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Lingüística. Universidad de
Barcelona |
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La
caza del snark Agonía
en ocho cantos Lewis
Carroll Ilustraciones de Henry
Holliday, originales de la primera edición inglesa. Edición bilingüe, en
inglés y en castellano Edición de M. E. Frutos y
X. Laborda Barcelona, Mascarón, 1982; 91 pág. |
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Portada de la edición, con la
ilustración del desembarco de uno de los miembros de la expedición, el
banquero, a manos del capitán |
Índice
Introducción de
la edición castellana
Dedicatoria
Canto primero:
el desembarco (versión castellana)
Canto segundo:
el discurso del capitán
Canto tercero: la
historia del panadero
Canto cuarto:
la caza
Canto quinto:
la lección del castor
Canto sexto: el
sueño del abogado
Canto séptimo:
el destino del banquero
Canto octavo:
la desaparición
INTRODUCCIÓN DE LA EDICIÓN CASTELLANA
En 1982, año de
esta edición de La caza del snark, se
cumple el ciento cincuenta aniversario del nacimiento del reverendo Charles
Lutwidge Dodgson (1832-1898). Este oscuro diácono y profesor de matemáticas del
Christ Church College de Oxford se hizo célebre bajo el seudónimo de Lewis
Carroll. Aficionado como era a los acertijos y los juegos de palabras, no podía
incurrir en al vulgaridad de una caprichosa elección de su nombre literario.
Tradujo sus dos nombres al latín, invertido el orden, con el resultado de Ludovico Carolus; y, a continuación, los
convirtió en sajones, esto es, Lewis
Carroll.
Los lugares
comunes de una cultura tienen la función de favorecer la feliz concurrencia
espiritual y el reconocimiento humano, para constituir la vivas raíz de tallos
divergentes. Carroll tiene el merecimiento de ser uno de esos tópicos o lugares
comunes. Sus escritos son muy citados, especialmente en el mundo anglosajón.
Menciona el artista Henry Holliday, ilustrador de la edición original de La caza del snark, el caso de un estudiante
de Oxford que sabía de memoria el libro; a esa persona le sucedía que, ante
cualquier incidente de la vida diaria, siempre le venía a la memoria algún
verso del poema que resultaba perfectamente adecuado. También, en cierta
ocasión, el Presidente Roosevelt expresó a un comensal de la Casa Blanca su
satisfacción por poder citarle el Snark
sin necesidad de mayores explicaciones. Y añadió:
¿Creería usted
que nadie de la Administración ha oído hablar de Alicia, y mucho menos del
snark. Y, cuando el otro día dije al ministro de Marina: “Señor ministro, Lo que digo tres veces es verdad”, no
entendió la alusión y contestó en tono ofendido: “¡Señor Presidente, nunca se
me habría ocurrido poner en duda su veracidad!”
Estas dos
anécdotas, que incluye Martin Gardner en sus excelentes comentarios a la obra
de Carroll, son una pequeña muestra. Ejemplifican la versatilidad de sus frases
y el placer que proporciona su mención. Tal vez sean éstas las razones por las
que un sinnúmero de publicaciones científicas, y de toda índole, se inicien con
una cita de Lewis Carroll. Y éstas suelen consistir en paradojas, frases
absurdas en apariencia, pero formalmente correctas e instructivas.
Lo absurdo y lo
lúdico. He aquí dos principios observados profundamente por Carroll en su mundo
de ficciones literarias. ¿No es acaso La
caza del snark el disparate de un espíritu encantadoramente travieso? Este
espíritu podría compararse con el de un arquitecto delirante que empieza a
construir el edificio por su tejado, para luego ir improvisando un diseño
imposible, que, al igual que los grabados de Escher, mezclan las tres
dimensiones espaciales una continuidad sin fin. Carroll no se contentó
únicamente con ofrecernos una historia que provoca la confusión y la sonrisa,
sino que además empezó a escribirla por el último verso de la último estrofa.
Él mismo lo contaba así:
Caminaba por
una ladera, solo, un día luminoso de verano, cuando se me ocurrió un verso, un
único verso: El snark era un búcham¸ como
bien suponéis. Entonces no sabía lo que significaba; pero lo anoté. Y,
algún tiempo después, se me ocurrió el resto de la estrofa, de la cual el verso
mencionado resultó ser el último. Y así, paulatinamente, en momentos de ocio de
los dos años siguientes, el resto del poema fue encajando hasta completarse, y
la estrofa en cuestión fue la última.
