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Lingüística. Universidad de
Barcelona |
Publicaciones: artículos
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Crónica cuarteada del
ahora Xavier
Laborda El ojo de la aguja Revista de literatura. Universitat
de Barcelona Número 6, primavera de
1994; pág. 125-130 |
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Ahora. El momento presente. Aquí. Lo que se alcanza con
la mano y lo que está enderredor. Tú, Verónica, y la situación. En ocasiones,
no basta con vivir lo inmediato y dejarse llevar por la corriente de las
cosas, sino que se impone un deseo de adivinar la dirección de ese
movimiento. Es el deseo de pensar el presente, y de reducir la inacabable
extensión y pluralidad del espacio, de las cosas, en un esquema simple y, al
tiempo, predictivo. Porque puede
llegar a inquietar ese espacio que son los lugares de la casa, la oficina, la
metrópoli, tu cuerpo o el mío mismo. Pero nada de todo ello es, salvo
apariencia, salvo engañosa evidencia de la nada. ¿No es nada esa extensión
espacial, que se impone por medio de todos los sentidos? Claro que es algo:
un epifenómeno. La circunstancia marginal de un fenómeno, el de la conciencia
o, si se quiere, la memoria. El problema
del espacio consiste en enunciar su realidad como algo que es merced a la
memoria. Mi cuerpo no es nada si no es por mi memoria y por la tuya,
Verónica. Y lo mismo se puede decir de la ciudad y de cualquier paisaje. Lo
exterior, más allá de sus atributos de extensión y textura, de color o sabor,
tiene la consistencia que le confiere la memoria. Así, por señalar algo
inmediato, el cuerpo posee una anatomía esencialmente sentimental. No importa
tanto su articulación ósea o muscular como esa precipitación de sentimientos
y razón que visten al sujeto de una memoria sentimental, otra reflexiva y una
tercera proyectiva. El
espacio dispone lugares para la sentimentalidad y la pasión. El espacio se erige
como objeto del pensar, de la reflexión del yo en lo no-yo. El espacio
resulta ser, cuando menos mentalmente, un campo de aplicación de nuestras
aspiraciones éticas, sobre el que proyectamos lugares ideales para la vida
ciudadana, las ciudades de la utopía. Pues ideamos según sabemos y queremos. * El efecto de la distancia es ése. Te conviertes en una
figura, reservada, anónima, que se recorta sobre el lejos de un paisaje de
colores densos: verde, azul y negro. El verde de la vegetación, el azul del
estuario y el negro de los montículos volcánico. Eres sólo figura. La mirada de
la viajera que llega por primera vez a la ciudad es particularmente
inquisitiva. Después de recorrer varias calles, sube a la mejor altura que
tiene a su disposición para así dominar la ciudad en sus lontananzas. Desde
ese observatorio, la ciudad es una lámina de horizontes. Las agujas de la
catedral de Saint Giles’ dan fe del centro de la parte histórica. A su
alrededor se desparrama un laberinto de callejas que se extiende desde los
muros del castillo hasta el palacio de Holyrood. Por lo que ve
en el paisaje y en un gráfico, la viajera cree que la ciudad es un juego de tres en raya, donde la raya mide
exactamente una milla. Uno (y el más llamativo): el castillo, erigido sobre
un alto abrupto de basalto verdoso. Dos: en el extremo inferior, donde
comienza la campiña que lleva al estuario, se halla el palacio, original del
siglo XVI y antaño hogar de la desventurada María Estuardo, reina de los
escoceses. Y tres: la catedral gótica de Saint Giles’, casi equidistante
entre los dos edificios mencionados de la realeza; en el sagrado se honra
también la obra del reformador protestante John Knox. La vía que
une los tres recintos es la Milla Real; también High Sreet. Ésta nace en la
explanada del castillo, escenario que fue de asedios, así como de la quema de
