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Lingüística. Universidad de
Barcelona |
Publicaciones: artículos
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Filosofia
y cautividad de la linguistica Xavier Laborda ER. Revista de Filosofía número 2, noviembre de
1985; pág. 73-86 |
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Sumario
Razones de la historia
Port-Royal
y Wilkins Port-Royal y Wilkins
Lenguaje universal
El lema científico de “las
cosas contra las palabras”
El lenguaje y el conocimiento
del conocimiento
La importancia de la época
La creativa
ebullición intelectual y científica que en el siglo XVII se dio, ha llamado
poderosamente la atención a historiadores y estudiosos. Mucho más reciente es el
interés de los lingüistas por esta época que, por un afán de actualidad, podria
parecer remota y desprovista de interés. Desde ese punto de vista indiferente a
la historia, se podría considerar el siglo XVII como una parte previa y
anecdótica de la ciencia lingüística, que inicia sus pasos con el modelo
positivista del XIX, concretamente con el comparatismo, y que se constituye de
un modo maduro en el siglo XX. Para unos, la lingüística es científica con el
estructuralismo saussureano, en la segunda década del s. XX, o bloomfieldiano,
en la tercera década; para otros, con el generativismo chomskiano, a mediados
de los años cincuenta.
Es comun que
las ciencias, cuando tienen esa vitalidad fundacional o de juventud, no reparen
en lo que les ha hecho ser parte de lo que son. En esas circunstancias de
novedad y de fecundidad de una ciencia, el afán por establecer su independencia
metodológica y tecnológica no favorece el conocimiento de sus antecedentes y de
las influencias con que se ha fecundado. Por consiguiente, y ya considerando
nuestra situación actual, es un rasgo de madurez ese despertar general de la
lingüística a la historia caudal que tributa en sus modelos teóricos. Este
fenómeno tiene el interesante efecto de relativizar los logros actuales y, a la
vez, de considerar, los problemas de la lingüística juntamente con los
propósitos de las ciencias. Así, podemos anotar la colaboración que establece
la lingüística con la lógica, la matemática, la psicología o la
neuropsicología, entre otras disciplinas. Ello conlleva el acotamiento conjunto
de parcelas de investigación y el intercambio de instrumentos de análisis.
De esta suerte,
los lingüistas se interesan también por su pasado y reconocen un curso de
discontinuas continuidades, esto es, de corrientes diversas que se alternan o
superponen históricamente, y que dentro de la tradición occidental se proyectan
hasta la Grecia clásica. La historia de la lingüística resulta una disciplina
rica y provechosa.
Un período
central en la historia de la lingüística es el que cubre el siglo XVII. Se
trata de un período magnífico pues cuenta con una producción abundante y, a la
vez, variada. Entre estos trabajos hay que citar algunos de carácter magistral,
por su contenido y por su repercusión hasta finales del siglo XVIII. Su
excelencia se debe a la perspicaz combinación de conocimientos de gramática y
de filosofía, de psicología y lógica. Son aportaciones que conjugan los
objetivos y los métodos de las emergentes ciencias racionalista y empirista.
Los trabajos de la abadía de Port-Royal en gramática y lógica, por un lado, y
por el otro la impresionante empresa científica del obispo inglés John Wilkins,
Ensayo sobre la escritura real y el
lenguaje filosófico, constituyen dos puntos interrelacionados de la
profunda renovación que entonces se opera. Nos estamos refiriendo a la década
de 1660.
Una novación
lingüística de este tipo resultaría inexplicable si no consideráramos la
afortunada combinación de ciertos elementos. Éstos son la integración de la
tradición lógica y gramatical en una modernidad filosófica, esto es científica.
Quien consulta las fuentes de la época observa que se produce la reunión
productiva de autores y de intereses gramaticales y epistemológicos.