Esta curiosa
manera de componer culminó en marzo de 1876 con la publicación de la obra. ¿Y
qué es La caza del snark? Es un poema
dividido en ocho cantos, sin número fijo de estrofas, que refiere la aventura
de una heterogénea tripulación a la búsqueda y captura de un animal mitológico,
el snark. “Snark” es una palabra maletín, que consiste en condensar dos o más
formas léxicas en una sola palabra. Carroll se complació en acuñar muchas de
estas palabras maletín, todo un fenómeno de economía semántica. Snark es un
compuesto de snake (serpiente) y shark (tiburón), con el que denominó a
una criatura híbrida, un monstruo deliberadamente inimaginable. Otros ejemplos
de palabras maletín que hallamos en el poema son malhuriosa [malhumorada+furiosa] o misrívolo [miserable+frívolo]
El Snark es un poema épico: narra la
enigmática hazaña de la caza de un animal desconcertante. Por consiguiente, los
caracteres que sintetizan su esencia son lo épico y lo misterioso. Y estos dos
rasgos nos abren las puertas de un universo caótico, de un mundo deliciosamente
absurdo, conjugador de elementos racionales e irracionales, que se nos
presentan como un producto de la actividad onírica u que se asemeja a la
contemplación de lo que está al otro lado del espejo.
Tal vez, con
estos juegos de mixtificación de lo real
recuperase interiormente Carroll su zurdera, proscrita y dominada en el
colegio. Esta afirmación es una mera conjetura, pero hay dos aspectos de este
poema que tienen una clara defensa. El primero se refiere al lúcido
distanciamiento respecto de la razón canónica, de lo considerado natural,
correcto, racional y necesaria. El segundo aspecto se centra en la elaboración
poética de la obra. El libro posee una belleza formal y una vivacidad en su
estilo que resulta cautivador. El ritmo y la rima consiguen una musicalidad
espontánea y alegre. La acción se sucede con rapidez y concisión. Y nos
sumergimos en ella mediante una apretada consecución de situaciones
inesperadas. Las secuencias son intensas y se agotan vertiginosamente.
La traducción
de esta versión no se atiene a la rima, aunque sí busca recrear el ritmo y la
musicalidad originales. La palabras maletín tienen su conversión a términos
afines, que no idénticos, por lo cual se ofrece ciertos neologismos. Ello no
afecta a las denominaciones de los animales fantásticos, salvo que su grafía
original dificulte la correcta pronunciación; en este caso, se ha reformado el
nombre para conservar así su fonética. Como muestra, ofrecemos el último y
famoso verso de la obra, que esta versión se lee de la siguiente manera: “el
snark era un búcham¸ como bien suponéis”. Traduce el verso que en inglés rezaba
así: the Snark was a Boojum, you see.
El relato de La caza del snark es un texto singular y
apasionante. Resulta singular porque contiene humor, ingenio, cultivo del
absurdo, invención de términos y la creación de un ambiente irreal habitado por
unos personajes delirantes. El efecto que en el lector ejerce esa fórmula
carroliana, llevada al extremo en este poema épico, es una fascinanción
intensa. Al placer de seguir una acción desbocada se suma la perplejidad ante
su significado. Esta perplejidad es un incentivo de la lectura, pues incita al
juego de buscar sentido a las situaciones y, muy especialmente, al desenlace de
la acción.
¿Qué
significado tiene la historia? ¿Qué representan los personajes de la
expedición? ¿A qué simbolismo remiten los animales fantásticos que aparecen en
el poema? La interpetación de La caza del
snark es una actividad inagotable y, a la vez, una invitación a reflejar
las ilusiones y los temores de cada cual en estas agradecidas páginas de Lewis
Carroll.
LA
CAZA DEL SNARK
Agonía
en ocho cantos
Lewis
Carroll
Ataviada con traje de varón,
adecuado a sus varoniles
ocupaciones, esgrime con
entusiasmo el azadón.
Pero le encantaría
recostarse en la amistosa rodilla
y escuchar el cuento que a
él le gusta contar.
