Xavier Laborda Gil

 

Lingüística. Universidad de Barcelona

 

Publicaciones: artículos y capítulos

 

 

 

1984, con Orwell y sin Koestler

 

 

 

 

 

 

 

Cuando se recala en el año de la obra homónima de George Orwell, queda atrás, en el recodo inmediato del cabotaje histórico, el último acto de proyección de Arthur Koestler como "flecha en el azul".  Koestler escogió una amable muerte en su hogar.  En realidad, agotado, dejó tierra firme, se acercó a una ola que se alzaba lentamente y se dejó arrebatar por ella; su tránsito era una recurrencia de lo que sintiera Nicolás S. Rubachof, su personaje de Darkness at Noon (El cero y el infinito), en el momento de recibir el tiro de gracia: morir y volver al mar, y la conciencia de uno disolviéndose en el "leve fruncimiento de la eternidad" de una ola.

La cercanía de estos dos acontecimientos no significa recuerdo forzado ni fugaz de los autores y las obras.  La impresión de sus textos en el ánimo del lector no depende del flujo de efemérides ni otras casualidades.  Los escritos de Orwell y Koestler son una prospección alucinatoria, por clarividente, del magma político de los años treinta y cuarenta, tarea difícil no sólo por la exigencia de profundizar sino especialmente por la de hacerlo en una realidad convulsa.  Prospección y proyección, o como se diría en lingüística, explicación -de los hechos analizados- y predicción -de los venideros-.  Naturalmente, el carácter visionario de sus escritos, en especial 1984, radica en la posibilidad de su materialización metafórico, no en su necesidad, y menos en su literal concreción.

Algunas de las novelas más representativas de Koestler, Scum of the Earth (La espuma de la tierra) y El cero y el infinito, anteceden con pocos años de diferencia a Animal Farm (Rebelión en la granja) y 1984.  La contigüidad de las obras de Koestler y Orwell sería una nota superflua si no fuera compañera de afinidades más profundas: la lucha con la palabra y la acción por la democracia progresista y contra el totalitarismo; también, la amistad personal.  Con sus diferencias, un paralelismo posterior se les puede aplicar, el que se observa entre El Gatopardo de Tomasi de Lampedusa y El día del juicio de Salvatore Satta.  La analogía vivencial y literaria es en Koestler y Orwell, como en el caso de los italianos, sumamente rica.

Otro escritor italiano, Ignacio Silone, contemporáneo de Orwell y Koestler, ofrece al lector y al biógrafo abundantes pautas de concordancia, hasta establecer una triple equivalencia de conjunto.  Lo que se afirme de la trayectoria del autor de Fontamara podría aplicarse fácilmente a los escritores inglés y magiar, como es la denuncia de las humillaciones y explotación de ciertos sectores sociales, la defensa general de las libertades y la libertad humanas.  Socialismo democrático, antifascismo y anticomunismo -tras cesar Silone y Koestler en su militancia dentro del Partido Comunista.

 

 

 

 

 

ELVIEJO MUNDO

 

Con su militancia literaria aportan una perspectiva histórica, entreverado de personajes y argumentos, con la superioridad evidente de la ficción de unos maestros del estilo.

La tragedia circular de los habitantes de Fontamara pertenece a la del viejo mundo.  El nombre de la ínfima aldea y los acontecimientos que se desarrollan en un verano de los años treinta, a pesar de ser una invención del autor, han tenido su correlato real, según comprobó el propio Silone.  Los fontamareses, en su mayoría cafoni -braceros, jornaleros y artesanos pobres-, arrastran una penosa supervivencia con la resignación del que siempre ha pasado agotadoras fatigas para matar el hambre y prolongar un tramo más la cadena del endeudamiento y ve el mundo como lo ha visto y verá, un proyecto perfeccionado y cerrado.  Los viejos guardaban memoria de otro orden, si no más justo, sí más sencillo.  El señorío de la propiedad -nobleza e iglesia- establecía directamente la relación entre superiores e inferiores mediante un par de leyes clarísimas y bien conocidas.  La potestad de dictar la ley y administrarla residía en los propietarios, y todos sabían a qué atenerse.  Ello cambió cuando la ley se hizo igual para todos.  Con la llegada de los Piamonteses al mediodía italiano, el poder legal se separó de los viejos amos y se abrió la esclusa de las complicaciones y los engaños, la proliferación de normas y de oficinas e instancias judiciales, y la plétora de intermediarios o abogados, figura reverenciada por el cafone por su mágica capacidad profesional y su melifluo trato, que esconde la vampirización a que somete a los de esta clase.

Todo se sufre con la indiferencia del que sólo conoce el devenir desde el mezquino punto de vista del individuo, siempre a merced del medio político.  Todo, hasta que se experimenta un sentimiento indefinido, de zozobra y vértigo ante la aparición de incomprensibles señales que disuelven el "viejo mundo formal y solemne".  Con sobriedad Silone marca el curso de la expresión de su personaje, elemental y meridiana, en su narración de estas señales de un cambio cruel:

 

Los de la milicia hablan venido a Fontamara y habían ultrajado a varías mujeres.  Había sido un abuso abominable, aunque, en si mismo, sumamente comprensible.  Pero lo habían llevado a cabo en presencia de un comisario de policía y en nombre de la ley, y esto no era comprensible.