Firman algunas
obras de Port-Royal Antoine Arnauld, Claude Lancelot y Pierre Nicole. Por su
parte, el trabajo de John Wilkins es el resultado de un equipo extraordinario
de científicos de la Royal Society. ¿Y cuál es el objeto de estos trabajos
singulares? El objeto no es único sino doble, si bien los dos apuntan hacia un
ámbito común, el del conocimiento universal o el de un modelo de gran racionalismo. Los objetivos de la
lingüística del siglo XVII son un trasunto de la filosofía de su tiempo. Se
trabaja sobre la universalidad (¿qué hay de común para la humanidad en el hecho
de hablar una lengua?), en dos frentes, el de la gramática universal y el del lenguaje
universal. La gramática universal trata de los principios generales de las
lenguas. Y el lenguaje universal es un proyecto que busca la creación de una lingua franca que sea rigurosa y fácil
de aprender.
La abadía de
Port-Royal es sobradamente conocida en las historias de la filosofía, la
pedagogía, la religión y la lingüística. Menos notoria es actualmente la figura
de Wilkins, a pesar de su extraordinario papel intelectual y político. Sin
embargo, Borges se ha ocupado de la personalidad de Wilkins y, luego, Michel
Foucault se ha hecho eco del ensayo de Borges. No puede perderse uno la
gratísima lectura del breve artículo de Jorge Luis Borges, “El idioma analítico
de John Wilkins”, en Otras inquisiciones
(Madrid, Alianza, 979, pág. 102.106). Y Michel Foucault confiesa el carácter
determinante del artículo de Borges en la redacción de su celebrado libro Las palabras y las cosas (México, s.
XXI, 1974), en el que se ocupa también de Port-Royal.
Claude
Lancelot, Antoine Arnauld y Pierre Nicole pertenecen a la abadía de Port-Royal,
cercana a París y núcleo religioso del jansenismo. El jansenismo fue una
corriente católica defensora de un rigorismo o tradicionalismo que resultó una
facción políticamente hostil; unos años más tarde fue perseguida y disuelta por
la realeza, y la abadía de Port-Royal fue derruida. A Claude Lancelot y Antoine
Arnauld corresponde la redacción de la Grammaire
générale et raisonnée (1660) y a Antoine Arnauld y Pierre Nicole, la Logique (1662). Estas dos obras forman
una unidad perfectamente trabada, que consiste en una investigación sobre las
normas del arte de hablar a partir de los procesos generales del pensamiento,
esto es, la conceptuación, el juicio y la argumentación.
John Wilkins,
miembro fundador de la Royal Society y alta dignidad de la iglesia anglicana,
es el más destacado proyectista inglés, junto con Francis Lodwick y Georges
Dalgarno. Se entiende por proyectismo una corriente científica, especialmente
activa en Inglaterra, pero también vigente en el continente, dedicada a diseñar
o proyectar lenguajes artificiales para su aplicación universal.
Incluimos aquí
una nota sobre las fuentes documentales de estas obras fácilmente accesibles en
la actualidad. La edición facsímil de la Grammaire
de Port-Royal y del Essay de Wilkins
ha sido realizada por The Scholar Press (Menston, England, 1968). La Logique de Port-Royal se halla publicada
por Flammarion (Paris, 1970).
John Wilkins
hace pública en 1968 su obra An Essay
towards a Real Character and a Philosophical Language, volumen de unas
seiscientas páginas de gran formato —cuarto mayor— acerca de los principios y
posibilidades de un lenguaje universal. Su obra no es el trabajo de un
gramático sino el de un precursor del enciclopedismo. Erudito de apasionante
personalidad intelectual, abarca los campos de la teología, la experimentación
en física y en biología, la divulgación científica y la investigación lingüística.