Rudos espíritus abocados a
vanas quimeras
e indiferentes a su impoluta
vivacidad,
decidme si consideráis que
he desperdiciado
horas de mi vida vacías de
todo placer.
Sigue hablando, dulce niña,
y rescata del tedio corazones
que sabias conversaciones no
rescatan.
Feliz aquél que posee la más
tierna dicha:
¡el amor de una niña!
Alejaos, apasionados
pensamientos, ¡no turbéis más mi alma!
El trabajo reclama mis
desveladas noches, mis afanosos días.
Mas los radiantes recuerdos
de esa soleada playa
aún hechizan mi soñadora
mirada.
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La tripulación estaba completa. |
EL DESEMBARCO
“¡Excelente lugar para el
snark!”, exclamó el capitán,
a la vez que desembarcaba
con sumo cuidado a su tripulación:
ensortijando los cabellos de
cada marinero en su dedo,
les ponía fuera del alcance
de la olas.
“¡Excelente lugar para el
snark!”, repitió,
como si esta sola frase
debiera estimular a la tripulación.
“¡Excelente lugar para el
snark!, y lo digo por tercera vez.
Recordad, todo lo que os
diga tres veces es siempre verdad.”
La tripulación estaba
completa. Contaba con un limpiabotas,
un sombrerero que también
hacía capuchas;
un abogado, a quien trajeron
para que pusiera orden en sus
disputas; y un tasador, para
que valorase sus pertenencias.
Un empleado de los billares,
hombre de inmensa habilidad,
y que quizás se habría hecho
con algo más de lo que
le correspondía de no haber
sido por un banquero, contratado
con un enorme gasto, y que
era quien administraba el dinero.
Un castor también había, que
marcaba el paso sobre la
cubierta y que, a veces, se
sentaba en la proa a hacer encaje.
A menudo les había salvado
del naufragio, según explicó el
capitán, aunque ninguno de
los marineros supo cómo.
Había un tipo famoso por la
cantidad de cosas
que olvidó en tierra al
embarcar
su paraguas, su reloj, todas
sus alhajas y anillos
y la ropa que había comprado
para la expedición.
Tenía cuarenta y dos baúles,
todos cuidadosamente
embalados y con su nombre
claramente rotulado en ellos;
pero, como omitió decir que
los tenía,
todos se quedaron en la
playa.
En realidad, apenas le
importó la pérdida de sus ropas,
pues cuando embarcó traía
puestos siete abrigos
y tres pares de botas. Lo
peor de todo fue
que… ¡había olvidado
completamente su nombre!
Respondía al grito de “¡eh!”
o a cualquier grito fuerte,
como “¡fríame!” o “¡fría mi
peluca!”
También, al de “¡como se
llame!” o “¿cuál era su nombre?”,
pero especialmente a “¡como
diantre se llame!”
Mientras que, para aquellos
que preferían palabras más
concluyentes, tenía varios
nombres; por ejemplo,
sus amigos más íntimos le
llamaban “velilla”
y sus enemigos “queso
tostado”.
“Su aspecto es desgalichado
y su intelecto corto”,
solía hacer notar a menudo
el capitán,
“pero su valor es perfecto
y, después de todo,
esto es lo que se necesita
con un snark.”
Solía bromear con las hienas
y les sostenía la mirada,
con un impúdico movimiento
de cabeza.
Y cuentan que una vez fue a
pasear, zarpa con zarpa, con un
oso, “para mantener el
ánimo”, según explicó.
Vino de panadero, y confesó
cuando era demasiado tarde
—con lo que volvió medio
loco al pobre capitán—
que sólo sabía hacer tarta
nupcial, para lo cual debo decir
que ni había ni iba a haber
ingredientes.
El último miembro de la
tripulación necesita descripción
especial, aunque tenía un
increíble aspecto de zopenco.
No tenía más que una idea,
que era la del snark;
por ello el buen capitán le
contrató al momento.
Vino de carnicero, pero
declaró con gran seriedad,
cuando hacía una semana que
el barco había zarpado,
que sólo sabía matar
castores. El capitán se asustó:
vamos, que estaba demasiado aterrado
para hablar.