centenares de pobres mujeres condenadas por brujería. Sigue luego esta calle
principal, ladera abajo, hasta palacio. Se ve a las claras que éste es un eje
de muchos usos: institucional, comercial, burgués, militar o universitario. Y
sucede que, en torno a él, se ramifica el tejido urbano de la vieja
Edimburgo. Vale la pena recorrer sus sabrosas corralas o patios interiores de
vecindad, las tortuosas callejas, algunas iglesias menores, la vieja sede del
parlamento o los edificios de la universidad. Pero no hay que dejarse abrumar
por tanta piedra. Parece una buena recomendación recalar en alguna de las
muchas y reputadas tabernas, verdadera eflorescencia de boticas para la ensoñación. La forastera
contempla o cree contemplar todo ello desde la colina Calton. Puede que
confunda un poco lo que ha leído y lo que ve. Pero eso no es estar en un
error, sólo superponer momentos de la historia. La colina Calton es una
pradera ajardinada que acoge el observatorio municipal y varios monumentos de
estilo neoclásico. La vieja ciudad de Edimburgo tiene un aire inequívoco,
ensoñador, romántico. Parece una creación literaria de Walter Scott. Y quizá
lo sea si tenemos en cuenta que el escritor nació aquí y que tomó historias
de sus piedras, como las de la cárcel Tolbooth, para narrar una Escocia de
leyenda. * En el fondo de la cuestión está el problema de la
lectura. ¿Leemos bien o mal los signos marcados en los lugares? ¿Son éstos
unos textos asequibles o bien resultan ininteligibles? ¿Cuál es la evolución
de códigos y lectores? También se
dice, desde otro ángulo más orgánico y menos literal, que el nuestro es un
problema de ecología. De la imagen de la gran biblioteca, territorio del alfabetizado
donde cuenta la producción e interpretación de mensajes, se pasa a una postal
de una particular arca de Noé: el hábitat ciudadano en un equilibrio ideal.
El objeto es ajustar, por un lado, la arquitectura y la ingeniería
comunicativa y, por el otro, las ideas, los rituales y los proyectos
utópicos. Así, la ecología de la ciudad -para señalar el lugar de síntesis-
patrocina la reunión en armonía, bajo una misma bóveda celeste, de la dureza
de lo constructivo y de la flexibilidad de lo ideativo, de la representación.
Uno y otro, hermanados en el ciclo del foro. Si hemos de
hacer caso del estado de opinión aludido, hoy la aspiración, la meta es un
reino ecológico y funcionalmente alfabetizado. El diagnóstico del presente
refiere, sin embargo, una realidad estallada y sísmica, respecto de lo
primero, e iletrada y de penurias lectoras sobre lo otro. * Se ha quedado ensimismada la mujer que contempla la
ciudad. Y transcurren unos minutos hasta que la húmeda brisa que sopla del
noreste le hace abreviar. Se da media vuelta, y queda de espaldas al sol. La
tarde ilumina con la suavidad y la precisión ideales para perfilar las líneas
y destacar los colores de un paisaje sobrecogedor. Una suave rampa de un par
de kilómetros lleva hasta la orilla sur del estuario. Sus aguas están
agitadas y tienen un azul oscuro y frío. Una cadena de desgastados volcanes
flanquea la costa de la ría hasta donde se abre al mar del Norte. Si
alcanzara la vista, se vería la costa de Noruega; justo enfrente, pero
demasiado lejos. El marco se resiste a la descripción. Si bien las palabras
suplen la experiencia de un espacio percibido, sólo la narración literaria da
la réplica al territorio de vida. Empero, esta limitación no impide aseverar
que el paisaje urbano y natural que se contempla desde Calton Hill es
deslumbrador. La
ciudad es un conjunto de muchas ciudades. La de la localización medieval,
estrecha, tortuosa, fascinante para el gusto romántico. La ciudad de los
suburbios, conjunto de barrios nuevos, la mayoría obreros. Y una ciudad
atractiva y regular, mesocrática e ilustrada, que es la «new town».