El Essay tampoco es una gramática o
no es solamente una gramática. Alcanza el techo de los trabajos relativos al
lenguaje universal, que se fundamentaban en el principio —descartado por la
tradición— de la formalización de las ciencias experimentales. Es digno de
notar las afinidades de esta idea con las aportaciones del medieval Ramon Llull
y de los contemporáneos de Wilkins, el francés Mersenne y sus compatriotas
Lodwick y Dalgarno, ya mencionados, entre otros. A diferencia del camino que
escogerá Leibniz —también interesado en el proyecto—, Wilkins pretende
propiciar un lenguaje totalmente analógico, mediante los recursos del lenguaje
natural., que permitiría “la distinta expresión de todas las cosas y nociones
que caen bajo el discurso”, afirmaba en los prolegómenos de la obra.
La organización
del Essay revela una notable
capacidad teorética, que se compone de las siguientes partes. Los Prolegómenos, referidos a la crítica de
los prejuicios lingüísticos y errores de las lenguas naturales y de sus procedimientos
de escritura. La Filosofía universal,
ambiciosa taxonomía del saber, organizada al modo de las clasificaciones
aristotélicas. La Gramática natural,
que sintetiza las categorías y accidentes gramaticales de un modo regular a
partir de diversas lenguas europeas. Y el Carácter
real y el lenguaje filosófico, que proponen una escritura (carácter real)
más apropiada a la iconicidad de los signos y una expresión discursiva
(lenguaje filosófico) que resulte veraz, ordenada y completa.
Como se ha
apuntado, la calidad e interés de todas estas partes de su obra, tan laboriosas
y admirables, no son atribuibles exclusivamente a la persona de Wilkins, sino a
numerosas y autorizadas aportaciones de miembros de la Royal Society y a la
colaboración de gramáticos. De tal suerte, la obra de Wilkins es el fruto
insigne de una época y de una comunidad científica que inauguró una forma de
trabajar en equipo.
El empeño por
el diseño de un lenguaje universal, que desde el punto de vista gramatical no
tuvo continuidad alguna más allá del siglo XVII —no en esos términos— está
motivado por los grandes cambios que se producen en la ciencia y en la técnica.
Es estos círculos se experimenta la necesidad de disponer de un lenguaje nuevo
y riguroso. Bajo esta actitud late la convicción de que el lenguaje es
instrumento de conocimiento y de que la ciencia es lenguaje.
El objetivo del
lenguaje universal coincide con la sensibilización respecto del fenómeno que
denominaremos de la babelización, un tópico que parece eterno y que cobija
prejuicios negativos sobre al variedad lingüística. Con él se asume la
imperfección de las lenguas vulgares, a la vez que cunde cierta inquietud ante
la incertidumbre de éstas cara al futuro. Como respuesta al mal de Babel, se
defiende una postura estática de lo lingüístico: las lenguas han de ser
inmovilizadas o encerradas en unos límites tolerables de cambio, para impedir
lo que se interpreta que es el peligro de su paulatina “corrupción”.
La aplicación
de las matemáticas a los fenómenos físicos plantea a los eruditos la idea de
que el lenguaje natural debería alcanzar el rigor, la univocidad de los
símbolos matemáticos. Una palabra para cada cosa y una cosa para cada palabra.
Para conseguir ese ideal lingüístico, los proyectistas comprenden que no sólo
hay que reformar las palabras sino también la gramática. En el trasfondo
cultural de la investigación se aprecia una lucha entre cosas y palabras, entre
hechos y lengua, con el resultado de que los hechos y las cosas se atribuyen a
la realidad, mientras que las palabras y los discursos son un manto, un tamiz
engañoso que no cumple apropiadamente con su papel de signo de la realidad.