Pero finalmente explicó, en
tono trémulo
que sólo había un castor a
bordo,
que era de su propiedad y
tenía domesticado,
y cuya muerte deploraría
profundamente.
El castor, que casualmente
oyó esta observación,
protestó con lágrimas en los
ojos
y dijo que ni siquiera el
éxtasis de cazar el snark
podría compensar la funesta
sorpresa.
Exigió enérgicamente que se
transportase
al carnicero en un barco
aparte.
Pero el capitán se negó a
tomar tal precaución
porque no convenía al plan
de la expedición.
“¡La navegación es siempre
un difícil arte,
incluso con un sólo barco y
una sóla campana!”, exclamo
el capitán, por lo que
lamentaba tener que declinar
el hacerse cargo de otro
más.
Lo mejor que podía hacer el
castor, sin duda alguna,
era procurarse un abrigo de
segunda mano a prueba de
cuchillos. Este fue el
consejo del panadero. Y luego, que se
hiciera un seguro de vida en
alguna compañía de renombre.
Esto sugirió el banquero y
le ofreció en alquiler,
a precio módico, o en venta
dos excelentes pólizas: una
contra incendios
y otra contra daños por el
granizo.
Aún ahora, desde aquel
triste día,
siempre que el carnicero
aparecía por allí,
el castor miraba hacia el
lado contrario
y se mostraba indeciblemente
tímido.
EL DISCURSO DEL CAPITÁN
Al capitán todos le ponían
en el alto candelero.
¡Qué porte, qué soltura y
qué gracia!,
y ¡tan solemne también!
Cualquiera podía ver que
era un sabio sólo con
mirarle a la cara.
Había comprado un gran mapa
que representaba el mar
y en el que no había
vestigio de tierra;
y la tripulación se puso
contentísima al ver
que era un mapa que todos
podían entender.
“¿De qué sirven los polos,
los ecuadores,
los trópicos, las zonas y
los meridianos de Mercator?
Así gritaba el capitán. Y la
tripulación respondía:
“¡No son más que signos
convencionales!”
“¡Otros mapas tienen formas,
con sus islas y sus cabos!
¡Pero hemos de agradecer a
nuestro valiente capitán
el habernos traído el mejor
—añadían—,
uno perfecto y absolutamente
en blanco!”
Esto era encantador, sin
duda, pero enseguida descubrieron
que su capitán, en quien
todos confiaban ciegamente,
sólo tenía una noción de
cómo cruzar el Océano,
y ésta era ir tocando la
campana.
Era pensativo y serio, pero
las órdenes que daba
bastaban para desconcertar a
toda la tripulación.
Cuando ordenaba: “¡Rumbo a
estribor, pero mantengan la
proa a babor!”, ¿qué diablos
debía hacer el timonel?
También, a veces, solían
confundir el bauprés y el timón,
cosa que, según hizo notar
el capitán, ocurría
con frecuencias en climas
tropicales cuando el barco
está, por así decirlo,
“esnarkado”.
Pero el problema principal
estaba en la navegación,
y el capitán, perplejo y
acongojado,
confesó que esperaba que, al
menos, cuando el viento soplara
hacia el este, el barco no
enfilara hacia el oeste.
Pero el peligro había
pasado; por fin habían desembarcado
con sus baúles, maletas y
sacos.
Sin embargo, la tripulación
no quedó complacida con lo que
a primera vista descubrió:
¡despeñaderos y precipicios!
El capitán intuyó que
estaban bajos de moral
y, con tono musical, les
explicó algunos chistes
que reservaba para momentos
de infortunio.
Pero la tripulación no dejó
de lamentarse.
Sirvió a todos generosas
copas de ponche
y les propuso sentarse en la
playa.
Y todos convinieron en que
su capitán tenía un porte
sublime, allí firme,
aprestándose a soltar su discurso.
“¡Amigos, romanos y
paisanos, prestadme vuestros oídos!”
(Todos eran muy aficionados
a las citas;
así pues, brindaron a su
salud y le dieron tres hurras.
Él, agradecido, les sirvió
algo más de ponche.)
“¡Hemos navegado muchos
meses, hemos navegado muchas
semanas (cuatro semanas cada
mes, recordadlo),
pero hasta el momento (y os
lo dice vuestro capitán)
ni hemos visto ni olido al
snark!”