Representa la obra de ensanche de Edimburgo a finales del XVIII, con
edificios de estilo georgiano o neoclásico y soberbias plazas. Esa es la
parte de la ciudad en la que vivió Robert Louis Stevenson y la que ha
suscitado el apelativo de «Atenas del norte». Es la ciudadela rigorista y
victoriana que ahogaba al aspirante a escritor. No le retuvo la casa familiar
de Heriot Row, soleada y ajardinada, ni tampoco los alrededores burgueses.
Ejerció de universitario rebelde y ocioso, y frecuentó el mundo canalla de la
ciudad vieja: deshollinadores, marinos, truhanes y mujeres necesitadas. Le
asfixiaba la ciudad puritana. En su primera obra, Notas pintorescas sobre Edimburgo (1879), escarneció la morbidez de esa sociedad honorable, con el
pretexto del clima, desapacible e inclemente. Por su causa, afirmaba, «la
gente delicada tiene una muerte temprana y yo, como superviviente entre
crudos vientos y pertinaces lluvias, he tenido en ocasiones la tentación de
envidiar su destino». Si esta manifestación se puede extrapolar a los ideales
de Stevenson, que parece que sí, no es de extrañar que hiciera del viaje su
forma de vida y búsqueda. * Examinamos unas señales. Un círculo negro inscrito en
una circunferencia: centro, sitio céntrico. Un trazo destacado que separa o
delimita: falla, quiebra del terreno; linde; frontera. La figura de un ratón
sobre el plano de calles o pasillos que forman un espacio cerrado o de
difícil orientación: encrucijada; laberinto. ¿Cuál es la nota principal que retenemos del
laberinto? Sea de modo literal o figurado, la nota determinante es la de
espacio cerrado. Ésta se complementa con la ideación de una puerta
metafórica. Sin embargo, en el momento de concretar tal marco, hasta el
espacio más abierto, sin restricciones de paso, puede participar del régimen
laberíntico. En su poética del espacio,
Bachelard propone el ejemplo de una carretera perfectamente recta con la
particularidad de la ausencia de
instruccciones para la conducción. Luego el mecanismo es simple: no hay
escritura, no hay señales, sólo el gran vacío de significado. He ahí una
franja asfaltada, casi un segmento recto en un plano nivelado, hasta perderse
en el horizonte, y que funciona como un espacio laberíntico. De esta suerte
las bifurcaciones no son propiamente salidas pues, al carecer de
indicaciones, no llevan a ningún sitio sino que pierden, agravan la
desorientación, apartan del eje central. Por otro lado, la falta de
indicaciones sobre velocidad, la falta de recomendaciones o de prohibiciones,
dejan al conductor forastero en una privación sensorial similar a la del
ratón en la caja china, sin posibilidad de abstraer su orientación. Estas
suposiciones hallan su comprobación muy a menudo, a causa de las obras de
carreteras, cuando la desidia deja temporalmente sin señales o, lo que es
peor, las multiplica y las lanza a una contradicción paranoica. * La recién llegada se aloja en el Caledonian, hotel que surgió
al abrigo del ferrocarril y que exhibe sin merma una solera anacrónica,
exquisita. El Caledonian está en la zona en que vivieron Stevenson y Conan
Doyle, a los pies de la colina Calton. La paseante tiene la vana ilusión de
descubrir en los pasajes de su itinerario el rastro de aquellos que vivieron
e hicieron del deseo ficciones tan contrapuestas. Ensoñación y razón
analítica, la fantasía de islas y el principio de realidad del crimen, la
apuesta del aventurero y la lógica del detective. Pero quizá lo que no llega
a palpar la forastera sí se mostrara a los ojos de los viejos residentes. Si
esos novelistas pudieran volver a su ciudad, y salvando los cambios obvios,
tal vez reconocerían cierta identidad histórica. Lo que fue y les movió a ser
y a hacer no les sería hoy tampoco ajeno. Ello nos remite de nuevo a una
lontananza: la ciudad como producto de unas condiciones económicas y de un
marco conceptual y, al mismo tiempo, ella misma como agente complejo de