Las ciencias
empíricas toman como modelo el lenguaje de las ciencias exactas y buscan
durante el siglo XVII, si bien infructuosamente, un lenguaje que refleje con
fidelidad la naturaleza y su conocimiento. En la tarea científica por dominar
la naturaleza, el lenguaje se revela como un instrumento inestable y
caprichoso. A pesar de su fracaso, considerados por la lingüistica actual,
estos trabajos aportan interesantes logros en numerosos campos, en la
semántica, la lexicografía, la fonética y la sintaxis. Ello es así porque, en
su intento de poner de manifiesto lo que se considera deficiencias del lenguaje
para expresar el saber científico, es objeto de estudio la equivocidad de los
vocablos, la naturaleza amfibológica o polisémica de los enunciados, la
presencia del yo en expresiones emotivas o valorativas, la dificultad de la
metáfora y otras variedades que se consignan como irregularidades o anomalías
del lenguaje en vez de capacidades significativas.
En definitiva,
el proyectista afirma en sus pesquisas la convicción de que las ciencias
experimentales se han de liberar de las falacias lingüísticas. Y el lenguaje artificial
que se cree ha de ser, a la vez, medio de invención y medio de expresión, o
sea, instrumento de la ciencia y medio de comunicación social. Para ello, el
proyectista ha de desentrañar el orden que se esconde tras la apariencia que
sirven los sentidos sobre la realidad y su concepción. No basta con estudiar
las cosas, pues, sino que también hay que establecer el orden con que se
producen los pensamientos. En conjunto, la investigación sobre la realidad de
las cosas y las nociones permite una adecuada expresión discursiva.
El
procedimiento que aplica Wilkins a su investigación consta de cinco fases. La
primera es la de la babelización y consiste en el planteamiento del problema,
tal como hemos referido hasta aquí. La segunda tarea es la recogida de información
sobre las dificultades discursivas (gramática, alfabeto) que ha de superar el
lenguaje artificial. En lo que atañe al significado, las lenguas y sus vocablos
son una realidad deficiente. Y en lo tocante al significante, sucede lo mismo
con los alfabetos, las formalidades de la escritura y su pronunciación.
El tercer paso
metodológico se diferencia de los anteriores en que no tiene un papel crítico o
de destrucción de los idola o mitos
baconianos, sino que inicia la tarea constructiva. Consiste en la organización
conceptual del conocimiento enciclopédico en tablas de términos. Wilkins
insiste en que sus tablas clasifican nociones juntamente con cosas. Hay, pues,
una pretensión de llegar al meollo de la realidad. La organización de los
contenidos de las tablas en un esquema jerárquico convierte este material en un
repositorio de conceptos interesantísimo. Recoge la totalidad de lo
cognoscible, al modo del árbol de Porfirio, en bifurcaciones hacia lo concreto
que surgen de un tronco general.
La cuarta parte
del procedimiento consiste en la invención de una gramática. Como hemos visto,
en la fase anterior se ha realizado una tarea semántica, pues se organizaba una
macroestructura conceptual. Esa red semántica acababa en palabras raíces o
primitivas, que suponían el nivel de mayor concreción de la realidad. El
compromiso era establecer un vocablo para cada cosa. Por consiguiente, Wilkins
ha establecido en el paso tercero la paradigmática conceptual. A continuación,
ya en el estadio cuarto, elabora la sintagmática, es decir, los mecanismos
sintácticos para producir discurso.
En quinto y
último lugar, Wilkins culmina su obra al atender a los aspectos de la
representación escrita —el carácter real— y la producción oral —el lenguaje
filosófico— de la nueva lengua. Tiene, pues, esta última fase metodológica dos
instancias. La del carácter real responde al cometido de dar una expresión
gráfica a las ideas de las tablas mediante caracteres congruentes con su
naturaleza. Ello se logra mediante un procedimiento ingenioso. Los caracteres
expresan la ubicación de las ideas en las tablas quadragesimales, esto es,
cuarenta tablas en total para describir la realidad y que ocupan en el libro la
considerable extensión de 270 páginas. Indican el trayecto que debe seguir el lector
para hallar los términos, esto es, los nodos y bifurcaciones de su pertenencia
a las tablas. Este trayecto, de lo general a lo concreto, se compone del
género, la diferencia y la especie. Son unas distinciones aristotélicas que se
enriquecen con los procedimientos mnemotécnicos de la retórica, con sus topoi o lugares de ubicación.
