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Lingüística. Universidad de
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Diario
de un viaje a rusia Lewis
Carroll Introducción de X. Laborda Traducción de M. Frutos y
X. Laborda |
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Portada de Ripoll Arias |
Barcelona, Mascarón, 1983; 127 pág. |
INTRODUCCIÓN
El Diario de un viaje a Rusia (1867) es un
texto imprescindible para los amantes de Lewis Carroll, pues nos descubre la verdadera
personalidad de Dodgson, la otra parte de la fascinante dualidad
Dodgson-Carroll. Si las Alicias o el Snark
determinan la auténtica dimensión de Carroll, el Diario de un viaje a Rusia es la expresión de la parte convencional
de esta doble personalidad.
El viaje a
Europa oriental de Carroll es una transición entre Alicia en el país de las maravillas y A través del espejo. ¿Quién diría al leer este diario que quien
viaja es el autor de esas otras obras? Se diría que el espíritu que anima al
autor de las Alicias fuera un sobretodo que Dodgson dejara colgado de un
perchero de sus habitaciones del Christ Church College.
El circunspecto
viajero trasluce en su diario maneras clericales y profesorales en su visita de
Berlín, Petersburgo y Moscú,. Visita iglesias, monasterios y otros lugares de
piedad. Se interesa de manera sincera por la liturgia católica y ortodoxa.
También acude a teatros a la menor oportunidad, sin importarle que la
representación sea en ruso, francés o alemán; de estas funciones gusta recoger
un comentario crítico y, en especial, de las actuaciones infantiles de calidad.
Asimismo, satiriza con simpatía situaciones, pícaros y usos sociales.
Los dos meses
de viaje, del 12 de julio al 13 de septiembre de 1876, están escrupulosamente
registrados con fechas y horarios. Y el diario es un testimonio singular de su
primer viaje al extranjero. Es un texto escasamente conocido en la cultura
inglesa. Y fue un material privado hasta su relativamente reciente publicación,
realizada en 1935 por John Francis McDermott.
Dodgson viaja
junto con un amigo, el deán Liddon. Con gran facilidad atraviesan Europa hasta
llegar a la Rusia zarista. El conocimiento de lenguas clásicas, sobrados
rudimentos de francés y alemán, y la buena disposición para retener algunas
palabras del ruso, les permite desenvolverse muy bien, no sólo en las tareas
prácticas, sino también en ilustradas conversaciones con sus distinguidos
anfitriones y con compañeros ocasionales de viaje.
Resulta curioso
leer cómo Dodgson se las tiene con un cochero por una diferencia en el precio
de la carrera. Así se describe en este pasaje del diario:
El conductor
empezó diciendo sorok (40) cuando
bajé. Era el aviso de la tormenta que se avecinaba, pero yo no presté atención
y tranquilamente le di los 30. Los recibió con desdén y resignación y,
sosteniéndolos en su mano abierta, pronunció un elocuente discurso en ruso del
que destacaba la idea de sorok. (…)
Me limité a coger los 30, volver a meterlos en el monedero y contar 25 esta
vez. Al hacerlo me sentí como quien tira del cordón de la ducha.
Yo le dije en
muy mal ruso que le había ofrecido 30 una vez. Pero que no lo haría otra; esto,
obviamente, no le pacificó. El sirviente del señor Mur le dijo lo mismo sin ahorrar
palabras, pero no consiguió que lo viera de forma adecuada. Hay personas muy
difíciles de contentar.
Divierte ver a
Carroll obstinado en inculcar buenos modales comerciales con su flema y sorna
británicas. Se revela aquí también como un buen semiótico al reconocer la
elocuencia extralingüística de un discurso ininteligible.
En otra
ocasión, la barrera idiomática fuerza a los viajero ingleses a exprimir su
ingenio. Y Carroll aprovecha esta anécdota para reflexionar irónicamente sobre
la relatividad del progreso. Los viajeros han sido agasajados en una casa
particular. Llegado el momento de marcharse, han de recuperar el abrigo de
Liddon, pero el señor ha tenido que ausentarse y la criada no habla más que
ruso. La escena sucede de este modo:
Liddon empezó
por exhibir su chaqueta, gesticulando mucho, incluso medio quitándosela. Para
nuestro deleite, ella pareció entender en el acto: salió de la habitación para
volver al momento con… ¡un gran cepillo de ropa! Ante esto, Liddon realizó una
demostración más enérgica. (…) Una vez más el brillo de la inteligencia iluminó
las sencillas pero expresivas facciones de la joven; esta vez tardó mucho más
tiempo en volver y lo hizo trayendo, para nuestra consternación, un enorme
colchón y una almohada, y empezó a preparar un sofá para la siesta(…). Se me
ocurrió una idea feliz y apresuradamente dibujé un apunte que representaba a
Liddon con una chaqueta puesta, recibiendo una segunda y más grande de manos de
un benigno campesino ruso. El lenguaje jeroglífico tuvo éxito donde todos los
otros medios habían fracasado y volvimos a Petersburgo con la humillante
certeza de que nuestro estándar de civilización se reducía la nivel de la
antigua Nínive.
A los oídos de
estos súbditos británicos casi resulta inconcebible el uso exclusivo del ruso.
Como sea que dignidades eclesiáticas y burgueses les reciben y acompañan en sus
visitas, es posible que el trato con esas personas cultas, exquisitas y, por
encima de todo, políglotas, provoque un agudo contraste en su trato esporádico
con las clases subalternas. Dodgson y Liddon se asombran cuando tropiezan con
hablantes monolingües. Visitando un apartado monasterio, su acompañante les
“dejó en manos de un monje ruso —uno auténtico, uno que desconocía todas las
demás lengua”, anota Dodgson. Se sienten desolados, pues sufren la repentina
desaparición de su civilización. Y literalmente se ven como Robinsones, al poco
de naufragar en la isla desierta.
El diario acaba
con unas líneas que eluden el distanciamiento y la ironía del resto de páginas.
Es la alegría de la vuelta a casa de su primer viaje al extranjero:
A las siete de
la tarde dejé el Hotel des Deux Mondes y salí hacia Calais, adonde llegué
después de un tranquilo y somnoliento viaje, sobre las dos de la madrugada.
Tuvimos una agradabilísima travesía y una noche de clara luz de luna; la luna
brillaba con todo su esplendor como si quisiera recuperar el tiempo perdido
durante el eclipse que había padecido cuatro horas antes. Permanecí en la proa
durante casi toda la travesía hablando a ratos con el marinero vigía; otras
veces, contemplando, en esta última hora de mi primer viaje al extranjero, las
luces de Dover, que lentamente se ampliaban en el horizonte, como si el viejo
país estuviese abriendo los brazos para recibir a los hijos que volvían al
hogar, hasta que finalmente las luces se destacaron con la claridad de los dos
faros de los acantilados. Entonces, lo que había sido únicamente el destello de
una línea sobre el agua oscura, como un reflejo de la Vía Láctea, cobró forma y
sustancia en las luces de las casas de la orilla, hasta que la tenue línea
blanca tras de ellas, que al principio sólo parecía una neblina serpenteando en
el horizonte, fue al fin visible en el gris crepúsculo: los blancos acantilados
de la vieja Inglaterra.
Así concluye el
apasionante diario del viaje a Rusia de Lewis Carroll, es decir, de Charles
Lutwidge Dodgson. Fue su primer viaje fuera del Reino Unido. Era un hombre joven; tenía
35 años. Pero, en realidad, fue el único viaje al extranjero que hizo. Con la
imaginación hizo otros más, pero ello pertenece al capítulo de la literatura.
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