En Fucino, los alquileres de los pequeños colonos habían sufrido aumentos, y los de los grandes arrendatarios habían bajado: esto era, por así decirlo, natural pero la propuesta había partido del representante de los pequeños colonos, y esto no era natural en ningún sentido.

 

Son los acontecimientos dementes perpetrados por camisas negras apelando a una violenta ideología.  Su enumeración sigue así:

 

Los llamados fascistas, tal como se oía comentar, en varias ocasiones habían apaleado, herido e incluso matado a personas que no tenían cuenta pendiente. alguna con la justicia, tan sólo porque eran un estorbo para el Empresario: y esto podía hasta parecer natural.  Pero los agresores y los asesinos hablan sido premiados por las autoridades, y ese hecho era inexplicable.  Podía decirse, en fin, que todas las calamidades que nos ocurrían desde hacía algún tiempo no eran ninguna novedad.. Pero la forma que tenían de producirse era nueva y absurda, y no lográbamos explícárnosla en modo alguno.

 

 

 

 

 

 

 

NUEVOS ORDENES TOTALITARIOS

 

La historia coral de los cafoni es un símbolo primario de una época en la que se deciden la revolución y la contrarrevolución, dispuesta con una simplicidad comparable a la de las formas más arcaicas de la tragedia griega. (La aflicción que estos labriegos conocen tiene su raíz en el mismo signo que atormenta a Koestler en el campo de la concentración de Le Vernet, experiencia que relata en La espuma de la tierra).  De técnica contrapuesta se sirve Koestler para condensar la fatalidad del totalitario soviético de aquellos años.  Una atmósfera intimista y densa, vivida a través del pensamiento del protagonista, Rubachof, en un espació carcelario, resulta propicia para reflexionar acerca del fracaso de los ideales bolcheviques.

Rubachof es uno de los últimos revolucionarios históricos, pues los otros han sido depurados o han muerto por designios del Número 1. En su encarcelamiento e interrogatorio se enfrenta dialécticamente a los victimarios, ante los que claudica por lealtad al Partido.  No obstante, los recuerdos, la producción onírica y el presente se amalgaman en la maduración que Rubachof realiza del concepto de sí mismo, víctima complaciente ahora, verdugo inflexible antes.  Su detención, persuasión, autoacusación pública en los más abyectos términos y ajusticiamiento en un sórdido corredor, constituye una alegoría de la extinción de la generación de revolucionarios, de la vieja inteligencia, y el relevo en el poder de otra generación obra suya.  La vieja guardia ha sufrido la erosión de la lucha frente a los enemigos y la desintegración de su entereza por el temor a la epidémica desgracia política -negación de méritos, palabra, militancia, libertad, vida, historia- y la desmoralización de la victoria final -negación de fe, razón última.  Por la acción del tiempo, las penalidades indescriptibles y la persecución sin escrúpulos, les suceden los hijos de su revolución, inexpresivos, de una maciza amoralidad, ajenos a frívolas tentaciones de humanitarismo; éstos son la "brutal encarnación del Estado que debía su existencia a los Rubachof", reflexiona Koestler.

La perpetuación del poder, la no distinción entre los medios y los fines, la sofocación de los sentimientos, la traición a los ideales redentores.... todos estos males, aun nefandos, admiten un grado mayor de infamia, que es la extinción de la esperanza.

Lo realmente perverso consiste en conseguir la complacencia de la víctima con su derrota y el convencimiento de la bondad del acto de justicia que con él se realiza.  Esto es lo que comunica Orwell en 1984, con la conversión del "sentimental' Winston al amor del Gran Hermano por su instigador-verdugo O'Brien.

Otro tanto comunica Koestler.  Rubachof "comprende" su carácter inferior en la evolución revolucionaria.  El y los suyos son a los monos como los nuevos oficiales de "cara de cera" son al hombre de Neanderthal.  Los monos se caracterizaban por su exquisitez de movimientos, alimentación y relaciones.  Pero el contraste de su civilización con la rudeza, crueldad e indignidad animal del nuevo inquilino terrestre, que podía inducir a la apreciación de que la novedad "representaba un bárbaro retroceso en la Historia", era engañoso, asume el camarada Rubachof.  Como Winston, renuncia interiormente a toda resistencia y se apresta a disolver su individualidad en el sistema, que afirma exactamente la progresión de la humanidad en su perfección.  El hombre desaparece de todo cálculo, y lo social se expande en un movimiento estéril, mientras cada convulsión locomotriz engulle a un número indeterminado de individuos en rito energético natural.

Esta misma historia de la revolución traicionada se halla didácticamente presentada en Rebelión en la granja.  La depurada sencillez de composición y estilo de esta fábula, en grácil armonía, hace olvidar su concomitancia con el escrito de Koestler.  Posee una rara capacidad aleccionadora mediante una visión perspectiva amplia y distanciada y la intervención de un nutrido grupo de personajes zoom6rficos de intenso simbolismo.  Sus fases son conocidas (del Estado feudal al Superestado) y los elementos, recurrentes (toma de conciencia, principios ideológicos, sublevación, trabajo en común, acusaciones, deserciones, decepciones, juicios bufos, energumenismo del poder ... ).