(Tabla 1)
Género + diferencia + especie =
términos generales
(Tabla n: términos generales de una tabla
precedente)
Género + diferencia + especie =
términos específicos
En conclusión,
cada vocablo se escribe con unas grafía que traducen o remiten a la
ubicación-trayecto del término en la tabla conceptual. A su vez, ya como
segunda instancia, se establece como se puede pronunciar tales signos, que no
son alfabéticos. Consiste en atribuir unos sonidos a cada rasgo de la
simbología diseñada. Ello se hace ya con el uso del alfabeto, lo cual permite
una escritura más asequible y su correspondiente pronunciación.
El lema científico de “las
cosas contra las palabras”
Si el propósito
fue valioso, el resultado de la investigación de Wilkins no alcanzó el éxito.
O, por decirlo de un modo más preciso, Wilkins cumplió con su cometido de crear
un lenguaje analítico, pero no pudo ser aprovechado para la ciencia ni se
implantó socialmente su uso. Este resultado era previsible. Descartes, instado
por Mersenne, consideró las posibilidades de un trabajo proyectista, pero lo
desdeñó por inaplicable. Una de las trabas consistía en que, con el modelo
teórico disponible, era imposible la tarea de enumeración y descripción —tablas
de lo real—, así como las de simbolización —escritura congruente— y
articulación lingüística —lenguaje filosófico.
La elaboración
de una exhaustiva taxonomía en una tabla cuadragesimal o de 40 cuadros fue un
logro material y formal notable. Materialmente aportó la actualización del
conocimiento científico con investigaciones de campo en especies animales
(Willoughby), plantas (Ray), el sector naval (Pepys) y gramática (Lodwick).
Formalmente consiguió una sistematización coherente mediante los criterios del
orden, la dependencia y la relación. No obstante ello, la dificultad insalvable
estriba en que Lodwick parte de un número desproporcionado de unidades o
términos simbolizables. Son ni más ni menos que cuatro mil términos. Ninguna
lógica puede manejar una hipertrofia semejante de elementos simples. ¿Cómo se
puede simbolizarlos y cooperar con ellos de modo solvente y rentable? Por otro
lado, hay que reconocer que el producto se resiente del esencialismo
filosófico, que engulle un empirismo afanoso por clasificar lo real, pero de
manera titubeante.
La lógica
simbólica habrá de alcanzar siglos después un camino luminoso. Pero el lenguaje
universal de Wilkins no tuvo nunca aplicación alguna. Su enorme aparato apunta
a lo que también resolvería la informática a partir de la segunda guerra
mundial con la mecanización de los cómputos y el tratamiento de la información.
La idea wilkiniana de construir una máquina lingüística para analizar la
realidad enlaza de un modo indirecto con la informática y con la lógica formal
del siglo XX. Entre el afán de los proyectistas ingleses y los actuales
desarrollos computacionales y telemáticos hay diferencias considerables en los
recursos, pero no tanto en las finalidades, que son contener un gran bagaje de
conocimientos, manejar sus informaciones, elaborar nuevas informaciones y
transmitirlas y comunicarlas universalmente.
El lenguaje y
el conocimiento del conocimiento
Una cuestión
viva en la ciencia del siglo XVII es si se debe buscar el conocimiento en la
realidad material o exterior, tal como propugnan los proyectistas y, entre
ellos, Wilkins, o bien en la realidad interior de la mente y de sus proceso
lingüísticos, que es la línea de trabajo de Port-Royal. ¿Es posible conocer la
estructura del mundo sin conocer la estructura del mecanismo mental que sirve
de medida de lo exterior? A esta consideración responden los escritos de
Port-Royal sobre gramática y lógica, que se inscriben el ámbito de la gramática
universal. Los autores de Port-Royal no buscan la invención de un lenguaje
filosófico, sino la comprensión del orden que subyace tras la apariencia del
lenguaje.