relaciones y transformaciones. La ciudad, dispuesta como horizonte social. En Edimburgo,
la mujer curiosea ante los escaparates de la activa Princes Street. Visita la
pinacoteca, de estilo etrusco. Entra en la catedral de Saint Giles’, de un
gótico sajón poco llamativo. Y asciende, a través del viejo barrio
aristocrático, hasta el montículo de basalto en que nació la ciudad y su
sombría fortaleza. Lo que ve le reafirma en una idea peregrina, pues percibe
ese asentamiento como un lugar ya visitado antes. Pero, no, no es así. Y esa
confusión del recuerdo tiene que ver con la percepción de la armonía que
despiertan las piedras medievales, los paseos victorianos, la cercanía de un
paisaje vigoroso y, quizá también, las huellas literarias de los románticos
nacionalistas, descubridores del exotismo de las antípodas y de la
excentricidad de la lógica. He aquí que la materia prima, el espacio
percibido, se organiza como territorio de vida, tras su apropiación cognitiva
y esencial. La forastera entiende las claves urbanísticas y aun históricas
del lugar. Identifica su propio terriorio como aquél. Y se cree capaz de
asimilar los códigos sociales que dan sentido al territorio. No se trata de
un fenónemo inefable. Una de las posibles explicaciones es que el marco
representacional de la observadora es válido allí donde ha acudido. Es
equivalente su concepto de centro, de laberinto y de frontera. Cuando menos,
la persona asigna valores a las zonas, las siembra de significado, merced a
las señales sociales. Su trabajo se resume en aprehender esos rasgos
maestros, dispuestos en los muros, las calles, las leyendas o la literatura.
Al fin y al cabo, la ciudad es el modelo opuesto a la carretera de Bachelard. * Pensar el presente es contemplarme reflexivamente en la
situación que mis lugares de vida deparan ahora. Pensar el presente significa
contemplar qué verdad anima el movimiento imparable, según percibo, de
paisajes y encuentros con los demás. Quizá sea
razonable comenzar diciendo que todo saber, toda construcción de la memoria,
precisa de un espacio. Un espacio para contemplar, en el sentido de pensar, y
para confiar los productos de esa recolección a recintos donde la memoria los
recupere a placer. Los lugares son los materiales de que precisa el saber
para reproducirse y para arraigar. El saber,
como parece obvio, sí ocupa lugar. Y tal saber, si es memoria social, con
mayor razón se atesora en los lugares. ¿Y cuál de los lugares comunes es
particularmente receptivo?, ¿cuál tiene mayor legibilidad del orden interior
del saber? La ciudad. La ciudad es un macro modelo del espíritu, esto es, del
yo. También en la
ciudad se encierra bastante más que la figura del yo. Es el espacio de la
alteridad, de lo que son los otros. Y, además, de lo que podría ser lo real,
ya que la ciudad es el escenario tópico de la utopía. Presentada como foro
cívico ideal, la utopía acopla la exterioridad del urbanismo a una ética
fundacional. La ambición del proyectista, sea filósofo o arquitecto, es
palpar un escenario donde estén empadronadas la justicia y la ética, la
verdad y el saber. Pero no acaba
ni comienza en lo urbano la materia extensa, aunque sí es central. El mismo
individuo es un lugar, un tópos. Su
cuerpo es una encrucijada, con nombre y apellidos, de códigos muy diversos,
desde los genéticos hasta la superposición de roles. Pero lo determinante en
él se cifra en el encuentro de símbolos: de palabras e imágenes. Pues el
sujeto llega a ser más que el representante de su figura. Es el garante de
que las ideas sean tópicas, de que tengan un lugar efectivo.
Hablando con rigor, resulta que no hay lugares. Sólo interpretaciones
de lugares que alumbran y dan paso a lo material. Y el cometido del sujeto es
doble: conocer y, al ubicarse en la dimensión social de la conciencia,
hallarse y ganar su sosiego y su gozo. Porque el gozo del sujeto es tópico. |
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