TOTALITARIOS La historia
coral de los cafoni es un símbolo primario de una época en la que se deciden la
revolución y la contrarrevolución, dispuesta con una simplicidad comparable a
la de las formas más arcaicas de la tragedia griega. (La aflicción que estos
labriegos conocen tiene su raíz en el mismo signo que atormenta a Koestler en
el campo de la concentración de Le Vernet, experiencia que relata en La espuma de la tierra). De
técnica contrapuesta se sirve Koestler para condensar la fatalidad del
totalitario soviético de aquellos años.
Una atmósfera intimista y densa,
vivida a través del pensamiento del protagonista, Rubachof, en un espació
carcelario, resulta propicia para reflexionar acerca del fracaso de los
ideales bolcheviques. Rubachof es
uno de los últimos revolucionarios históricos, pues los otros han sido
depurados o han muerto por designios del Número 1. En su encarcelamiento e
interrogatorio se enfrenta dialécticamente a los victimarios, ante los que
claudica por lealtad al Partido. No
obstante, los recuerdos, la producción onírica y el presente se amalgaman en la maduración que Rubachof realiza
del concepto de sí mismo, víctima complaciente ahora, verdugo inflexible
antes. Su detención, persuasión,
autoacusación pública en los más abyectos términos y ajusticiamiento en un
sórdido corredor, constituye una alegoría de la extinción de la generación de
revolucionarios, de la vieja inteligencia, y el relevo en el poder de otra
generación obra suya. La vieja
guardia ha sufrido la erosión de la lucha frente a los enemigos y la
desintegración de su entereza por el temor a la epidémica desgracia política
-negación de méritos, palabra, militancia, libertad, vida, historia- y la
desmoralización de la victoria final -negación de fe, razón última. Por la acción del tiempo, las penalidades
indescriptibles y la persecución sin escrúpulos, les suceden los hijos de su
revolución, inexpresivos, de una maciza amoralidad, ajenos a frívolas
tentaciones de humanitarismo; éstos son la "brutal encarnación del
Estado que debía su existencia a los Rubachof", reflexiona Koestler. La perpetuación
del poder, la no distinción entre los medios y los fines, la sofocación de
los sentimientos, la traición a los ideales redentores.... todos estos males,
aun nefandos, admiten un grado mayor de infamia, que es la extinción de la
esperanza. Lo realmente
perverso consiste en conseguir la complacencia de la víctima con su derrota y
el convencimiento de la bondad del acto de justicia que con él se
realiza. Esto es lo que comunica
Orwell en 1984, con la conversión del "sentimental' Winston al amor del
Gran Hermano por su instigador-verdugo O'Brien. Otro tanto
comunica Koestler. Rubachof
"comprende" su carácter inferior en la evolución
revolucionaria. El y los suyos son a
los monos como los nuevos oficiales de "cara de cera" son al hombre
de Neanderthal. Los monos se
caracterizaban por su exquisitez de movimientos, alimentación y relaciones. Pero el contraste de su civilización con
la rudeza, crueldad e indignidad animal del nuevo inquilino terrestre, que
podía inducir a la apreciación de que la novedad "representaba un
bárbaro retroceso en la Historia", era engañoso, asume el camarada
Rubachof. Como Winston, renuncia
interiormente a toda resistencia y se
apresta a disolver su individualidad en el sistema, que afirma exactamente la
progresión de la humanidad en su perfección.
El hombre desaparece de todo cálculo, y lo social se expande en un movimiento estéril, mientras cada
convulsión locomotriz engulle a un número indeterminado de individuos en rito
energético natural. Esta misma
historia de la revolución traicionada se halla didácticamente presentada en Rebelión en la granja. La
depurada sencillez de composición y estilo de esta fábula, en grácil armonía,
hace olvidar su concomitancia con el escrito de Koestler. Posee una rara capacidad aleccionadora
mediante una visión perspectiva amplia y
distanciada y la intervención de un nutrido grupo de personajes
zoom6rficos de intenso simbolismo.