Gramática
universal —también general, filosófica o natural— significa la reducción de las
lenguas a unas reglas universales. Y parte de la premisa de la comunidad de
pensamiento, de la participación de los hombres de idénticos esquemas mentales.
El pensamiento es universal; y muchas son las lenguas que traducen el discurso
interno o mental al discurso externo o verbal. Pero como sea que las lenguas
reflejan las mismas ideas, necesariamente han de seguir mecanismos semejantes.
La oposición
entre lenguaje universal y gramática universal es clara. Wilkins asume el
empirismo baconiano; por ello atiende a lo externo, que son las cosas, y no desdeña
las técnicas taxonómica y topográfica para la descripción de flora y fauna, por
ejemplo. Su empirismo de conduce al diseño de un lenguaje unívoco que refleje
fielmente las cosas. Por el contrario, Port-Royal recoge el racionalismo
cartesiano; su atención se centra en la conciencia: el conocimiento de las
ideas. Este idealismo, basado en conceptos lógicos, toma cuerpo en la
realización de una gramática, porque con ello se consigue un mejor conocimiento
del pensamiento. Los autores de Port-Royal establecen las relaciones entre
lenguaje y pensamiento, y se ocupan de la indagación de los universales
lingüísticos y, en términos generativistas, de la estructura profunda del
lenguaje. En Port-Royal se asume, además del mentalismo (principios universales
entre el lenguaje y el pensamiento), la teoría innatista del lenguaje, que
afirma la preparación genética del ser humano para el lenguaje y la disposición
innata de principios básicos del lenguaje.
Los autores de
Port-Royal tienen la convicción de que el lenguaje está sujeto a una
racionalidad, en virtud de esa correspondencia necesaria con el pensamiento. La
racionalidad puede ser visible si se produce en la expresión lingüística tal
correspondencia. No obstante, el lenguaje es un objeto de estudio que permite
un análisis riguroso.
Para alcanzar
el objetivo propuesto y para aplicar la metodología indicada debe renovar los
principios de gramática tradicional, aunque sólo sea en parte pues en la
tradición también se apoya. Y así es; la Grammaire
se independiza de la tendencia latinizante que hacía de esa lengua el modelo de
análisis. Evidencia la razón que funda los usos particulares de las lenguas,
trasciende todas las lenguas y alcanza los principios del “arte de hablar”. La
diversidad con que el lenguaje se manifiesta es explicada mediante la teorías
de la designación (teoría del signo) y mediante el descubrimiento de aquellas
formas del discurso interno que no se corresponden con las del discurso
externo. Las estructuras que subyacen a las estructuras aparentes son
explicitadas en numerosos aspectos gramaticales. Son los del pronombre, la
elipsis, el adverbio, el infinitivo, el adjetivo, el verbo y la preposición.
La brillantez
de la Grammaire tiene su fundamento
en los presupuestos lógicos y metodológicos que en ella se aplica. No importa
que muchos de los elementos del análisis de Port-Royal estén presente en
diferentes gramáticas precedentes. Lo significativo es la síntesis que hace de
éstos y de otros propios en un coherente cuerpo doctrinal, hasta representar
finalmente un importante avance en la lingüística.
Puede leerse la
explicación en los historiógrafos que se han ocupado de esta obra. Su clave es
doble. Por un lado está el excelente conocimiento de la tradición gramatical,
una capacidad que aporta Claude Lancelot. Por el otro, la impronta cartesiana
proporciona a su sistema gramatical trabazón y dinamismo. Como investigación de
los universales sustantivos, la Grammaire
constituye un hito excepcional. La confluencia de una gramática universal
suficientemente desarrollada —con el aporte de los elementos de la tradición— y
del modelo de la filosofía, altamente abstracto y metódico, tal como se acaba
de indicar, es una razón plausible de su novedad y de su valor.