“¡Hemos navegado muchas
semanas, hemos navegado muchos
días (siete días cada
semana, os lo aseguro),
pero hasta ahora ni un snark
sobre el que posar nuestra
amorosa mirada!”
“Venid y escuchad mientras
os repito
las cinco señales
inconfundibles
por las que reconoceréis con
plena garantía,
donde quiera que estéis, el
genuino snark.
“Digámoslas por orden. La
primera es su sabor,
que es escaso y hueco, pero
crujiente
como un abrigo que estuviese
demasiado ajustado en la
cintura, con aroma a fuego fatuo.
“Tiene el hábito de
levantarse tarde;
estaréis de acuerdo en que
lo lleva demasiado lejos
cuando os diga que, a
menudo, se desayuna para el té de las
cinco y que come al día
siguiente.
“La tercera es su lentitud
para entender un chiste.
Si te aventuras a explicarle
uno,
suspirará como lo haría
alguien profundamente desdichado,
y siempre se pone serio ante
un juego de palabras.
“La cuarta es su afición a
las máquinas de baño.
¡Siempre carga con una tras
él!
Y está convencido de que
añaden belleza al panorama;
una opinión discutible, a mi
entender.
“La quinta es la ambición.
Ahora convendrá
describir las diferentes
especies,
distinguiendo los que tienen
plumas y muerden
de aquellos otros que tienen
bigotes y arañan.
“Pues aunque los snarks corrientes
no hacen ningún daño,
creo que es mi obligación
advertir que algunos son
buchams…” El capitán se
interrumpió alarmado.
¡El panadero se había
desmayado!
LA HISTORIA DEL PANADERO
Le despertaron con
bizcochos; le animaron con hielo,
les despertaron con mostaza
y con berros;
le animaron con mermeladas y
con juiciosos consejos,
y le pusieron acertijos para
que los adivinara.
Cuando por fin se incorporó
y pudo soltar palabra,
ofreció explicarles su
triste historia.
Y el capitán gritó:
“¡Silencio! No quiero oír ni una mosca”,
y agitó su campana con gran
excitación.
Se hizo un supremo silencio.
Ni un chillido, ni un giro,
apenas algún que otro
lamento o gemido se oyó…
mientras el hombre a quien
llamaban “¡Eh!” explicó
su calamitosa historia con
antediluviana entonación.
“Mi padre y mi madre eran
pobres, pero honrados.”
“¡Ahórranos todo eso!”,
bramó impaciente el capitán.
“Si se nos hace de noche ya
no habrá posibilidad de ver al
snark, No podemos perder ni
un momento.”
“Me saltaré cuarenta años”,
dijo casi llorando el panadero,
“y seguiré adelante sin
hacer más observaciones
hasta el día en que me
enroló en su navío
para ayudarle en la caza del
snark”.
“Un tío mío muy querido
(precisamente llevo su mismo
nombre) observó, cuando nos
despedíamos…”
“¡Oh, sáltate también a tu
querido tío!”,
exclamó furioso el capitán
mientras tocaba la campana.
“Me hizo notar entonces”,
continuó diciendo aquel santo
varón: “Si un snark es un
snark, está bien. Tráelo a casa
por todos los medios: puedes
servirlo con ensalada
y también vale para encender
el fuego.
“Puedes buscarlo con dedales
y buscarlo también con
cuidado. Puedes perseguirlo
con tenedores y esperanza.
Puedes amenazarlo con una
acción de los ferrocarriles
y puedes cultivarlo con
sonrisas y jabón.”
“¡Ese es exactamente el
método!, aseguró el capitán
en un súbito paréntesis,
“Así es exactamente como
siempre me han dicho que
debería
intentarse la captura del
snark.”
“Pero, ¡oh refulgante
[refulgente+fulgurante] sobrino mío!, ¡guárdate bien
si tu snark es un búcham!,
porque entonces
súbita y suavemente
desaparecerás,
¡y no aparecerás nunca
jamás!”
“Esto es…, esto es lo que
oprime mi alma
al recordar las últimas
palabras de mi tío.
Mi corazón se asemeja a un
cuenco
rebosante de cuajos
palpitantes.”
“Esto es…, esto es…” “¡Ya
nos lo has dicho antes!”,
dijo indignado el capitán.