 

 

 

 

 

 

LA PROFECIA, ANTE EL ACIERTO Y ELTERROR

 

La tesis de estos dos activistas de la libertad, Orwell y Koestler, son coincidentes.  El fracaso de la revolución radica en la perversión de los medios y la imposibilidad de separar éstos de los fines colectivos.  Un proceso corruptivo altera su función original, y el medio indigno cierra su acción sobre sí mismo para recomenzar de nuevo.  Su repetición resulta ineficaz para la consecución de los objetivos, pero muy rentable para quien dirige su viciosa circularidad, llámese Número 1, Gran Hermano o de cualquier otra forma.  Y este actor social se ve obligado a "transformarse en carnicero para terminar con las matanzas -descubre Rubachof /Koestler-, a tratar al pueblo a latigazos a fin de que éste aprenda a no dejarse fustigar, a deshacerse de todo escrúpulo humano en nombre de los escrúpulos superiores, a atraerse el odio de la humanidad por amor a ella, su amor abstracto y geométrico"... porque anteriormente se ha admitido que el humanitarismo y la política son incompatibles, así como el respeto al individuo y el progreso social.  Lamentablemente, la realización de la utopía y la supresión del castigo se posponen; con cínicas palabras se alimentan las ilusiones mientras se "atraviesa el abismo"; el proceso se encuentra en "la parte baja de la ola".

La novela 1984 da continuidad a las de Koestler y del propio Orwell.  Profetiza la historia de los traidores encumbrados en el poder.  Proyecta la tiranía a un ámbito geográfico mucho más vasto, provista de medios de dominación de avasalladora sofisticación.  El escaso redondeamiento de la fecha anunciada para contemplar tan halagüeño panorama es un recurso sustancial que envuelve el proyecto literario en una aparente precisión.  Inútil cotejarlo con la realidad actual; su exactitud no debe buscarse en la coincidencia de los detalles políticos, tecnológicos o paisajísticos... El vaticinio Orwelliano, al exigirse su autor interpretar los signos de su tiempo -con la inherente inteligencia del que percibe esencialidades y la humildad del que no es siervo de su vanidad, pues de otro modo se arredraría-, contiene una definición posibilista -no necesaria- y negativa: se interroga acerca de cómo podrá ser el futuro si no interviene el sujeto social decididamente.

El criterio evaluador del éxito o fracaso de la profecía no radica en el grado de cumplimiento de su literalidad.  El escritor, que opera en el mundo autónomo de la literatura, no es un vidente; a lo sumo, puede cumplir la tarea que se asignaba Sócrates, ser el tábano que aguijonea al alazán de su época.  Orwell ha pasado a la historia por ser un escritor siempre incómodo, un tábano para la adormecida conciencia europea.

De nuevo, aparece el paralelismo con Koestler.  Uno y otro, en los decisivos años treinta y cuarenta, son testigos lúcidos e impresionados de la evolución política del poder.  Participan en la guerra española y constatan con desolación la trágica trascendencia de su desenlace.  Koestler escribe que "por última vez se conmovió la conciencia agonizante de Europa", y Orwell recuerda haber manifestado a su amigo Koestler que "la historia se detuvo en 1 936", y añade lo siguiente: "inmediatamente hizo un gesto de asentimiento.  Ambos pensábamos en el totalitarismo en general".

La creación del Estado inauguró la modernidad, junto a las supuestamente superiores -por primigenias- categorías de nación y ciudadano; aquél, sociedad política; éstas, sociedad civil.  El protagonismo histórico ha sido para el Estado.  Su racionalidad y ansia de equívoco progreso -simbolizadas por el "bruto lógico" u hombre de Neanderthal- privan desquiciadamente sobre el ciudadano en los tiempos que describen El cero y el infinito y Rebelión en la granja, de manera paradigmático.  Apuntan los preparativos del cambio de la edad moderna a la posmoderna, caracterizada por la creación de un Estado ajeno a su raíz nacional, omnímodo y todopoderoso, total.

Cuando leemos en la fecha clave de 1984 la admonición de Orwell, afortunadamente lo hacemos con alivio.  Pero quizá olvidemos que ni la fecha es clave ni la historia es un fin.  Su función consiste en aportar una punzante metáfora de los peligros totalitarios en su más terrorífica posibilidad, la psicológica -ablación del Yo, de la conciencia individual-, de la era posmoderna, en la que ya nos reconocemos inmersos por varios conceptos.

 

Quimera, 35 (enero de 1984) 43-5

 

 

 

 

 

 

 

 

“Orwell: la biografía imposible”, Quimera, 35 (I-1984) 32-6.

Borrar 1984. La fecha que disparó un hombre a bocajarro”, Fin de Siglo, 8 (1984) 13-7.

"Orwell va la escuela", Cuadernos de Pedagogía, 109 (enero de 1984) 45-9

 

 

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