El método
portroyalista se perfila nítidamente como hipotético-deductivo, en contraste
con el método inductivo que aplica Wilkins. Es su premisa que el pensamiento
informa y conforma el lenguaje, que se considera un reflejo de aquél. Se
establecen correspondencias rígidas entre elementos de los ámbitos. Así, se
emparejan y contraponen la idea a la palabra, el juicio y la proposición, el
raciocinio argumentativo y el discurso. El segundo paso metodológico integra
una cadena de deducciones tan sutil y elegantemente forjada que esacasamente se
distingue los momentos de transición. Se constituye mediante las siguientes
elementos: concepto de gramática, signo lingüístico (contenido y forma de la
expresión, como trasunto del contenido y la forma del pensamiento), y las ramas
centrales de la prosodia y la ortografía, la morfología y la sintaxis. Esta
disposición de los ámbitos de análisis del lenguaje contrasta con el adoptado
por Wilkins.
El interés de
la obras de John Wilkins y de Port-Royal va más allá de su modelo analítico del
lenguaje y de sus propias páginas. Cabe verlos en su época y entonces
apreciamos su conexión con unos objetivos científicos generales, pues resulta
incuestionable que no son un fenómeno espontáneo ni suponen una excentricidad
científica. El siglo XVII ofrece unas condiciones de estudio singulares, pues
se halla en la frontera de una especialización extraordinaria y en un momento
de elecciones teoréticas muy influyentes. La lingüística halla en esta época un
apartado intensísimo de su historia.
En el s. XVII
se puede acreditar desarrollos relacionados con la informática, la lógica y la
lingüística matemática, la robótica y los sistemas expertos. Un caso entre
otros muchos es el de Athanasius Kircher, un jesuita que precedió a Wilkins en
el estudio de un idioma artificial. Kircher fue un hombre de ciencia
desmesurado, que postulaba también la creación de máquinas armónicas o
autómatas para emular la supuesta “cabeza parlante” que en las leyendas se
atribuía a Alberto Magno. Kircher podría ser expuesto como un indicio de los
cambios que en su momento llevaron al maquinismo y la revolución industrial del
s. XIX y en el siglo siguiente a la revolución del tratamiento automático de la
información.
El estudio y
comparación de los sistemas gramaticales de Wilkins y de Port-Royal, por sus
adscripciones empirista y racionalista, respectivamente, permite mostrar dos
aspectos de la lingüística. El primero es su continuidad a lo largo de la
historia de las teorías gramaticales. El segundo se refiere a la no autonomía
de la lingüística respecto de la filosofía y de la teoría de la ciencia. Y
llama la atención la productiva relación entre filosofía y lingüística, y la
capacidad renovadora de las ideas filosóficas en los desarrollos lingüísticos
en los siglos XVI y XVII.
La quiebra de
la unidad de modelo en la filosofía tiene su proyección en la constatación y
pesadumbre por la “babelización” del mundo y la pérdida de la unidad
lingüística. El escepticismo epistemológico segrega este escepticismo
lingüístico. Por contra, las doctrinas filosóficas del siglo XVII aportan un
modelo global o absoluto y producen su efecto en los proyectos, por una parte,
de unidad material, con el diseño de lenguajes artificiales; y, por otra,
proyectos de unidad formal, con la gramática universal. Desde un punto de vista
instrumental o material, se busca ordenar el discurso y distinguir entre
palabras y cosas. Formalmente, se intenta descubrir los patrones del
pensamiento y de su expresión verbal. De esta suerte, en el s. XVII el
criticismo filosófico determina una confianza metodológica que es racionalista
en Port-Royal y empirista en el proyectismo. Y pone fin a la zozobra
sobrevenida en el s. XVI con el agotamiento de la escolástica y de los
paradigmas grecolatinos.
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