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Lingüística. Universidad de
Barcelona |
Publicaciones: artículos
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Teoría de la
comunicación y análisis
transaccional Xavier
Laborda Revista Española de Lingüística. R. S.E.L Fascículo de enero-junio
de 1984; pág. 118-125 |
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TEORIA DE LA
COMUNICACIÓN Y ANÁLISIS
TRANSACCIONAL Análisis Transaccional La
descripción e interpretación del lenguaje -en su amplitud- parece sustraerse,
por el momento, a un solo sistema teórico.
Por ello la prevención ante la naturaleza diversa de ciertas
aportaciones necesariamente debe matizarse, para que no sea causa de
empobrecimiento. En el campo
de la psicología clásica el canadiense Eric Berne crea a principios de los
años sesenta el análisis transaccional (AT), terapia de características
singulares con un sistemático fundamento teórico 1. En alguno de sus aspectos
tiene relevancia para la teoría de la comunicación en aquello que enfatizaba
Bloomfield, el estudio de la conducta.
Y ello a su gusto: de manera objetiva, antidefinicionista y
antiesencialista. El Análisis
Transaccional contempla mismamente la descomposición de la conducta
(análisis), que es el resultado de la acción o interacción con los demás
(transaccional). Para nuestro objetivo,
su excelencia radica en su carácter verificable, descriptivo y explicativo,
predictivo e integrador. Detengámonos
en el último punto. El Análisis
Transaccional es propiamente un lenguaje, un sistema terminológico de gran
especificidad, aplicable a diferentes campos y disciplinas. A la potencial aplicabilidad
trascendente se añade el ornato de su sencillez, pues los términos han sido
extraídos del lenguaje común, aunque su significación ha sufrido una
reformulación, en aras de la univocidad. El Análisis
Transaccional se organiza en torno a diez instrumentos, que son, a la vez,
categorías explicativas y medios operativos para la modificación de la
conducta. De entre ellos, nos
interesa el segundo referido a las Transacciones, y, para la comprensión conceptual, el primero o Análisis
estructural y funcional. Simplificando, el primero estudia al
sujeto y el segundo se aplica a la relación entre los interlocutores; así
pues, ámbito individual y ámbito social. El sujeto no es
algo monolítico, un conjunto que actúe indiferenciadamente. Su comportamiento verbal (y no verbal)
demuestra que el -yo,, está estructurado en tres estados, que se desarrollan
en el tiempo excluyéndose. Éstos son el de «Padre» (P), «Adulto» (A) y «Niño»
(N). Imaginemos una situación en que
una persona pregunta a otra ante una bandeja de golosinas qué bombón es de
licor. El interpelado puede responder
variadamente pero, en resumen, las posibilidades son tres: 1) «¿Aún no sabes
distinguir cuál es de licor?
Aprende». 2) «Ese del envoltorio rojo». 3) «A ver, adivina». En la primera, contesta airadamente, con
indicación de lo que se debe hacer; es la actitud del estado Padre, propio de
conductas aprendidas, carente de crítica, con un fuerte componente autoritario
y tradicional. En la segunda respuesta emerge el estado
Adulto, que provee de información analizada; es lógico, emotivamente neutro y
pragmático. Y, finalmente, en la
tercera, el estado Niño, lúdico, creativo y espontáneo. El lenguaje
no es el único factor diferenciador, ya que puede resultar equívoco, aunque
no ciertas formas. Así,
ineludiblemente, los enunciados del Adulto son constatativos, es decir,
referenciales, de los cuales siempre se predica su verdad o su falsedad. Los otros estados del Yo no pronuncian con
enunciados realizativos; con ellos el habla se convierte en una función o
acto, pues los juicios carecen de sentido, no son ni verdaderos ni
falsos. La diferencia se halla en que
el estado Padre propicia el uso de formas verbales condicionales e
imperativas, y el estado Niño es proclive al uso de interjecciones y
exclamaciones. En los tres
estados del Yo del análisis estructural parece detectarse una situación de
deuda con el «Super ego», «Ego» y «Ello» psicoanalíticos, mas los psiquiatras
y psicólogos transaccionales afirman su independencia teórica. Por otra parte, este punto es
indiferente. Mayor interés tienen las
relaciones analógicas de los estados del Yo.