Y el panadero contestó:
“Déjeme decirlo otra vez.
Esto es…, esto es lo que me
produce pavor.”
“Todas las noches entablo en
sueños
una lucha delirante con el
snark.
Y en esas fantasías lo sirvo
con ensalada
y lo uso para encender
fuego.
“Pero si alguna vez tropiezo
con un búcham, ese día,
al momento (de eso estoy
seguro),
súbita y suavemente
desapareceré.
¡Y esa idea no la puedo
soportar!”
LA CAZA
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Buscadlo con dedales; buscadlo con cuidado. |
El capitán frunció el ceño y
arqueó una ceja.
“¡Ya podías haber hablado
antes!
¡Es excesivamente torpe
mencionarlo ahora que,
por así decirlo, tenemos al snark
al alcance de la mano!
“Nos entristeceríamos mucho,
como puedes figurarte,
si nunca más se te volviera
a encontrar.
Pero, sin duda, amigo,
podrías haberlo mencionado
cuando empezó la expedición.
“Es excesivamente torpe
mencionarlo ahora,
como creo haberte dicho ya.”
Y el hombre a quien llamaba
¡Eh! Replicó suspirando:
“Le informé el mismo día en
que embarqué.
“Podéis acusarme de
asesinato o de falta de buen sentido;
todos somos débiles en
ocasiones.
Pero entre mis defectos
jamás estuvo dar falsas excusas.
“Lo dije en hebreo, luego en
holandés,
después en alemán y en
griego también;
pero olvidé completamente, y
eso me mortifica,
¡que es inglés lo que habla
usted!”
“Es una historia muy
triste”, dijo el capitán,
con una cara larguísima,
“pero ahora que has
terminado de contar tu caso
sería simplemente absurdo
alargar el debate.
“El resto de mi discurso
—les explicó—,
lo oiréis cuando tenga
tiempo para contároslo.
Pero el snark está cerca,
permitidme que os lo repita,
¡y es vuestra gloriosa
obligación encontrarlo!”
“Buscadlo con dedales;
buscadlo con cuidado;
acosadlo con tenedores y
esperanza;
amenazadlo con una acción de
los ferrocarriles;
cautivadlo con sonrisas y
jabón.
“Ya que el snark es una
criatura muy peculiar,
que no se deja atrapar de
cualquier manera,
haced todo cuanto sepáis, e
intentad todo cuanto no sepáis.
¡Hoy no debemos desperdiciar
ninguna oportunidad!”
“Pues Inglaterra espera… ¡Me
abstengo de seguir!
Esta es una frase tremenda,
pero trasnochada.
Así que lo mejor será que saquen
de sus equipajes
cuanto necesiten y se
pertrechen para la lucha.”
Entonces el banquero endosó
un cheque en blanco y lo barró,
y cambió su calderilla en
billetes.
El panadero peinó con esmero
sus bigotes y su pelo,
y se sacudió el polvo de los
siete abrigos.
El limpiabotas y el tasador
afilaban el azadón,
turnándose en la rueda de
afilar.
Sin embargo, el castor
siguió haciendo encaje
y no demostró interés por el
asunto,
a pesar de que el abogado
intentó apelar a su orgullo,
y en vano le fue citando
varios casos que demostraban
que hacer encaje infringía
la ley.
El que hacía sombreros,
hecho una fiera, pensaba
cómo colocar lacitos de una
manera nueva,
mientras que el empleado de
los billares, con mano
temblorosa se pintaba con
tiza la punta de la nariz.
El carnicero se pudo
nervioso y se vistió, con mucha
elegancia, guantes de
cabritilla y una gorguera bien rizada.
Dijo que se sentía como
quien va a cenar fuera,
a lo que el capitán
respondió que era una bobada.
“Presentádmelo”, dijo,
“si por casualidad lo
encontramos juntos.”
Y el capitán, asintiendo
sagazmente con la cabeza,
dijo: “Eso depende del
tiempo que haga.”
El castor simplemente siguió
desfilando con aire triunfal
al ver al carnicero tan
tímido;
e incluso el panadero,
aunque era estúpido y gordo,
se esforzó en guiñar un ojo.