Sus fases son conocidas (del Estado feudal al Superestado) y los elementos, recurrentes (toma de
conciencia, principios ideológicos, sublevación, trabajo en común,
acusaciones, deserciones, decepciones, juicios bufos, energumenismo del poder
... ). |
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LA PROFECIA, ANTE EL ACIERTO Y ELTERROR La tesis de estos
dos activistas de la libertad, Orwell y Koestler, son coincidentes. El fracaso de la revolución radica en la
perversión de los medios y la imposibilidad de separar éstos de los fines
colectivos. Un proceso corruptivo
altera su función original, y el medio indigno cierra su acción sobre sí
mismo para recomenzar de nuevo. Su
repetición resulta ineficaz para la consecución de los objetivos, pero muy
rentable para quien dirige su viciosa circularidad, llámese Número 1, Gran
Hermano o de cualquier otra forma. Y
este actor social se ve obligado a "transformarse en carnicero para
terminar con las matanzas -descubre Rubachof /Koestler-, a tratar al pueblo a
latigazos a fin de que éste aprenda a no dejarse fustigar, a deshacerse de
todo escrúpulo humano en nombre de los escrúpulos superiores, a atraerse el
odio de la humanidad por amor a ella, su amor abstracto y geométrico"...
porque anteriormente se ha admitido que el humanitarismo y la política son
incompatibles, así como el respeto al individuo y el progreso social. Lamentablemente, la realización de la
utopía y la supresión del castigo se posponen; con cínicas palabras se
alimentan las ilusiones mientras se "atraviesa el abismo"; el
proceso se encuentra en "la parte baja de la ola". La novela 1984
da continuidad a las de Koestler y del propio Orwell. Profetiza la historia de los traidores
encumbrados en el poder. Proyecta la
tiranía a un ámbito geográfico mucho más vasto, provista de medios de
dominación de avasalladora sofisticación.
El escaso redondeamiento de la fecha anunciada para contemplar tan
halagüeño panorama es un recurso sustancial que envuelve el proyecto
literario en una aparente precisión.
Inútil cotejarlo con la realidad actual; su exactitud no debe buscarse
en la coincidencia de los detalles políticos, tecnológicos o paisajísticos...
El vaticinio Orwelliano, al exigirse su autor interpretar los signos de su
tiempo -con la inherente inteligencia del que percibe esencialidades y la
humildad del que no es siervo de su vanidad, pues de otro modo se
arredraría-, contiene una definición posibilista -no necesaria- y negativa:
se interroga acerca de cómo podrá ser el futuro si no interviene el sujeto
social decididamente. El criterio
evaluador del éxito o fracaso de la profecía no radica en el grado de
cumplimiento de su literalidad. El
escritor, que opera en el mundo autónomo de la literatura, no es un vidente;
a lo sumo, puede cumplir la tarea que se asignaba Sócrates, ser el tábano que
aguijonea al alazán de su época.
Orwell ha pasado a la historia por ser un escritor siempre incómodo,
un tábano para la adormecida conciencia europea. De nuevo,
aparece el paralelismo con Koestler.
Uno y otro, en los decisivos años treinta y cuarenta, son testigos
lúcidos e impresionados de la evolución política del poder. Participan en la guerra española y
constatan con desolación la trágica trascendencia de su desenlace. Koestler escribe que "por última vez
se conmovió la conciencia agonizante de Europa", y Orwell recuerda haber
manifestado a su amigo Koestler que "la historia se detuvo en 1
936", y añade lo siguiente: "inmediatamente hizo un gesto de
asentimiento. Ambos pensábamos en el
totalitarismo en general". La creación
del Estado inauguró la modernidad, junto a las supuestamente superiores -por
primigenias- categorías de nación y ciudadano; aquél, sociedad política;
éstas, sociedad civil. El
protagonismo histórico ha sido para el Estado. Su racionalidad y ansia de equívoco progreso -simbolizadas por
el "bruto lógico" u hombre de Neanderthal- privan desquiciadamente
sobre el ciudadano en los tiempos que describen El cero y el infinito y Rebelión
en la granja, de manera paradigmático.
Apuntan los preparativos del cambio de la edad moderna a la
posmoderna, caracterizada por la creación de un Estado ajeno a su raíz
nacional, omnímodo y todopoderoso, total. Cuando leemos
en la fecha clave de 1984 la admonición de Orwell, afortunadamente lo hacemos
con alivio. Pero quizá olvidemos que
ni la fecha es clave ni la historia es un fin. Su función consiste en aportar una punzante metáfora de los
peligros totalitarios en su más terrorífica posibilidad, la psicológica
-ablación del Yo, de la conciencia individual-, de la era posmoderna, en la
que ya nos reconocemos inmersos por varios conceptos. Quimera, 35 (enero de 1984) 43-5 |
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“Orwell:
la biografía imposible”, Quimera,
35 (I-1984) 32-6.
“Borrar
1984. La fecha que disparó un hombre a bocajarro”, Fin de Siglo, 8 (1984) 13-7.
"Orwell
va la escuela", Cuadernos
de Pedagogía, 109 (enero de 1984) 45-9
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