Se ha apreciado una completa analogía con el semáforo y sus colores: El
rojo, que significa una orden, la de «alto», es equiparable al estado Padre;
el ámbar, por la alerta que implica y la invitación a pensar, se corresponde
con el estado Adulto; y el verde, con su indicación de «vía, libre», equivale
al estado Niño, que propone «haz lo que quieras hacer». También se ha
establecido una analogía con los tres estados o clases de La República
de Platón, pues los filósofos estipulan lo que se debe hacer (P), los
guerreros ejercen el control y ejecutan (A) y a los artesanos corresponden
los sentimientos y el afecto
(N). Y, finalmente, la comparación
con la Trinidad, formada por el Padre (P), el hijo (A) que actúa y enseña, y
el Espíritu Santo (N), comunicador de intuición, afecto y don de lenguas. El análisis
estructural del AT. se completa con la distinción en cada estado del Yo de
los tres estados del Yo. Es decir, el
estado del Padre está constituido por un Padre, Adulto y Niño. Tal descripción
estructural permite acceder al análisis funcional, que descubre que, según
las personas, los diferentes estados del Yo no actúan indiferenciadamente. Análisis Transaccional y Teoría de la Comunicación Hasta ahora
el acto comunicativo ha sido contemplado por Saussure, Bloomfield, Jakobson, Austin
(con la teoría de los realizativos) y otros, como el intercambio verbal entre
dos personal, emisor y receptor, dos polos entre los cuales discurre un flujo
de información y de influencia mutua.
El Análisis Transaccional distingue en cada acto comunicativo tres
polos, puesto que se trata (esa es su perspectiva) de una realidad compleja. En un sentido
espontáneamente bloomfleldiano, pues la transacción es definida como la suma
de un estímulo y una respuesta entre dos personas, se diferencian tres clases
de transacciones, ya sean complementarias, cruzadas o ulteriores. El diálogo es un conjunto de
transacciones, y de su adecuación depende la fortuna o infortunio de la
comunicación. Al dar inicio
a un acto comunicativo, el hablante actúa desde un estado del Yo y se dirige
a un determinado estado del Yo del oyente.
De manera no premeditada, el hablante emite en una «frecuencia» del Yo
y espera que el interlocutor responda de una manera específica. Que esto ocurra no resulta difícil, ya que
se aportan ciertas pautas inequívocas, verbales y no verbales. Si así ocurre, tan sólo interviene un
estado del Yo por persona, indiferentemente de que sea el mismo en cada una
de ellas. Ello significa que la respuesta
vuelve al estado del Yo que emitió el estímulo. Estas transacciones, que discurren en un flujo paralelo, son
denominadas complementarias. Con
ellas la comunicación continúa indefinidamente hasta cumplir su objeto. Las combinaciones son varias, pero valgan
dos escuetos ejemplos: Estímulo.-«¿Qué hora es? » Respuesta. - «Las
seis». Se demanda información
horaria, y ésta es proporcionada; los sujetos actúan desde el estado Adulto. El otro ejemplo: Estímulo. -«Pepe,
enséñame tu redacción». Respuesta.-«Aquí
la tiene». El emisor (profesor) habla
desde el estado Padre y el receptor contesta en el estado Niño. Las
transacciones complementarias se distinguen de las otras por la posibilidad
de prolongación de la comunicación hasta que se perfeccione el acto
comunicativo. Se extrae de esta
primera regla de comunicación del AT que no existe el fenómeno del
ruido. En la terminología de
Jakobson, ruido es cualquier elemento perturbador de la comunicación, que
causa pérdida de información y de contacto.
El ruido que podría aparecer en el supuesto que estudiamos es el
psicológico, es decir, la no adecuación del estado del Yo receptor al
estímulo verbal. En las transacciones
complementarias el contacto es perfecto; se da cumplimiento cabal de la
función fática, y para tal fin se acude al recurso de la redundancia
conductual, en las palabras, el tono de voz, la expresión facial, los gestos,
la postura corporal y la actitud, además de otros elementos semióticos más
específicos. Formalmente,
la función fática es la de mayor relevancia en las transacciones
complementarias; pero, precisamente, asegura la realización de las demás, que
predominan según las situaciones.