“¡Sé un hombre!”, bramó
iracundo el capitán
al ver que el carnicero
comenzaba a gimotear.
“Si encontramos un chabchab,
ese desesperante pájaro,
¡necesitaremos de todas
nuestras fuerzas para la tarea!”
LA LECCIÓN DEL CASTOR
Lo buscaron con dedales, lo
buscaron con cuidado.
Lo persiguieron con
tenedores y con esperanza.
Lo amenazaron con una acción
de los ferrocarriles.
Lo cautivaron con sonrisas y
jabón.
Entonces al carnicero se le
ocurrió un ingenioso plan
para hacer una incursión por
su cuenta;
y eligió un lugar poco
frecuentado por el hombre:
un lúgubre y desolado valle.
Pero al castor se le había
ocurrido el mismísimo plan
y había escogido el
mismísimo lugar.
Sin embargo, ninguno reveló,
con gestos o con palabras,
el disgusto que reflejaban
sus caras.
Ambos tenían una única idea:
el snark
y la gloriosa tarea del día;
y cada uno intentó aparentar
que no se daba cuenta
de que el otro iba por el
mismo camino.
El valle comenzaba a
estrecharse, y aún se estrechó más,
y el atardecer se hizo más
frío y oscuro,
hasta que, debido a los
nervios, no a su buena voluntad,
terminaron por avanzar
hombro con hombro.
Entonces, un alarido
profundo y penetrante desgarró el
estremecido cielo, y ellos
supieron que algún peligro les
acechaba. El castor
palideció hasta la punta de su cola,
ý hasta el carnicero sintió
una extraña desazón.
Pensó en su infancia, dejada
atrás ya hacía mucho,
esa etapa inocente y feliz.
El sonido le recordó
vivamente
el rechinar de un lápiz
sobre la pizarra.
“Es la voz del chabchab”,
gritó de repente
el hombre a quien solían
llamar zopenco.
Y añadió con orgullo: “Como
os diría el capitán,
ya expresé mi opinión una
vez.
“¡Es el canto del chabchab! Id
contando, os lo suplico,
y veréis que os o he dicho
dos veces.
“¡Es la canción del
chabchab! La prueba es total,
pues con ésta os lo he dicho
tres veces.”
El castor había contado con
escrupuloso cuidado,
escuchando cada palabra;
pero claramente se descorazonó
y silbinchó [silbar+deshincharse]
desesperado al oír la
tercera repetición.
A pesar de los esfuerzos que
aplicó al empeño,
se dio cuenta de que había
perdido al cuenta;
y ahora lo único que podía
hacer era exprimir sus pocos sesos
y empezar a contar otra vez.
“Sumaré dos más uno, si es
que sé hacerlo
con los dedos y los
pulgares”, se dijo,
recordando con lágrimas en
los ojos cómo
años atrás había descuidado
la aritmética.
“Eso puede hacerse”, dijo el
carnicero.
“Creo que ha de hacerse,
estoy seguro.
¡Se hará!
Tráeme la mejor tinta y
papel que encuentres.”
El castor trajo papel,
carpeta, plumas
y tinta, para que no faltara
de nada.
Y mientras calculaban,
extrañas criatura reptantes
salían de sus madrigueras y
les miraban con ojos de sorpresa.
El carnicero estaba tan
absorto escribiendo, con una pluma
en cada mano, que ni reparó
en ellas,
y se explicaba en un estilo
tan sencillo
que el castor comprendía muy
bien.
“Tomaremos el tres como
objeto de nuestro razonamiento;
me parece un número muy conveniente.
Tras sumarle siete y diez,
lo multiplicaremos por mil
menos ocho.
“Dividiremos, como verás, el
producto
por novecientos noventa y
dos.
Luego le restaremos
diecisiete, y la respuesta
debe ser exacta y
perfectamente verdadera.
“Te explicaría encantado el
método empleado,
ahora que aún me acuerdo muy
bien:
pero ni tengo tiempo, ni tu
tienes cerebro.
¡Y habría tanto que
explicar!
“En un momento he desvelado
lo que
hasta ahora estaba envuelto
en el misterio,
y por el mismo precio te
daré
una lección de historia
natural.”
Y siguió el carnicero con
brillantez diciendo así,
sin tener en cuenta las
normas de urbanidad,