Xavier Laborda Gil

 

Lingüística. Universidad de Barcelona

 

 

 

 

 

 

 

el sacapuntas

 

inventario inútil de despropósitos, impertinencias, utopías y mitos

 

fabricio caivano

 

 

 

Ilustraciones de Carlos Romeu

Compilación y presentación de Xavier Laborda. Prefacio de Manuel Colomina.

Madrid, Ministerio de Educación y Ciencia, 1988

 

 

La vida prepara la escuela

 

Hay que cambiar la proposición clásica de que la escuela prepara para la vida. Ya no vale para estos tiempos que corren. Hasta hace pocos años se aceptaba con resignado cálculo el aplazamiento de vivir que la escuela proponía. Uno se preparaba para ser algo cuando fuera mayor. Ser mayor y trabajar era el horizonte inmediato ante el que valía la pena enfriar el agua hirviente que nos bullía por dentro. -El vapor resultante de esta renuncia era la fuerza motriz de la adolescencia. La escuela era un paréntesis cargado de significado. La fiesta de vivir sería tanto más hermosa cuanto mayor hubiera sido el rechazo de la llamada oscura de vivir ya, del anhelo de saltar la tapia del cole.

 

La escuela nos brindaba la instrucción del mañana, nos regalaba el manejo de los códigos y los gestos que —al salir— se canjeaban por las credenciales que nos abrirían las puertas del paraíso. Uno, de mayor, quería ser sobre todo eso, mayor.

 

Hoy, esa postergación del vivir no cuela. ¿Para qué reprimir el deseo de sentirse vivo? Hoy, un niño es mayor antes y con más vehemencia. Y una niña, por supuesto. La infancia y la adolescencia, sin embargo, se amplían por debajo y por arriba. Su reconocimiento de existencia social e individual viene adjudicado por su condición de alumno. El final feliz de itinerario escuela-trabajo-matrimonio se aleja vertiginosamente. Le sustituye el patético laberinto escuela-familia-paro. O sea, que la escuela prepara para la escuela. Claro, por ahí no hay salida, salvo para el cúmulo de oferta de empleo para las profesiones escolares y metaescolares: profesores, reeducadores, monitores, apoyantes, animadores, medicalizadores y tuti cuanti. ¿Cabe otra solución?

 

Cabría pensar las cosas desde otro punto de vista. Así: es la vida la que prepara para la escuela. O sea, la experiencia directa, vivencia y sistemática del tiempo y del espacio propios son la tierra sobre la que se nutre el árbol de la reflexión y del estudio. No a la inversa. Los currículos deben ser propuestas de hacer cosas, como trabajar, viajar, convivir en un proyecto colectivo, conocer personas y cosas tales como pájaros y peces, músicas y subterráneos, campos y fábricas, luces y sombras, brujos u científicos. Y así sucesivamente, de modo desordenadamente significativo para cada cual. Por supuesto, que a ese vivir le sigue la “skolé” o el ocio que reflexiona, el esfuerzo cognitivo que se nutre de una personalidad rica en experiencia. La primera y fundamental: la experiencia de sí mismo.

 

Oigo el fragor de las preguntas, las interpelaciones y cuestionamientos, según el interés dañado en esa remoción radical de rutinas. No tengo respuestas, sencillamente porque habría que ensayarla y luego, tras la experiencia, podríamos sentarnos bajo la sombra de una higuera a valorarla y transformara. También vale la sombre de un pino o de un sauce llorón.

 

 

Babeleros

 

Un funcionario puede ser incluso creativo di tiene tiempo, dinero y ganas de serlo. Es el caso de Alexander Kolegov, un honesto investigador en la nómina de la Universidad de Odessa (urss). Él es el inventor del elundi, un idioma del futuro. Se trata de un lenguaje artificial que viene a proponer un medio de comunicación universal destinado al uso y esparcimiento de los habitantes inteligentes del planeta, humanos incluidos.

 

Una especie de esperanto. Pero computerizable. Es un idioma dotado de un alfabeto de diez signos básicos —que se corresponden a cifras— y de seis signos auxiliares. Es apto para las computadoras y tan fácil que puede aprenderse hasta en una escuela.

 

El viejo e intacto sueño de la comunidad de habla recibirá así, de la mano del invento del funcionario Kolegov, impulso renovado. La barahúnda plurilingüe de la torre de Babel, la creciente confusión de palabras y signos que nos hace extraños y enemigos para el vecino, debía ser vencida gracias a aquel entrañable invento de mesa camilla que fue el esperanto.

 

Siempre asocié el amor por el esperanto con las aspiraciones utópico-nacionalistas de pulcros librepensadores vegetarianos, A finales del convulso siglo xix, el mundo caminaba hacia una comunidad armónica de seres racionales, de individuos radicalmente autónomos, higienistas de piel sonrosada que tomarían infusiones olorosas mientras declamaban poesías en esperanto, para mayor gloria de la máquina de vapor.

 

También la rama light del anarquismo, la que entronizó el pensamiento como la más directa de las acciones, sucumbió al encanto de un mundo de artesanos laboriosos, de científicos solidarios y de obreros instruidos. Esa esperanza inaudita les llevó a nombrar a sus hijos con sonoras y luminosas voces: Libertad, Armonía, Sol.