Substancialmente, si interviene el estado Adulto, el acto comunicativo
atiende a la función referencias; si aparece el estado Padre, cabe que ocurra
una compulsión, que nos remite a la función conativa; y finalmente, la
intervención del estado Niño actualiza la función emotiva. No todo
resulta armónico. Bien porque el
receptor no acepte actuar desde el estado del Yo que se le asigna, bien
porque no acepte el estado del Yo desde el que se le dirige el emisor, o las
dos cosas a la vez, o bien porque no haya comprendido lo que de él se espera,
ocurre que las respuestas no son las pretendidas. Veamos el siguiente ejemplo: (E) «Por favor, ¿cómo he de
rellenar el impreso?» (R) «No moleste. ¿No ve que estoy muy ocupado?» En el
supuesto, el emisor, desde el estado Adulto, apela al estado Adulto del
receptor. Éste, disconforme, responde como Padre y se dirige tajante al
estado Niño del primero. Cuando la
respuesta regresa a un estado diferente del que fue emitido el estímulo, se
trata de una transacción cruzada. No
hay un flujo paralelo de intercambio verbal, sino que se intersecciona, se
corta. Por definición, intervienen
más de dos estados del Yo. Y se
provoca la interrupción de la comunicación, salvo que tome otro cariz. La figura de
las transacciones cruzadas manifiesta que, a pesar de que el aspecto físico
del canal merezca el calificativo de idóneo (es decir, que la señal llega
perfectamente), el contacto puede ser imperfecto, hasta el punto de frustrar
el acto comunicativo. La razón no es
otra que la falta de contacto psíquico, la presencia de ruido. Esto en lo que se refiere a la función
fática, que apenas posibilita conatos de las otras funciones. Los dos tipos
de transacciones contemplados atienden al criterio del origen de la respuesta
(del cual proviene su denominación), complementarias o paralelas y cruzadas;
también se diferencian por la simplicidad de las primeras (sólo afectan a dos
estados del Yo en total), frente a la complejidad de las segundas (tres o
cuatro estados). Pero les une cierto
punto común: en cada estímulo o respuesta tan sólo se emite un «mensaje». Sin embargo, es posible emitir dos
«mensajes» simultáneos. Tal es la
característica de las transacciones ulteriores. El término
«mensaje» utilizado en AT no coincide con el propio del esquema de Jakobson,
pues se refiere al sentido. De manera
estricta, un mensaje es un enunciado; si éste sugiere un sentido aparente y,
a la vez, otro oculto, configura una transacción ulterior. La matización que se impone es que
resultaría injustificado hablar de dos mensajes si el hablante se dirigiera,
con doble intención, a un solo estado del Yo del interlocutor. Pero, en realidad, envía siempre un
mensaje aparente o social a un estado y un mensaje oculto o psicológico a
otro estado del mismo oyente. Es como
si se dirigiera a dos personas diferentes. Escuchamos un
anuncio que dice: «Proteja a los suyos.
Déles lo mejor». 0 este otro: «El coche Z es deportivo, desenfadado,
potente». La publicidad se dirige
superficialmente al Adulto, pero realmente está apelando al estado Padre (el
afán de protección, la responsabilidad de la autoridad), en el primer caso, o
al estado Niño (los deseos de libertad, juventud, virilidad ... ), en el
segundo. Las transacciones ulteriores
implican manipulación, que puede llevarse a efecto si el receptor no se
apercibe del juego y responde desde el estado convocado: se siente protector
y ordenador y compra el producto sin considerar la verdadera calidad, o bien
adquiere el coche con el señuelo de la aventura imaginaria. Si, por el contrario, el receptor da una
respuesta directa al nivel social del estímulo, queda descalificada la parte
oculta del mensaje y desbaratada la posibilidad de manipulación. También puede iniciar un juego
psicológico, como cuando él dice «ven a conocer las pinturas de mi
apartamento» y ella responde «me gusta mucho la pintura». En realidad están conviniendo en un
mensaje subyacente, el del nivel psicológico, que puede ser el de «vamos a
tener intimidad». En las
transacciones ulteriores se hace recaer el acento de interés en el mensaje,
en la ambivalencia de un enunciado.
Aparentemente significa algo que después resulta no ser lo
fundamental, es más, carece de importancia como tal. En realidad, para desentrañar el juego que
implica exige del oyente que dirija su atención al mensaje mismo. Esto es algo nuevo, pues no ha aparecido
en las anteriores transacciones; afecta a la función poética del lenguaje. Tal como
hemos apuntado, es factible establecer ciertas correspondencias entre el
esquema de Jakobson y el Análisis Transaccional. El carácter conductista de éste, junto a la alta relevancia
atribuida al lenguaje como instrumento analítico, permite perfeccionar el
estudio de la «Situación de Comunicación» -con la profundización en la
estructuración de los participantes, según los estados del Yo- y el «Estatuto
de la Comunicación» o modalizaciones -en la relación entre el hablante, el
enunciado, el oyente y el mundo. REFERENCIAS Berne, Eric (1964): Los
juegos en que participamos, México, Diana, 1966. — (s.a.): Qué dice usted después de decir “hola”,
México-Barcelona, Grijalbo, 1974. Kertesz, Roberto et alii (1973): Introducción
al AT, Buenos Aires, Paidós. |
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