 

La realidad fue más brutal que cualquier pesadilla. Los humanos mostraron, una vez más, su encendido entusiasmo por los particularismos, su adoración por la violencia ejercida o sufrida, su empeño esmerado en convertir el progreso en una guadaña alegremente asesina.

 

También aquella raza de dioses menores que soñaba paraísos escrito en esperanto se tornó feroz como un lobo. Se refugiaron en los sótanos recónditos y se dedicaron a amasar pólvora con lágrimas por el futuro perdido, a fabricar bombas justicieras y a sembrar de sangre el asfalto y las plantas. Abandonaron con ira la amable aspiración de una fraternidad lingüística y de una humanidad saludable y solidaria. Se hicieron maestros en el idioma hegemónico, aquel que todos acatan, el lenguaje de la violencia, con el que nos fustigan los Estados y con el que nos quieren salvar los redentores. El lenguaje de los amos. Sea la gramática simple e incontrovertible del tiro en la nuca, sea el sofisticado sistema de signos que legitiman el exterminio nuclear, con el que los Estados limpian, fijan y dan esplendor al milenio que se acaba.

 

Uno le desea suerte al probo funcionario Kolegov, don Alexander. Aunque, en el fondo, sabe que no la merece. Lo que más nos gusta a los lobos es no entendernos los unos a los otros. Somos unos babeleros...

 

 

Cazador de signos

 

Existe una profesión que me encantaría cultivar: la de semiólogo. La semiótica es la ciencia que estudia los signos, según reza el armario de definiciones. Un semiólogo es como un poeta, pero con estudios universitarios. Yo me los imagino altos y un tanto desgarbados, de perfil similar al de Gustavo Adolfo Bécquer, hablando un francés impecable y desayunando croissants exquisitos.

 

Cuando sea mayor seré semiólogo; está decidido. Sólo me falta encontrar al funcionario benévolo de un bondadoso Ministerio que me conceda la beca. Me pasaré la vida olfateando los signos de la convivencia social, las huellas del tiempo en la piel de la sociedad, las leves pistas que suelen pasar desapercibidas al vulgo no semiotizado. ¿Cómo será mi vida cuando sea semiólogo?

 

Partiendo de la idea, que puede ser falsa, de que son como historiadores del presente, arqueólogos de la contemporaneidad o psicoanalistas de la muchedumbre, es fácil imaginar un día en la vida de un semiólogo.

 

Se levanta tarde, lee varios diarios europeos, hojea semanarios trilingües y se retira, luego, a licuar toda esa información en su maquinita semiótica. El resultado es un líquido reconfortante y necesario: el significado. Vitamina vital y vitalizadora sin la que no se puede vivir. El semiólogo es el sacerdote del futuro.

 

Si yo fuera semiólogo elaboraría el régimen más higiénico, menos dependiente de la información predigerida o del academicismo empachoso. Me convertiría, por oficio, en un vital periodista auscultador de latidos profundos, de los signos cifrados y de los sonidos ocultos bajo el rumor convulso de la calle y de las voces. Tomaría trenes de dudosa categoría que no tienen destino fijo; esos vagones mediocres en los que viajan sombras expulsadas de la metrópoli luminosa; ancianos temblorosos que rehusan mirarse en los espejos, jóvenes vencidos por su excesiva juventud; profesores de egb con el síndrome del malestar docente, extenuados de trimestres inacabables; niños en edad de riesgo; maleantes en busca de su turrón solitario; amas de casa agarradas a su tonel de jabón en polvo. De cada signo humano haría un dibujo mental, mientras el tren avanza en la noche y las gotas de lluvia patinan, fugaces y desorientadas, en el cristal de la sucia ventanilla.

 

Me metería en los fríos institutos de enseñanzas medias a capturar los signos de amor entre el cemento; los pasajeros gestos de melancolía adolescente; el regocijo forzado; el temor de los currícula ante su propia inconsistencia. Anotaría los deslicen semánticos de los catedráticos, dibujaría la gestualidad desesperada de sus manos y establecería una taxonomía poética de las agresiones claustrales entre enseñantes.

 

Por la noche cambiaría de belleza. Licuaría todos los signos capturados y me convertiría en un apuesto infante, indiferente, hedonista y despreocupado ante el triste destino de los bancos medianos. Me metería en todos los antros de salvación en los que dejan su estela significante las crisálidas, los yuppies de triste sonrisa, los políticos de apolíneo perfil y demás gente que se llama guapa. Sombras radiantes que tratan de buscar desesperadamente su perdida subjetividad, una significación satisfactoria a su corta vida, un rastro de ternura.

 

Me retiraría al amanecer, como vampiro satisfecho, a mi torre de marfil. Sentado en mi rotonda de mármol pálido, frente al mar Mediterráneo —signo inmutable y materno—, entre el rumor de los pinos abatidos ante la tramontana, meditaría entonces sobre el ser o no ser, con mi propio cráneo entre las manos. ¡Cómo me gustaría ser ya mayor y semiólogo!

 

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